Religión
El ecuatoriano Jaime Durán Barba es un hombre de fe. En esa suerte de retiro espiritual que reunió a más de setenta intendentes con Mauricio Macri y María Eugenia Vidal, dijo que la política es una cuestión religiosa. En esa creencia puso en duda el valor que tienen las palabras; es decir, descreyó de la racionalidad. El nuestro es un tiempo de gestos e importan las sensaciones mucho más que las ideas. Ilustró ese pensamiento (pido disculpas por utilizar ese término que trae un ejercicio ya fuera de uso) con un ejemplo elocuente: la visita que hizo la gobernadora a una universidad norteamericana. Es raro pensar que en ese ámbito académico no haya habido traducción de alguna clase, pero Durán Barba jura y perjura que la funcionaria cautivó a sus oyentes sin que éstos hayan entendido siquiera una palabra. La epifanía no es nueva: alguna vez, en plena campaña, el gurú tropical le enseñó a Federico Sturzenegger que todo iría mejor cuanto menos dijese en sus presentaciones. El gran padre latinoamericano ha hecho una buena tarea pastoral entre los feligreses de Cambiemos. Debemos transmitir confianza, futuro, alegría. Gestos. Sensaciones. Quizás en otro tiempo vuelvan las palabras. Tengamos fe.
Fe ciega.


