Ricardo López Murphy: "Sufro con el dolor de la gente"
El candidato por el Movimiento Federal Recrear critica duramente el populismo y afirma que en la Argentina a veces la política se hace con fantasías. Por eso dice que no tendrá una política de salarios, aunque reconoce que un ajuste ya no es la solución para los problemas de hoy
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Decir que Ricardo Hipólito López Murphy, el candidato del Movimiento Federal Recrear, fue amamantado con leche radical no es exagerado: papá y mamá eran radicales, y como su padrino, Ricardo Balbín, estaba ocupado con un acto, el día del bautizo el que lo tuvo en brazos fue Arturo Frondizi.
Más difícil es determinar cuándo comenzó a irse del partido, porque aprendió bien temprano a rebelarse. Con su padre, que fue diputado nacional, de lo único que podía hablar era de historia y de política, y esas charlas eran discusiones encendidas, ya que, desde muchachito, Ricardo era más bien liberal en cuestiones de economía. Juan José López Aguirre, el papá, tenía confianza en un Estado grande.
El bichito de la economía se lo inoculó su madre, Brígida Murphy, y se extendió, hasta ahora, por dos generaciones. Cuando López Murphy y su esposa, Norma Ruiz Huidobro, quisieron convencer al hijo menor, Ezequiel, de que estudiara otra cosa que no fuera economía, para no repetir en cierto modo el camino de los dos mayores (Analía y Pablo), obtuvo la siguiente respuesta: "Ni loco. En esta casa, me pasé años escuchando a todos opinar de economía. Ahora quiero hablar yo".
-¿Cuándo sintió por primera vez que le gustaría ser presidente?
-No lo recuerdo. Yo vengo de un hogar muy comprometido con las cuestiones cívicas. Papá era radical y eligió acompañar a Balbín, aunque también era muy amigo de Frondizi. El primer recuerdo que tengo de la vida pública fue el famoso discurso de Frondizi después del 16 de junio de 1955, cuando la oposición tuvo por fin acceso a los medios de difusión.
-Usted era realmente muy chico. Tendría cuatro años entonces...
-Igual me acuerdo nítidamente. Con esto le quiero decir que no sé cuándo tomé la decisión de ser presidente. Las decisiones se toman porque uno cree que puede hacer cosas que los demás no pueden.
-En su casa estaba motivado...
-Sí. Se discutía mucho de política. Mi padre me hacía leer libros de historia. Supongo que eso me facilitaba mucho la comunicación con mi padre, que era un hombre muy austero, muy severo...
-Como supongo que es usted...
-No le erra mucho que digamos... ( Se ríe ). Era otra época, otras costumbres. Para hablar con mi padre yo tomaba una actitud muy respetuosa. Pero ese tema yo sabía que lo motivaba. Y además, como mi padre era hincha de un cuadro de fútbol que yo no era... Eso le daba mucha rabia...
-Usted es de San Lorenzo. ¿Y su padre?
-De Racing. Y yo sufría. Para colmo, era un momento en que nos tenían de hijos.
-¿Su mamá también estaba interesada por la política?
-Ella estaba más interesada por otras cosas. Creo que muchas de mis características se deben a la influencia que tuvo mi madre. Era una persona más realista, menos preocupada por los problemas del país y la historia y más preocupada por que la familia saliera adelante y supiéramos cómo ganarnos la vida. Mi padre tenía una visión diferente de la mía. Era más estatista. Le diría que estaba en sintonía con lo que era el Estado del batllismo uruguayo, pero con una obsesión por la pluralidad, por el respeto de la libertad. Es decir, tenía todos los rasgos de quien había pasado aquí por diez años de un régimen de poder muy concentrado...
-Que él debía detestar...
-Bueno, pasó mucho tiempo en prisión por eso. En cambio, la que me volvió un obsesivo con los temas económicos fue mi madre. Por qué había empleo, por qué algunos países se desarrollaban mejor que otros... Mi mamá tenía la idea de que uno se volvía culto leyendo los editoriales de LA NACION.
-Toda esa lectura hacía que uno empezara a pensar de chico.
-Claro. Y reconózcame que los editoriales de La Nación eran más liberales que la posición de mi padre. Sin embargo, él me obligó a leer, completa, la Historia de San Martín, de Mitre.
-¿Eso no le quitó espacio a su fantasía infantil?
-Al contrario. Yo vivía en un mundo de ensoñación. Yo leía mucho a Salgari, con fervor. Las lecturas sobre la Malasia y sobre el Caribe. Leía a Verne. Yo leía la historia argentina con ensoñación. Después la leí con cuidado, pero cuando era un niño yo miraba a esos personajes como superhombres.
-Usted tiene un hermano menor. ¿Eran parecidos?
-No, él tenía más facilidad para el aspecto deportivo. Yo cuando era chico sufrí asma. Por eso me he esforzado para aprender a nadar, y así he conseguido esta caja torácica... Mi hermano, además, era más buen mozo y más simpático que yo.
-Ustedes vivían en Caballito, o en Boedo. ¿Luego la familia se mudó a La Plata?
-Sí. Yo soy intelectualmente platense. Allí hice la secundaria y la universidad. Fui al colegio público y tuve grandes profesores. Yo era un alumno destacado, importante, digamos. Era un infierno para los profesores ( Se ríe con fuerza ). Para hacerme callar me hacían estudiar más todavía.
-Usted se afilió a la UCR en 1971. ¿Qué se siente habiéndola dejado?
-Mire, a mí me pusieron Ricardo Hipólito, por Balbín y por Yrigoyen. Me lo pusieron como una protesta, en aquellas circunstancias, en 1951. Un grito de protesta... O sea: tengo una historia enorme. Irme fue muy traumático para mí.
-¿Alguna vez llegó a estar entusiasmado con el gobierno de Alfonsín? ¿Con el Plan Austral, con Sourrouille?
-Yo estuve muy en desacuerdo con las medidas que se tomaron inicialmente. Fui separado también de ese gobierno en su oportunidad. Digamos que no era el clima más reflexivo posible. Pero cuando se lanzó el Plan Austral llamé a mi amigo José Luis Machinea y le dije: "Bueno, por fin han enfrentado el problema". Después se dio marcha atrás, pero lo que nunca dejé de reconocer es que la reconstrucción del sistema institucional avanzó en temas que eran muy complejos, como la superación de los desencuentros que habían ocurrido como producto de la acción terrorista y de la lucha contra el terrorismo. Creo que el camino de solución, en su componente integral, era casi inmejorable. Más adelante, cuando fui ministro de Defensa, reivindiqué esa solución, no tuerta, completa, del problema.
-¿Mantiene aún buena relación con las Fuerzas Armadas?
-Sí. Yo siempre he respetado y valorado su esfuerzo, y además he conocido su sacrificio, su desprendimiento, su patriotismo. Yo he estado muy orgulloso de ser ministro de Defensa. Pienso que la Argentina no puede resignar su defensa a ninguna otra fuerza externa. Esa mentalidad cipaya yo no la tengo. Esa idea de que otros se van a ocupar de nosotros es intolerable para mí. Con más razón ahora...
-Cuando subió De la Rúa ¿no pensaba que le iba a tocar el otro ministerio, el de Economía?
-No. Yo conocía las discrepancias que tenía con el Presidente y con la coalición que él integraba.
-¿Dice que la Alianza no lo hubiera digerido a usted?
-Lo que digo es que las discrepancias fueron notorias. Yo fui separado de la campaña electoral.
-No por casualidad. Supongo que ése debe haber sido uno de los días más difíciles de su vida...
-¿Cuál dice usted?
-Cuando dijo que había que rebajar los sueldos un diez por ciento.
-Eso fue fruto de una discusión que venía dándose. Mire las tapas de los diarios de 1997 y 1998. Cuando comenzó la crisis asiática, me puse muy nervioso, porque sabía que desataría otras crisis. Después, ante la devaluación de Brasil, había que tomar una postura.
-Había que devaluar...
-Había que reestructurar toda la política que se había seguido desde 1990. No era más viable. Desarmar eso de una manera que no generara la catástrofe que generó Duhalde era muy complicado.
-Había sólo dos opciones: o devaluar o bajar los sueldos...
-No sólo eso. Había que bajar los gastos. Y a mí me parece que el clima en que fue formada la coalición que tomó el gobierno en diciembre de 1999 se parecía más bien al de agosto de 1997, cuando todavía la convertibilidad y la bonanza de los años previos eran muy fuertes. Por eso, ellos se manejaban con expectativas y esquemas muy simples: retengamos la convertibilidad, seamos disciplinados fiscalmente, mejoremos la calidad regulatoria y mantengamos la vinculación con el mundo. Ese era todo el programa.
-¿No lo trataron mal en esas discusiones?
-Hubo tensiones, pero yo entendía las circunstancias. La política se hace a veces en la Argentina con fantasías. A veces se cree que los sueldos dependen de la voluntad del gobernante. Hay gente que me pregunta: "¿Qué política de sueldos va a tener usted?" Ninguna. Si eso dependiera de una decisión gubernamental, ¿por qué no duplicarlos, por qué no decuplicarlos?
-Cualquier presidente lo haría.
-Exactamente. Eso es como quien dice: yo estoy contra la guerra. Pero ¿usted conoce a alguien que está a favor de la guerra? Yo no conozco a nadie que esté a favor de la guerra, ni de la enfermedad, ni de la vejez, ni del dolor. No son dilemas. Lo que importa en la vida es cuando usted enfrenta un dilema.
-De todos modos, ya no tiene sentido que se defienda de lo que dijo aquella vez, porque hoy no le haría falta bajar los sueldos.
-No, ése no es el problema de hoy.
-¿Eso quiere decir que el próximo presidente va a recibir una situación más razonable que la que recibió De la Rúa?
-No, va a recibir una situación terrible, en términos de endeudamiento, de colapso de la inversión, de ruptura de los contratos, de negociaciones externas, de los problemas del federalismo, de los problemas sociales.
-No se cuenta usted, por lo que dice, en el club de admiradores de Roberto Lavagna.
-No me cuento en el club de admiradores del presidente Duhalde, seguro.
Sensibilidad social
-¿Qué le contestaría a quienes lo respetan como técnico pero dicen que no ganará porque le falta inserción en los sectores más populares?
-Lo veremos el día de la elección. Yo no creo que sea cierto. Si para alguien mi discurso es importante, es para ellos. ¿Quién cree usted que va a disfrutar de los beneficios de la reconstrucción de la Nación, del Estado, de la convivencia civilizada, de vivir en un país orgulloso, con proyecto y con futuro? ¿Usted cree que es para mí eso? Yo ya la vida la tengo en gran medida hecha. Eso va a ser sobre todo para los más débiles, para los más desposeídos.
-¿Qué siente cuando en la campaña le toca ir a un barrio pobre, en el contacto con la gente?
-Me siento muy conmovido. Me sobrecoge la situación de carencia nutricional, de niñas de doce años que se embarazan, de una inestabilidad familiar que impide educar a los niños... Yo eso no lo veo de una manera indiferente. Yo sufro enormemente con eso. Pero el dolor lo convierto en energía para la acción.
-Yo no sé si todo el mundo percibe ese dolor del que habla.
-Todo el mundo sabe que estoy preocupado por lo social. Es un disparate, una canallada que me han metido, eso de que yo no soy sensible. Yo sé que ellos cuando me miran a los ojos lo saben. Yo sostengo la mirada. Yo tengo la frente alta.
-Una pregunta obligada: muchos dicen que si no llegara al ballottage, apoyaría a Menem en la segunda vuelta.
-Si yo perdiera la elección, lo que voy a hacer será dedicarme a seguir construyendo esta fuerza, que es una apuesta por la racionalidad, el sentido común, la sensatez y la moderación. Eso no lo voy a regalar en ningún travestismo político.
-¿Dejaría a sus votantes en libertad de acción?
-Voy a opinar en el momento oportuno. Que nadie espere de mí una sorpresa.
El perfil
Cuna radical
Ricardo López Murphy nació en 1951 en un hogar radical, en plena efervescencia política causada por el gobierno de Perón. Su padre lo bautizó Ricardo Hipólito por Balbín e Yrigoyen, pero él se fue distanciando de la doctrina más estatista del radicalismo.
Visión liberal
Influido por su madre, que de pequeño lo instaba a leer los editoriales de LA NACION, fue adoptando cada vez más una visión liberal de la economía, que le trajo los primeros roces con sus correligionarios durante el gobierno de Alfonsín.





