
Roland Barthes, la obra de una vida en tres libros
Este mes comienzan las actividades de homenaje por el centenario del semiólogo, ensayista y escritor francés, cuya obra sigue dejando huellas
1 minuto de lectura'
"El susurro del lenguaje": el lector como autor, por Oscar Steimberg
Barthes no escribía para siempre. Sus obras desarrollaron en sucesión un conjunto de modos de investigar y de desplegar los hallazgos que surgían de esas investigaciones, que fueron puestos por él mismo en confrontación entre ellos, en una obra que tomó sus temas de los modos y procesos de las producciones de la cultura y de los modos de vivirla, conocerla y desconocerla. Creo que, por eso, para el lector de Barthes es difícil postular que uno de sus libros se desprende en su memoria de la (accidentada) serie mostrándose como el que terminó representándola. Personalmente, podría decir que fueron las Mitologías, esa compilación de artículos que venía de la década del cincuenta y eclosionó entonces y en los sesenta sosteniendo la posibilidad del desmonte de las repeticiones de la cultura, asentadas en los mitos de la vida cotidiana francesa de aquel tiempo. Pero con un descuelgue de la costumbre también ahí: Barthes rechaza las concepciones según las cuales el mito es un concepto o una idea y dice de él que es una forma, un modo de significar. Y recorre la vida de esos modos en los que el mito, más que mentir, deforma, naturalizando un decir.
Ahora bien: el problema no es que ese momento de delimitación del campo y sus objetos deje de atraernos, sino que en la misma serie barthesiana fueron tomando lugar y palabra otros temas. Por ejemplo, el de la lectura misma, con la focalización del lector como uno de los personajes de la ficción o del texto. Al recorrer un libro como El susurro del lenguaje, publicado unos años después de la muerte de Barthes, con artículos y ensayos breves que terminan con el que se supone su último texto ("No se consigue nunca hablar de lo que se ama"), si se pone en fase ese recorrido con el recordado de las Mitologías puede llegar a pensarse que el público convocado entonces debía haber estado esperando ese después: la focalización del lector, ese paralelo punto de vista.
Porque allí se anunciaba ya, entonces, la puesta en foco de esa constitución y reconstitución del sujeto de lectura. Entre los libros editados con textos que Barthes dejó inéditos, estuvo el que se tituló Cómo vivir juntos. Y allí aparece un "principio de delicadeza" que instalaba un preciso reclamo de cuidado, en cualquier comportamiento interlocutivo: "no clasificar al otro". Que podría implicar, digamos, una operación de desinvestimiento proyectada sobre las adjudicaciones de valores y defectos de las que partimos en cada organización del mundo. Desinvestimiento de propiedades de certeza que dejan lugar entonces a una aceptación de pluralidades, de ambos lados de la emisión y recepción (provisoria, a transformarse y autonomizarse) de los textos. En otros de sus libros –como en All except you, de aparición póstuma–, Barthes cuenta cómo la lectura de una obra se desarrolla como si, a su vez, se tratara, la lectura también, de una escritura. Con las puestas en fase de distintas escenas de re-escritura, como en los Fragmentos de un discurso amoroso.
"El placer del texto": el deseo de escribir, por Alberto Giordano
A un crítico literario con vocación de ensayista, la obra de Roland Barthes se le presenta como una búsqueda insistente, que atraviesa diferentes contextos, en la que se repiten, con generosos márgenes de variación, dos preguntas fundamentales: ¿qué puede la literatura? y ¿cómo dialogar con ella?
La segunda pregunta remite a la voluntad de no reducir lo literario a objeto de conocimiento o juicio (la crítica es más que un metalenguaje) y su formulación presupone que ya se dio a la primera una respuesta imaginativa: la literatura puede suspender las cristalizaciones del sentido común y restituirle a lo real su condición misteriosa, puede interrogarnos –sacudirnos, conmovernos– sin dar por sentado que todos los enigmas tendrán respuesta.
Cuando Barthes retoma, casi en cada ensayo, la búsqueda de modos convenientes de dialogar con las representaciones y los afectos que se corporizan en los textos, lo que persigue es el hallazgo de una retórica sutil para responder activamente a los poderes de la literatura. Busca, a través de la experimentación conceptual, hacer legibles los interrogantes que plantea la existencia de lo literario (¿cómo decir lo irrepetible?, ¿cómo quedar a salvo de los estereotipos?) y proyectarlos sobre el entramado de las prácticas y las instituciones culturales, para que las fuerzas de la interrupción y la suspensión ejerzan sus potencias disuasorias.
Si "la literatura es una crítica del lenguaje", una exploración de sus condiciones y sus límites –esta afirmación recorre toda la obra barthesiana–, la crítica literaria tiene que convertirse en un mecanismo capaz de llevar esa exploración hasta los márgenes de lo pensable, hasta el corazón secreto de las morales que dominan los intercambios simbólicos de una época. Sostenerse con convicción en este ejercicio requiere, además de inteligencia argumentativa, disposición para poner en juego la propia subjetividad como un polo de atracciones y rechazos.
Es la lección de El placer del texto (1973), libro ambiguo si los hay, que consiente y resiste todas las impugnaciones. Para escribirlo, Barthes no renunció al rigor de la teoría en nombre del impresionismo –hay quien lo dice: potenció las virtudes ensayísticas del fragmento y la ocurrencia como formas del reconocerle a la sujeto de la lectura su estatuto teórico. El sujeto de la lectura es quien experimenta, en el placer o el goce, lo que puede la literatura, en tanto mantiene con ella un diálogo íntimo que compromete su cuerpo.
Cuando a este sujeto incierto lo gana el deseo de escribir, se convierte en crítico literario con vocación de ensayista: alguien que escribe para saber por qué algunas obras, o un gesto en los márgenes de tal obra, lo afectan de determinada manera, para explicarse las razones de esa afección, pero también para preservar la rareza de lo que ocurrió durante la lectura, cómo fue que esa obra o ese gesto se transformaron, para él, y acaso para otros, en interlocutores privilegiados.
"Mitologías": sarcasmo de la verdad, por Silvio Mattoni
En mi adolescencia leí un libro que me resultó cautivante, Mitologías, aunque no podría decir que cambiara mi manera de ver el mundo, si es que tenía entonces algo que pudiera llamarse "manera". Pero me fascinó la belleza de una escritura que podía apoyarse en las cosas más triviales, la televisión, la moda, la política, para lograr figuras que animaban todo, donde lo abstracto de un simple mensaje mercantil podía suscitar múltiples fantasías. Siempre permanecí fiel a ese libro de Roland Barthes, y ninguna relectura posterior defraudó mi apego inicial, originario.
Durante dos años de la década de 1950, Barthes escribe y publica una suerte de columna de análisis de temas de actualidad. Sin embargo, esos temas son apenas signos, indicios de otros niveles. Poco importa que en muchos casos atribuya esos mitos, en general transmitidos por los medios de masas, a una ideología, puesto que a fin de cuentas la operación de desmitificación forma parte de su funcionamiento.
En el prólogo a la primera edición de 1957, el autor admite la existencia de una "mitología del mitólogo". ¿Qué quiere decir con eso? Diremos que es su estilo, su manera de leer y de escribir. Puesto que no existe la objetividad del científico en el orden de la lengua, y es otro mito la impersonalidad de las ciencias exactas y naturales, cabría suponer que se toma partido por la subjetividad del escritor, su idiosincrasia o su talento. Pero la vocación, el canto a sí mismo del escritor que se ampara en su sinceridad o en su gusto, se enfrenta sólo en apariencia a la libertad con que el científico decide dejar su yo en la puerta del laboratorio. Son alegorías complementarias, como si el estilo no pudiese aspirar a una determinada fidelidad hacia su objeto, como si la diferenciación específica de ciertas cosas no debiera encontrar un modo de exposición sensible y convincente. El mito del mitólogo sería, pues, la unión entre saber y subjetividad; algo que en términos del primer romanticismo alemán se decía aproximadamente así: la conciliación de sujeto y objeto.
Claro que Barthes no confía en la posibilidad inmediata de su postulación. Pero ya enuncia que existe esa contradicción: que el saber sobre el funcionamiento, la circulación, en suma, el poder del lenguaje, se opone al sabor y al goce de escribir, leer, reflejarse o reflexionar en el lenguaje, y que tal oposición es la escisión engañosa, el simulacro de nuestro descontento. La solución sigue siendo romántica, puesto que se llama ironía. Barthes termina su prólogo dando esa nota aguda: "Reclamo vivir la contradicción de mi tiempo, que puede hacer de un sarcasmo la condición de la verdad". Y esa forma sarcástica de la verdad, a más de medio siglo de distancia, puede todavía causarnos un efecto cómico. Si en algunos pasajes, a propósito de la estulticia de una noticia periodística o ante el estereotipo publicitario, las agudezas del mitólogo siguen provocando risa, es porque todavía esos análisis, esas glosas, han de seguir funcionando, porque no pertenecían a la comunicación, sino a la literatura.
Agenda de este mes:
Conferencia, lunes 10/8
"Roland Barthes y el método rapsódico". Conferencia de Raúl Antelo, en el Centro Cultural Borges, a las 18.
Mesas redondas: "Barthes en Argentina: lecturas y actualidad"
Lunes 13/8: Daniel Link y Silvio Mattoni.
Jueves 20/8: Alberto Giordano, Martín Kohan y Oscar Steimberg.
En la Biblioteca Nacional, a las 19.
Happening literario, lunes 27/8
"Barthes x Barthes: cruce entre la palabra, la imagen y la música." Lectura de Silvia Hopenhayn, con imágenes y música. En la Alianza Francesa, a las 19.
Colecta de imágenes.
La propone el Institut français a los internautas del mundo (www.barthes.vision)






