Reinventar la participación
Existen dos elementos que como ciudadanos tenemos para evitar el uso arbitrario del poder político: la ley y la participación. El primero se vuelve más efectivo y legítimo si se constituye a partir del segundo. En otras palabras, que las personas participen resulta un elemento clave para crear una sociedad más justa y equitativa.
A pesar de que esto es ampliamente reconocido por muchos, la transición de un modelo "top- down", donde los gobiernos operan casi sin instancias consultivas, hacia un modelo participativo de inclusión y apertura de voces, es hoy uno de los mayores desafíos que tienen las democracias liberales.
Quiérase o no, todas, (o casi todas), las decisiones políticas pueden ser coparticipables. El problema aquí radica en, primero, el tiempo que conlleva la deliberación pública y, segundo, la voluntad ciudadana en ser parte de estos procesos.
El primer conflicto parece imposible de resolver en América Latina si observamos la naturaleza estática de su administración pública. Sin embargo, esto podría cambiar. Si comenzamos a incorporar algunas herramientas que sirven para agilizar los procesos participativos y adaptarlos a los ritmos del siglo XXI, automáticamente incrementamos las chances de que la política pública sea más efectiva, mejor direccionada y más sostenible en el tiempo.
Utilizar, por ejemplo, el pensamiento de diseño o "design thinking" puede ayudar a crear ciclos iterativos de respuesta que permitan a los gobiernos interactuar con las personas, hacer prueba y error de testeos, así como también diseñar prototipos participativos de manera sencilla y a bajo costo. Intervenir un espacio público para mejorar la vida comunitaria, ya no consiste en reunir a la gente muchas veces para preguntarles dónde hay que plantar un árbol o abrir una calle, sino hacerlos parte del diseño e implementar con ellos una solución conjunta.
Para atacar la segunda barrera existen otros factores que también pueden ser muy útiles. Herramientas provenientes del campo de las ciencias del comportamiento o "behavioral insights" han probado ser sumamente exitosos en redireccionar la conducta de las personas y aumentar su buena voluntad para participar y mejorar las políticas públicas.
En épocas de Covid-19, por ejemplo, colocar el sanitizante de manos en lugares estratégicos o diseñar advertencias visualmente más atractivas para el uso barbijos, han sido iniciativas de muy bajo costo, pero sumamente efectivas para incrementar el uso de estos elementos y mejorar la salud de los ciudadanos.
Behavioral insights, o su vertiente behavioral economics, fusionan elementos de la psicología cognitiva y la economía para poder entender el ambiente donde las personas interactúan, modificarlo con pequeños "nudges" o incentivos, y generar así un cambio de comportamiento que concluya en una mejora social.
Definitivamente, estos elementos pueden ser utilizados para aumentar el grado de participación ciudadana. Simples "empujoncitos" o incentivos, como cambiar el color de un letrero o personalizar un mail, son suficientes para que las personas se sientan más atraídas a ser parte de un proceso participativo. Sumado a esto son elementos baratos, rápidos y sencillos.
Tanto la utilización de Design Thinking como de Behavioral Insights nos permiten dos cosas: pensar la política pública desde el eje ciudadano-céntrico y también reorientar las conductas individuales. Es decir, entender la participación no solo desde un eje sistémico, sino también desde las personas. Entender cómo los seres humanos piensan, viven y sienten es el plano más real para ayudar a que las decisiones de gobierno reflejen los intereses públicos.
El problema aquí, no es la máquina sino el hombre. Que quienes gobiernan confíen en estas herramientas trae consigo un cambio cultural que por lo general tarda en llegar. El cambio consiste no solo en adaptarse a nuevas formas de pensar sino también en aceptar que hacer política no implica decidir de manera arbitraria.
La excusa de "que todos participen conlleva demasiado tiempo" es cierto, aunque de manera parcial. Hoy, podemos aprender de modelos alternativos que ofrecen sprints de innovación más ágiles a los modelos tradicionales y que nos pueden ayudar a responder de manera más rápida, efectiva y sobre todo democrática.
Magíster en Administración Pública por la Universidad de Columbia









