Réditos del discurso nacionalista

Los relatos recientes sobre Malvinas e YPF lograron tocar la fibra del sentimiento nacional, un recurso convocante que hoy se extiende por la región. Reivindicaciones de soberanía, estatizaciones, desconfianza hacia el capital extranjero: tras el credo globalizador de los 90, y a veces ancladas en el oportunismo político,vuelven a seducir las banderas del sentimiento nacional
José Vales
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20 de mayo de 2012  

Algunos lo desempolvan por cuestiones ideológicas, otros apelan a él como respuesta ante la más mínima necesidad coyuntural de su gestión. Existen los que se autodefinen con ese concepto, pero, una vez en el gobierno, lo que menos hacen es nombrarlo, y también están los que, montados en la ola de la integración regional o la moneda única, buscan su amparo ante la vorágine de una crisis de la que aún se desconocen sus verdaderas consecuencias. El nacionalismo y los discursos nacionalistas vienen aflorando nuevamente. Ya sea por convicción o necesidad política, por pragmatismo o en función de dogmas de fe en la recurrente tentación de gobiernos sudamericanos, esa corriente parece atrapar a otros gobiernos y presidentes insospechados de populistas.

En los últimos años, arengas de otro tiempo y viejas definiciones renovadas, se escuchan cada vez con más frecuencia, mientras la nacionalización de los recursos o la expropiación de empresas se celebra, según quien mire, cual meros triunfos deportivos o como grandes gestas históricas, de la mano de apelaciones constantes al ser nacional y el fogoneo de asuntos que tocan la fibra más sensible de la sociedad.

Vuelven a nutrirse así discursos que inflan la vena nacionalista.

Un rápido recorrido por América del Sur y por situaciones más o menos recientes deja entrever que en la región existe un reverdecer de antiguos conceptos y conductas políticas que parecían enterrados para siempre por el tsunami de la globalización que se impuso en los años 90. Pero también se vuelve a apelar a antiguos y revalorizados mitos por las urgencias de gestión, en algunos casos, o como pilar fundamental en la construcción de un poder siempre mayor.

La renacionalización de YPF o la de la red de transmisión eléctrica por parte de Evo Morales, en Bolivia el pasado 1° de Mayo, la apelación constante al mito boliviariano, más atrás en el tiempo la no renovación de la base norteamericana de Manta en Ecuador o el carácter nacionalista del partido que llevó al poder el año pasado a Ollanta Humala en Perú podrían escudarse en un nacionalismo de otro tiempo. Pero ni la salida de Repsol de la petrolera argentina puede asemejarse a la nacionalización petrolera de Lázaro Cárdenas en México, en 1938, o las nacionalizaciones en Bolivia se asemejan a las de Paz Estenssoro en 1952. Tampoco existió en el pasado un Bolívar para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, como intentó hacer creer Hugo Chávez, y menos hoy Humala podría instalar tropas en Tacna para luego avanzar sobre territorio chileno.

Pero a priori, la sola puesta en escena o la mera apelación al mito genera "un rédito político inmediato", según coinciden académicos y analistas.

Fue ayer nomás, en la década de los 90, cuando Francis Fukuyama y toda una corriente de pensamiento sentenciaban el fin de la historia y, con ella, el de los Estados y las ideologías. Juan Gabriel Tokatlian, de la Universidad Torcuato Di Tella, sostiene que "la historia, el Estado, la ideología y también la geografía están de regreso", ahora en los 2000.

Un rápido paneo por el mundo ayuda a detectar que mucho de aquello que hasta hace poco se presentaba como grandes verdades reveladas hoy es puesto en duda. "La euforia globalizadora de los 90, en interdependencia de los países, con mercados abiertos y los grandes beneficios, la percepción extendida de bienestar, parecen haber quedado relegada. Hoy la globalización es sinónimo de inestabilidad."

De ahí, cierta tendencia en los últimos tiempos a reafirmar la identidad y anteponer intereses locales a los regionales, como se observa en la Europa actual, con el euro puesto en duro cuestionamiento, o en la revalorización del control nacional de los hidrocarburos, tanto en la región como en otras partes del mundo, que expresan de manera más palpable ese regreso del Estado en el que Tokatlian pone el acento. A través del control del petróleo y los recursos no renovables, no pocos países van buscando soluciones "no ya mediante políticas ortodoxas o de ruptura, sino a través de esquemas mucho más híbridos", acota el académico.

Uso y abuso del nacionalismo

Eso mismo quedó de manifiesto en el caso de la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia, en 2006. El presidente Evo Morales montó la escena de tal manera que aquello parecía una decisión gubernamental cargada de épica revolucionaria. Anunciada un primero de mayo y ordenando a las fuerzas armadas a tomar el control de las área de explotación de Petrobras, Repsol o la francesa Total, para que allí flamee la bandera boliviana. La realidad fue otra, cargada de matices y muy distinta del antecedente más inmediato con que contaban los bolivianos en la materia, la nacionalización del 52, como lo muestra el politólogo boliviano Carlos Cordero, de la Universidad Mayor de San Andrés.

"Aquella nacionalización de los hidrocarburos, como otras que realizó el gobierno hasta la más reciente de la red de transmisión eléctrica de Cochabamba tuvieron un usufructo político muy marcado y lógico. Sirvió para reafirmar la identidad del gobierno y controlar la riqueza del subsuelo y renegociar con las empresas privadas."

De hecho la participación privada y multinacional en las ganancias del sector hidrocarburífero boliviano pasó del 62 en 2006 al 68 por ciento en 2011, lo que lleva a algunos de los sectores que ungieron en el poder a Morales a calificar la nacionalización de "tibia".

"Es verdad que las empresas privadas hoy ganan más que entonces, pero el Estado pudo redistribuir un poco mejor la renta de esos recursos", asegura Cordero, para quien el gobierno "apela a las nacionalizaciones o a un discurso de carácter nacionalistas cada vez que necesita legitimarse o lograr mayor cohesión interna".

Tal vez la otra cara de esa moneda sea la de Brasil. La presidenta Dilma Rousseff como su antencesor Luiz Inacio Lula da Silva no hablan en términos de "nacionalismo o nacionalización", pero operan en consecuencia. Como el año pasado, cuando anunció un paquete de medidas en un intento de superar los problemas de competitividad que se le presentan a la industria de su país. "Estamos iniciando una cruzada en defensa de la industria brasileña frente a un mercado internacional con una competencia desleal y predatoria", dijo en aquella ocasión.

Si bien para Cordero algunos gobiernos sudamericanos no disimulan en lo más mínimo la utilización política de "sus momentos más nacionalistas", para Vicente Palermo, investigador del Instituto Gino Germani de la UBA, "los discursos son políticas".

Para el autor de Sal en las heridas, Las Malvinas en la cultura argentina , "es significativo que haya este tipo de discursos" que, en el caso argentino, se dan "con más notoriedad en el tema de YPF y en Malvinas", donde el Gobierno ostenta un discurso "e inscribe esas políticas dentro de un alto componente nacionalista".

"De hecho este tipo de cuestiones le reditúa al Gobierno en términos de popularidad", acota Palermo.

Amén de Malvinas, un tema que atraviesa a todos los sectores de la vida política en el país, no hay en América latina otro asunto más afiatado al nacionalismo que el de lo recursos no renovables. Para Chile el cobre es tan crucial como para Brasil y Venezuela lo son su desarrollo petrolero.

La historiadora venezolana Margarita López Maya rememora que, ya mucho antes de la nacionalización del crudo en su país (en 1976, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez), el petróleo sirvió para batir el parche contra las potencias extranjeras. "Durante los gobiernos [militares] de Eleazar López Contreras [1935-1941] y su sucesor, Isaías Medina [1941-1945], como ahora con Chávez, aunque con matices había un enemigo externo para rivalizar". En el caso del actual presidente, "después del intento de golpe de 2002 y del paro petrolero de ese mismo año, es cuando Chávez comienza a polarizar cada vez más la discusión política, haciendo uso de un discurso nacionalista".

Un discurso que para López Maya, alguna vez cerca del chavismo en los albores del gobierno, "no se sostiene en los hechos porque, mientras el presidente reivindica las bondades de la Misión Barrio Adentro [la instalación de Centros Médicos atendido por médicos cubanos], termina yéndose a curar al extranjero".

Chávez es ya un clásico en la materia. Como dice López Maya, polariza su discurso hacia dentro y hacia fuera del país. Cuestiona con fuerza al imperialismo, pero Estados Unidos sigue siendo el principal destino del petróleo venezolano. Su animadversión contra el imperio no impidió que, "después de la anunciada nacionalización de la Franja del Orinoco, allí siga operando la estadounidense Chevron junto con otras petroleras chinas y vietnamitas", recuerda Gustavo Coronel, experto en petróleo y miembro del primer directorio de la estatal Pdvsa tras su creación en 1976.

Más que el carácter netamente "nacional", cuando Tokatlian esgrime su concepto de "esquemas híbridos" apunta a "un nuevo capitalismo de Estado que busca jugar administrando los recursos ante el fracaso de otras experiencias, como el caso del neoliberalismo".

"Si lo comparamos con lo que pasó en otras partes del mundo, el caso argentino presenta una gran particularidad. Por ejemplo en Gran Bretaña, el Partido Laborista era más proclive a que la producción de acero estuviese bajo control estatal y el Conservador, una vez en el poder, lo privatizó. En la Argentina tanto el que privatiza YPF como el que la reestatiza es el mismo Partido Justicialista".

Si para Tokatlian la globalización hoy es generadora de inestabilidad, Palermo observa estas nuevas apelaciones al nacionalismo muchas veces como "acciones y reacciones de una sociedad" a esa misma globalización, cuyos efectos más notorios aparecían en "disgregación, cierta pérdida de la identidad y la redefinición del Estado".

Fallecido esta semana, el escritor mexicano Carlos Fuentes había acuñado en 1999 una frase que buscaba ya por entonces advertir de algunas de estas cuestiones. Una frase que ahora podría ayudar a sintetizar el porqué del retorno, ya sea en discursos o en políticas, a nuevas formas de nacionalismo. "No hay globalidad que sirva, sin localidad que valga".

Cristina Kirchner

"Hemos podido hacer todo esto con un mundo en contra, fuera del mercado de capitales, pero fue una bendición porque impidió que se metieran en nuestro mercado financiero los activos tóxicos." (10/12/2011)

Hugo Chavez

Venezuela

"Si los bancos privados no quieren cumplir con la Constitución y la ley, yo no tengo problema de nacionalizarlos." (29/01/2012)

Rafael Correa

Ecuador

"Los poderes que nos han dominado están cayendo en toda la región, gracias a la voluntad libertaria de nuestros pueblos." (22/07/2009)

Ollanta Humala

Peru

"Mucho cuidado con discriminar y humillar a nuestros compatriotas en Chile... Los capitales chilenos en Perú recibirán el mismo trato que nuestros compatriotas allí." (21/03/2011)

Dilma Rousseff

Brasil

"Estamos iniciando una cruzada en defensa de la industria brasileña delante de un mercado internacional con una competencia que, en la mayoría de las veces, es desleal y predatoria..." (Septiembre de 2011)

Sebastian Piñera

Chile

"Chile ha sido un país pobre en las energías del pasado, no teníamos petróleo, no teníamos gas, pero somos un país inmensamente rico en las energías del futuro." (Febrero de 2012)

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