Reseñas. Luto, de Edgardo Scott

Una épica suburbana del dolor
Carolina Esses
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6 de agosto de 2017  

Como toda desgracia, la que abre Luto, de Edgardo Scott (Buenos Aires, 1978), sucede en un día cualquiera. El día en el que Chiche, dueño de un negocio de electrodomésticos, saca su revólver Colt 38 del cajón donde hace años lo guarda y, sorpresivamente, mata a uno de los maleantes que acaba de irrumpir en el local. Sólo que al hacerlo desata la furia de otro, que dispara contra la mujer de Chiche y la mata en el acto. Y todo sucede, dice el narrador, como si afuera no hubiese nadie, como si el barrio estuviese desierto.

Scott toma una noticia policial para hacer ficción. Utiliza un narrador que incorpora la voz de los diferentes personajes pero que también toma distancia, que se permite la ironía. Y habrá quien lea Luto como la crónica novelada de la violencia de fin de siglo. Sin embargo, la novela es mucho más. Por un lado, una épica del dolor, del hombre solo. Por el otro, una relectura de la pampa –urbana pero pampa al fin–, vista como ese desierto metafórico que atraviesa los grandes momentos de la literatura argentina, de Sarmiento a Borges, presente también en muchos narradores contemporáneos.

Del barrio del conurbano donde vive Chiche, además del nombre de las calles, apenas se nos da algunas referencias: el baldío –con su enorme ombú en el medio, algo así como un jardín del Edén en el que Chiche comenta las noticias policiales con su amigo Miguel y quema basura–, la retacería, las vías. Bien podría tratarse de uno de esos pueblos que describía Ezequiel Martínez Estrada en su Radiografía de la pampa, donde nada puede asentarse, donde es imposible prosperar.

Y si está el desierto, está la barbarie y su amenaza. Porque del otro lado de las vías, Chiche lo sabe, está la villa. Y en la villa, están los negros, como él mismo los llama. Aunque los límites no sean claros: hace poco, las calles cercanas al local también eran de tierra. Pero ya se sabe, por más armas que se porten –y Chiche hace rato que está armado–, por más violencia que se cargue, la barbarie siempre parece estar en los otros.

Además de la sección titulada “Un día cualquiera” con la que se abre el libro y, la última, “Una noche muy fría y estrellada”, la novela repite los títulos de los diversos capítulos, a modo de mantra, a lo largo de otras siete partes. Siete años en los que los temas son los mismos: las mujeres, la hija, el baldío, las películas, el negocio y su progresiva ruina –Chiche pasa dos meses sin vender un solo electrodoméstico–, las noticias, “los negros”. Este lento discurrir del tiempo, esta repetición con variantes como una espiral que se va cerrando es uno de los grandes logros de la novela y no hace sino acentuar la sensación de desperdicio y de violencia contenida que llevan al lector a un final digno de un gran western.

LUTO. Edgardo Scott, Emecé. 204 páginas. $ 290

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