
Revelaciones de un mal invisible
Hace un par de semanas escribí sobre las migrañas y la memoria, aunque desistí de explicar qué se siente durante un ataque. Para el que las sufre, no sería ninguna novedad. Para el que no, mejor evitarle los detalles.
Pero luego de la excepcional nota de Matías Loewy sobre esta enfermedad, publicada por LA NACION el lunes, volví a oír tal cantidad de conceptos equivocados que decidí hacer un esfuerzo, tal vez vano, de transmitir lo que nos ocurre durante un ataque.
Porque alguien que sufre este mal es, antes que ninguna otra cosa, un incomprendido. Eso te hace sentir muy solo.
Reitero, porque es significativo: Loewy y sus fuentes no pudieron ser más claros al explicar que una migraña está lejos de ser un simple un dolor de cabeza. Ni siquiera es un dolor de cabeza muy intenso. Sin embargo, este antiguo prejuicio se resistió a desaparecer, como suelen hacerlo los prejuicios.
No, de ninguna manera, una migraña no es un dolor de cabeza. Ni siquiera uno fuerte. Es uno de los peores dolores que puede experimentar un ser humano. Con una retorcida vuelta de tuerca. Un dolor de cabeza casi siempre se alivia con un analgésico. El suplicio que nos ha tocado a algunos en la lotería genética no se apaga con nada.
Es un sufrimiento tan espantoso que, cuando sabemos que se aproxima la tormenta (sí, lo sabemos, porque algo nos cambia adentro), sentimos pánico. No miedo. Pánico.
El tormento es tan encarnizado que, al menos en mi caso, ya casi no siento las inyecciones. A veces me corto cocinando, pero solo me doy cuenta al rato. Supongo que mi sistema nervioso se ha adaptado a niveles de sufrimiento inusuales.
Aparte del dolor diabólico, nos embarga una confusión desesperante, los ruidos son como martillazos y la luz está hecha de puñales. Todos los sentidos se alteran. Nada sabe como antes. Nada huele como antes. Ver es una agonía. Tragar saliva es una agonía. Dormir es una agonía.
Por lo general, soy capaz de listar sinónimos a toda velocidad, porque cada palabra es un ser vivo único, con su historia, sus características, su voz propia, su especial resonancia semántica. Así que me encanta conocerlas, las atesoro. Pero durante un ataque mi diccionario mental de sinónimos se cerraba con siete candados. Bueno, en rigor, a duras penas podía escribir. O pensar.
Muchas veces, cuando ya llevaba doce o más horas de suplicio, me ponía a pensar en mi bisabuela paterna, de quien heredé este mal. En su pueblo -perdido, me han contado, entre las montañas- se murmuraba que debía estar embrujada. O tal vez algo peor. Es que la mujer caía cada semana con este cuadro inexplicable. Porque -y esta es la raíz del prejuicio-, ¿cómo comunicar un calvario que la mayoría de las personas nunca ha padecido?
De ese modo empezaban las habladurías. ¿Por qué le dolía la cabeza, si no estaba enferma? ¿Por qué se recluía en silencio con las ventanas cerradas, en penumbras, cuando todos los demás estaban haciendo sus quehaceres diarios?
Es una enfermedad invisible. No porque sí existen colecciones de arte migrañoso, como la que puede encontrarse en www.migraineart.org.uk. Las imágenes, debo advertirlo, son perturbadoras. Pero dejan una lección. El no entender el sufrimiento del otro no lo reduce ni un poco. Tal vez, lo agrava.
En una ocasión visité a un médico especialista en migrañas que a su vez era migrañoso. La diferencia fue abismal. El saber que del otro lado había alguien que comprendía los ataques en carne propia cambiaba por completo la ecuación.
Así que ningún dolor de cabeza. Miren, son tan terribles las migrañas que hoy, casi 15 años después de sufrir el último ataque, alcanzó con redactar estas pocas líneas para que me dé una puntada justo sobre el ojo derecho. El cuerpo recuerda, así que prefiero cortar aquí.







