
Rescate de los valores perdidos
Por Alfredo Vítolo Para LA NACION
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El viejo siglo no ha terminado bien nos dice Eric Hobsbawn, al historiar el siglo XX. El intelectual inglés sostiene que la esperanza que todos teníamos hace algunos años, de mejorar la distribución de la enorme riqueza acumulada, no se había materializado. La causa de esa frustración, agrega, estaba en la posición preponderante que habían adquirido los valores de un individualismo asocial y absoluto, en sociedades constituidas por ciudadanos egocéntricos completamente desconectados entre sí y que perseguían tan sólo su propia gratificación. Esos conceptos, expresados no hace mucho tiempo, nos llevaron a reflexionar sobre la importancia que tienen los valores y la forma en que se los privilegia.
Entre las muchas cosas que los argentinos hemos perdido está el orden de prioridades de los valores que debemos privilegiar en nuestros comportamientos individuales y sociales. Parecería que en este tiempo sólo tienen importancia los valores vinculados con el dinero y que todos los demás son insignificantes. La libertad, la solidaridad, la justicia, la igualdad y la honradez han quedado postergadas, al igual que el esfuerzo, el trabajo y el ahorro. Para los argentinos de hoy los triunfadores son aquellos que muestran éxitos económicos o financieros, mientras que los fracasados son los que trabajan y producen, los intelectuales, los científicos o los que dedican sus mayores esfuerzos a servir a los demás y procurar una sociedad más solidaria, más justa y más igualitaria.
Lo que hemos señalado no es un fenómeno exclusivo de los argentinos, ya que gran parte del mundo está comprometida con esas concepciones materialistas, en las que el placer frívolo o el gasto suntuario son objetivos permanentes. Lo grave es que nosotros hemos exaltado esas concepciones y ahora constituyen metas que procuramos alcanzar. Es más, para gran parte de los argentinos, la aspiración primordial es tener dinero disponible para gastarlo sin recato y exhibirlo impúdicamente.
Cultura del esfuerzo
Debemos cambiar la situación que hemos descripto y que consideramos como una de las más importantes causas de nuestra frustración, tanto en lo individual como en lo social. Necesitamos convencernos de que, como explica Sartori, "No puede existir una sociedad buena sin bien, es decir, no puede existir allí donde la política se reduce a la economía, los ideales a las ideologías y la ética al cálculo".
Para lograr los cambios que necesitamos es necesario volver a los valores que permitieron la realización personal de nuestros padres, nuestra integración como sociedad y posibilitaron la grandeza nacional, desechando los espejismos que falsamente nos muestran que todo se puede comprar con dinero y que la felicidad es una consecuencia exclusiva de la riqueza. Regresemos a la cultura del esfuerzo, el trabajo y el ahorro, donde la austeridad, la honradez, la solidaridad, la educación y el cumplimiento de la palabra empeñada eran los valores que privilegiábamos. Volvamos a las cosas buenas y sencillas que nos hicieron felices y prósperos: la integración familiar, la casa propia, la mejor educación de los hijos, un empleo estable, un título universitario y una actividad comercial o industrial lícita. Desechemos la ganancia fácil, la especulación financiera y la cultura de la frivolidad y el placer a la que se llega por el rápido éxito económico, legal o ilegalmente conseguido. Aceptar como válidos y privilegiar esos valores es lo que nos ha llevado a conformar una sociedad triste e insolidaria, en la que crece la corrupción, la pobreza, la desocupación y la desesperanza.
En momentos de crisis, como los actuales, no nos atribulemos y pensemos que todo está perdido. Hay posibilidades de tiempos buenos, en tanto privilegiemos los valores esenciales y desechemos los ídolos falsos.
Los argentinos merecemos un presente mejor y un futuro de grandeza. Es responsabilidad de los dirigentes actuales cumplir con esas expectativas e impulsar el cambio que nos permita revertir la decadencia que vivimos y que parece querer instalarse para siempre. Las nuevas generaciones no nos perdonarán nuestro encandilamiento excesivo con el dinero y los mercados, postergando los auténticos valores de nuestra tradición y cultura.





