
Rosario: el barrio de los chicos sin calma
ROSARIO.- Fueron solo unos segundos. El reportero de LA NACION Marcelo Manera levantó la cámara y apuntó con su objetivo. La escena a retratar requería rapidez por el peligro. En ese momento, mientras los vecinos derrumbaban un búnker, el narco del barrio pasó en una moto y disparó contra los que se encontraban allí, entre ellos, el reportero. Los disparos pegaron en cualquier lado. Pero el problema llegó segundos después. Porque uno de los vecinos sacó una pistola y apuntó contra el motociclista. Marcelo Manera atinó a levantar la cámara. Y en el centro de su lente, cuando enfocaba, vio el caño de la pistola 9 milímetros que lo apuntaba. Esa escena, que transcurrió en Rosario, ocurrió en 2014. Es un calco de lo que ocurrió el lunes pasado, cuando los vecinos del barrio Los Pumitas, en el oeste de esta ciudad, decidieron destruir con sus propias manos los lugares donde ellos creían que los narcos vendían droga. El ataque de ira se produjo dos horas después de que los familiares y amigos sepultaran a Máximo Gerez, un chico de 12 años que quedó en el medio de un feroz ataque narco.
El tiempo pasó y las situaciones siguen siendo las mismas. Lo que aparece como algo estable en el tiempo es la violencia en barrios cada vez más vulnerables, como Los Pumitas, donde el “transa” o el narco mandan. Y cada tanto, la gente que es víctima de ese negocio se cansa, aunque su vida esté en peligro. El crimen de Máximo y la pueblada que le siguió tuvieron más repercusión que hechos que se incrustan en la vida cotidiana. El ataque a balazos contra el supermercado de Antonio Roccuzzo y la mención a Lionel Messi en una amenaza, una semana antes, habían tenido la repercusión que buscaban los misteriosos “soldaditos”, que usaron guantes, capucha y barbijo para no ser reconocidos.
Hace un mes en Villa Banana, también en el oeste de esta ciudad, se produjo la misma situación que convulsionó al barrio Los Pumitas, donde hoy 60 gendarmes patrullan las calles después de que el presidente Alberto Fernández se alarmara por las imágenes de vecinos enfrentando a los narcos que veía por televisión.
Los vecinos de Villa Banana derrumbaron el “búnker” con martillos y mazas, luego de que Tamara Benítez, de 26 años, una chica con problemas de adicción, fuera asesinada por dos “soldaditos” en moto. La única diferencia con el caso que conmovió al país fue que no había cámaras de TV.
El lunes pasado, cuando los vecinos de Los Pumitas, en su mayoría jóvenes con las caras tapadas, comenzaron a saquear y derrumbar las casas de los llamados Los Salteños, los narcos del barrio, no querían que los periodistas y reporteros ingresaran dentro de las viviendas que destruían. Cuando se acercaban, lanzaban piedrazos desde los techos, y algunos mostraban armas que llevaban en la cintura. Algo llamativo estaba ocurriendo, que después, tras varias consultas con gente del lugar, comenzó a quedar más claro. No se entendía por qué golpeaban con enormes fierros y picos las paredes. Hacían huecos y revisaban. Buscaban la droga que –según creían– Los Salteños escondían detrás de la mampostería.
Entre el tumulto apareció una joven embarazada, que se llevaba algo de ropa que había robado de la casa de los narcos. El fotógrafo de AP Rodrigo Abd alcanzó a retratarla. En su vientre prominente de seis semanas de embarazo tenía tatuada una ametralladora. El tatuaje parecía una síntesis perfecta de todo lo que sucedía allí y, lo más tenebroso, de lo que se verá en las ciudades donde el narco penetró en el tejido social, ya no como parte de una economía criminal, sino como parte de una cultura que parecía lejana.
En febrero de 2014 un joven ligado al trap fue asesinado en un búnker. Ariel Ávila, que había incursionado en la música con un grupo de amigos de Empalme Graneros, fue el autor de la canción “El barrio está peligroso”, que se transformó en una profecía maldita en esta ciudad.
La muerte de Ariel terminó con el barrio encendido de bronca y rabia. Los vecinos persiguieron por la zona a los supuestos asesinos y prendieron fuego tres viviendas, donde vivían los vendedores de droga. Lo único que quedó en pie, por miedo y cierto respeto, es un mural de San La Muerte. Junto a la calavera negra que empuña una guadaña hay anotaciones a manera de tributo que recuerdan a Ariel, a quien lo apodaban Chucky. “El barrio está peligroso y no encuentra salida, porque muere más gente cada día. La droga avanza con el sida”, cantaba Ávila junto con su amigo y compañero Oscar Bravo.
Ahora 60 gendarmes, que a la siesta se resguardan a la sombra de inmensos paraísos al costado de una cancha de fútbol, patrullan ese barrio que no recupera la calma.







