
Réquiem para la formalidad institucional
Casi nadie le prestó atención el domingo al broche de oro. Con extemporánea vocación notarial, enrevesada sintaxis y una involuntaria pátina irónica, la vicepresidenta de la Nación, que había matado el tiempo chateando, clausuró con catorce palabras la retahíla de insultos que venía de despachar su antiguo compañero de fórmula durante una hora y media frente a todo el país: “habiéndose cumplido con el objetivo de esta asamblea, se da por levantada la misma”.
Por lo menos podría haber cerrado el acto sin mismismo, en castellano normal. ¿Pero de qué objetivo hablaba Victoria Villarruel, de dejar inauguradas las sesiones ordinarias o de haber conseguido Milei que la inauguración resultara más ordinaria que nunca?
A los historiadores habrá que recomendarles que eviten nutrirse de la versión textual de este discurso presidencial en el sitio de la Casa Rosada; necesitarán revisar el video. Porque la transcripción no discrimina al presidente que lee del presidente que improvisa. Y hay quien interpreta que se trató de dos discursos superpuestos en dos idiomas distintos.
Improvisa es una manera de decir. Pocos dudan de que Milei tenía precocido el plato que sirvió. Diatribas ingeniosas, sobrenombres picarescos, infantiles; descalificaciones estremecedoras, ante todo por despiadadas e impropias del evento; un tsunami de burlas rudimentarias, de factura escolar, entre agresivas y grotescas; juicios históricos infrecuentes en boca de un presidente (Perón era fascista), pronósticos que probablemente den pasto a abogados defensores (Cristina Kirchner seguirá presa por el resto de sus días). No parecen ocurrencias del momento. ¿Pero cómo sabía el Presidente que la bancada peronista lo provocaría a los gritos para presentarse así de afilado? Fácil: esa práctica, la de gritarle cosas al presidente no peronista que comparece, la inventó el kirchnerismo para Macri en 2019.
Aquel 1° de marzo, hace siete años, los legisladores del Frente para la Victoria le dieron la bienvenida a Macri con todas sus bancas decoradas con carteles que decían “Hay otro camino”. Referencia esperanzadora, después se entendió, al estadista Alberto Fernández, quien ocho meses más tarde ganó las elecciones escoltado por Cristina Kirchner y nos mostró la luz. Casualmente este lunes, en su discurso ante la Legislatura, el gobernador Axel Kicillof repuso ese slogan, “hay otro camino”, robado, quizás, de una iglesia alternativa. Se ve que el peronismo constató que la memoria del argentino medio ni siquiera llega a un lustro.
A Macri en 2019 casi no lo dejaron hablar. “¡Yo estoy acá por el voto de la gente, señores!”, intercalaba desde el señorial estrado entre un ensordecedor bullicio hípico, para que le permitieran retomar el hilo. “Los insultos hablan de ustedes, no de mí”, repetía, mientras la vicepresidenta Gabriela Michetti hacía vanos esfuerzos por poner orden.
¿Qué hubiera hecho Victoria Villarruel el domingo en su condición de presidenta de la asamblea si las cosas se le hubieran ido de las manos a Milei, por ejemplo con algún legislador ofendido que se levantara de su banca, escenas de pugilato o ante cualquier riesgo, simplemente, de que la violencia verbal mutara a violencia física?
El quiebre de la tradición sesquicentenaria de la rendición de cuentas serena, solemne, formal, del presidente de la Nación ante el Congreso, así como la transformación del recinto de Diputados en una cancha de fútbol, cánticos desaforados incluidos, fue un invento de Cristina Kirchner. Ella combinó la sustitución del discurso formal, leído, por una charla coloquial estilo stand-up infinita y desordenada y le adosó la manipulación aviesa de las trasmisiones televisivas con el objetivo de desfavorecer a la oposición, además de sincronizar el copamiento de las galerías con entusiastas barras militantes. En 2012, por ejemplo, La Cámpora arrojó volantes desde las galerías con la leyenda “Clarín miente”, lo que contribuyó a fortalecer la sensación de que ese sacro día el Congreso había sido alquilado para un acto partidario.
Tras aquellos progresos de la cruzada de degradación institucional, el peronismo devenido inconformista opositor organizó el griterío contra Macri. Episodio que bien pudo ser lo que ahora le hizo pensar a Milei que la mejor forma de no atravesar un mal rato como el de Macri era adueñarse del método, invertir preventivamente la agresión y honrar de paso al amigo Donald Trump, que en materia de juicios determinantes es un maestro. Claro que Milei ya venía entrenado. Tiene el récord del presidente que, desde Urquiza, más destrató al Congreso (“nido de ratas”, decía al principio). Arrancó dándole la espalda. Sólo merecería un renglón aparte José Figueroa Alcorta, quien en 1907 fue sarcástico pero no retórico: hizo cerrar el Congreso con los bomberos.
Los primeros gritos hostiles salidos el domingo de la bancada peronista (ininteligibles para el público que siguió la ceremonia por televisión, porque hubo esta vez un manejo de cámaras y sonido mucho más selectivo y ahorrativo de rostros opositores que en 2019) abrieron el marcador. Acto seguido, cuando la “hinchada” libertaria desde las galerías cantaba “presidente, presidente”, Milei le mojó la oreja a la bancada sentada a su izquierda: “ustedes también podrían gritar, porque soy presidente de ustedes aunque no les guste”. Rara lección de instrucción cívica que, como era de esperarse, alzó a las fieras. Pasaron 10 segundos (no se sabe qué le gritaron) y Milei efectivizó la primera descarga de munición gruesa: “No, ustedes no pueden aplaudir porque se les escapan las manos a los bolsillos ajenos”. Traducido: el presidente de la Nación afirmó en la magna ceremonia de comparecencia anual ante el Congreso que los legisladores de la primera minoría del Senado y la segunda minoría de Diputados son todos ladrones. Pero eso no fue todo. Se los dijo en la cara sin que ellos pudieran responder. O sin que la televisión los registrara, lo que es más o menos lo mismo.
Fue sólo el principio. Después les dijo asesinos. Gran insultador, Milei distribuyó incontables barbaridades todos estos años, sobre todo durante la campaña presidencial. La novedad no está en el repertorio (si bien ahora reguló el insultómetro al taco) sino en el marco institucional que eligió para purgarlo.
Ante las quejas por la diatriba, alguien del entorno presidencial le respondió al quejoso algo así como “ganen las elecciones y hablen ustedes”. Cualquier parecido con lo que contestaba en circunstancias análogas el gobierno kirchnerista (“armen un partido…”) es pura coincidencia.
La Constitución no especifica que en la apertura de sesiones el presidente debe hacer su discurso en forma oral, pero esto es ya una tradición. Aparte de Roberto Ortíz, que faltó por estar muy enfermo, el último presidente que en un par de oportunidades no se presentó y mandó el mensaje estaba en las antípodas de Milei, detestaba hablar en público, lo incomodaban las multitudes: Yrigoyen. Milei en cambio modificó el horario de esta ceremonia con el único propósito de tener el máximo rating televisivo posible.
La vulgaridad paga. Y se ve que la crueldad también. “Kukas, me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar y a la gran mayoría les encanta verlos llorar”. Frase que también entregó el domingo. La pieza oratoria en dos idiomas viene de fábrica con los fundamentos del mentor.
A la hora de la cena Milei convirtió su visita anual al Congreso en un espectáculo para todo público. Pero debió haberlo puesto un poco más tarde, en el horario de protección al menor. Por menos bullying del que él les hizo el domingo a los legisladores peronistas en muchos colegios llamarían a los padres, pedirían la intervención de psicopedagogos y seguramente habría sanciones para los incontinentes agresores.








