
Recetas para eliminar a los enemigos políticos

Viernes por la noche, a punto de ir a dormir después de ver el cuarto capítulo de la nueva temporada de House of Cards, algo decepcionada con la construcción de la figura del presidente ruso Petrov. Bastante estereotipado, le sobran tics y le falta espesura, me dije. Reflexionaba acerca del personaje que juega con datos del Vladimir Putin real cuando vi la noticia del asesinato del político opositor Boris Nemtsov en Moscú, en plena calle, a metros del Kremlin. Cuatro disparos de Makarov, el arma más utilizada por policías y servicios secretos rusos. Asesinos que se esfumaron al instante. Más materiales para el estereotipo, pensé. Otro más en la lista, pensé inmediatamente después.

A la periodista Anna Politkovskaya también la mataron con una Makarov en 2006. No fue un viernes a la noche, sino un sábado a la tarde. El asesino la atrapó en el ascensor, donde una vecina encontró poco después su cadáver. Anna era un personaje molesto; en sus notas detallaba los abusos de las fuerzas rusas sobre la población civil en Chechenia y los acuerdos miserables entre el Kremlin y las autoridades chechenas.

Había denunciado amenazas de muerte, también un intento de envenenamiento. La mataron el 7 de octubre, día del cumpleaños de Putin. Siempre puede haber alguien con ganas de hacer regalitos. El presidente ruso les bajó el precio al cadáver y a la labor de Anna cuando dijo que ella muerta le hacía más daño a su gobierno que cuando estaba viva. No fue sutil su manera de desentenderse del crimen, aunque hoy se vislumbra un estilo: el vocero de Putin, Dmitri Peskov, también apeló a esa retórica para tomar distancia del asesinato cuando dijo que Nemtsov no era un político popular, sino "apenas un poco más que un ciudadano promedio". Eso sí, Putin mandó enseguida sus condolencias a la madre del muerto.
Alexander Litvinenko murió apenas un mes después que Politkovskaya. El ex espía ruso fue asesinado con polonio 210, una sustancia radiactiva. Litvinenko había trabajado años a las órdenes de Putin en los servicios secretos, aunque luego se había convertido en un crítico empecinado, un personaje perturbador para el poder. Terminó exiliado en Londres, trabajando a las órdenes de Boris Berezovsky, un empresario de medios multimillonario también opositor a Putin. Poco antes de morir, Litvinenko dictó un texto en donde acusaba a Putin de ser el autor intelectual de su envenenamiento. "Ha mostrado usted no tener respeto por la vida, la libertad y ningún valor de la civilización. [...] Podrá lograr silenciar a un hombre, pero el aullido de protesta, Sr. Putin, retumbará en sus oídos por el resto de su vida. Que Dios se apiade de usted por lo que ha hecho, no sólo a mí sino a la amada Rusia y a su pueblo", decía un fragmento. El oscuro Berezovsky, mentor de Litvinenko, también murió en un episodio turbio luego de denunciar por años que lo amenazaban de muerte. Apareció ahorcado en el baño de su casa en Berkshire, en 2013. Suicidio, decretaron.

Pude entrevistar años atrás a la viuda de Litvinenko en un edificio de Curzon St., también en Londres. Esa tarde con Marina compartimos un té y me contó su historia, aferrada al relicario que llevaba en el pecho, con la imagen de su marido muerto. "¿Cree que el presidente Putin pudo dar la orden de asesinarlo?", me animé a preguntar. Su respuesta me abrió la cabeza y desde entonces es lo primero que pienso cada vez que hay un crimen con componentes políticos. "Aunque él no haya dicho exactamente eso («Maten a Litvinenko»), usted sabe cómo es.. La gente que está en determinados niveles del poder no necesita poner la firma a ciertas órdenes. Con sólo mencionar sus deseos en ciertas charlas, siempre va a haber alguien encargado de hacerlo.."
Abogados, militantes de derechos humanos, políticos, periodistas de investigación: la lista de hombres y mujeres que se comprometieron con denuncias de todo tipo contra Putin desde su llegada al poder (hace quince años) y murieron asesinados son muchos. Demasiados como para pensar cada vez que sólo se trata de intentos de desestabilización de su exitoso gobierno por parte de los enemigos de Occidente. Con el crimen de Nemtsov, otra vez una red inagotable de hipótesis: fue Putin, fueron la CIA o Ucrania para perjudicar a Putin, fueron los islámicos radicales rusos, fueron cuentas pendientes personales.. House of Cards se mezcla en mi cabeza con Leviatán, la película rusa que convierte la política de la impunidad en obra de arte y evidencia que no es necesario matar para ser el último responsable de un crimen: con generar -o mantener- espacios de impunidad para el despliegue criminal alcanza. Una justicia amañada, connivencia obscena entre funcionarios y mafias, empoderamiento de los servicios de inteligencia y listo, ahí está disponible el escenario para el juego más tenebroso: que cada uno elimine a quien más lo molesta.







