
Rotas cadenas
Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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Apareció en mi correo electrónico, escrita en francés y firmada por una docena de insospechables amigos parisienses. Si bien incluía la clásica e irritante recomendación de mandársela a otros (que apenas escondía, bajo el aspecto de una apelación a la ética y el feminismo, la subyacente amenaza de "si no envía esta cadena le sucederá una enorme desgracia"), su contenido justificaba el carácter de esa exhortación, algo coercitivo pero muy comprensible. Bajo la lista de personas firmantes podía leerse: "Si usted es el número cien, envíe la cadena a Mary Robinson, Naciones Unidas, a la dirección webadmien@un.org ".
El texto era como para acatar la orden. "Alto al genocidio", comenzaba, para después agregar lo que todos sabíamos desde 1996, cuando los talibanes llegaron al poder en Afganistán, pero que, hábil y ordenadamente expuesto, producía un efecto movilizador. En síntesis, la cadena decía que el gobierno afgano había declarado la guerra a las mujeres. Que según un editorial del Times , el tratamiento infligido por los talibanes no se diferenciaba en nada del sufrido por los judíos en la Polonia de preguerra. Que una mujer a la que se le veía el brazo mientras manejaba su automóvil había sido golpeada a muerte por una multitud de hombres enfurecidos. Que otra mujer había sido lapidada por haber intentado abandonar el país con un hombre que no era de su familia. Que médicas, abogadas, artistas, escritoras habían debido abandonar sus actividades y caían en depresiones que las conducían al suicidio. Que debían pintar los vidrios de sus ventanas para que no las vieran desde afuera. Que debían usar zapatos que no hicieran ruido para que no se las oyera venir. Que las solteras o las que no tenían parientes de sexo masculino mendigaban por las calles. Que en los escasos hospitales para mujeres podían verse cuerpos inmóviles o figuras en cuclillas que se balanceaban llorando. Que los maridos tenían derecho de vida y muerte sobre ellas. Y que si la OTAN había podido amenazar a los albaneses, ¿por qué no a los talibanes? Las Naciones Unidas debían intervenir pacíficamente para denunciar esta flagrante violación de los derechos humanos.
No fue la desconfianza, sino el deseo de saber más lo que me movió a buscar algunos datos complementarios en un servidor francés de Internet. Al escribir "mujeres afganas" como objeto de búsqueda fui a parar a una revista titulada Conscience Politique . De entrada me llamó la atención la referencia a Minute , una publicación francesa de extrema derecha. Y más abajo: "Este es un webzine abiertamente derechista que ataca violentamente todas las iniciativas de los partidos de izquierda y condena con firmeza el comunismo". ¿Qué relación había entre Conscience Politique y las afganas? Pues que allí estaba reproducida mi inquietante cadena, ahora con el agregado de los correos electrónicos de Jacques Chirac, Lionel Jospin y el ministro de Relaciones Exteriores, Hubert Védrine, a los que también había que enviársela después de las cien firmas. Los autores de esta nota firmaban, por su parte, "Alexis de T. y Jean-Baptiste S.". Así, entre comillas y sólo con la inicial del apellido, aunque sin olvidar, para el primero, el nobiliario "de".
De todo esto se desprendía un tufillo insidioso que me impulsó a utilizar nuevamente el servidor francés, marcando la palabra "cadena" antes de "mujeres afganas". De esa manera desemboqué en una página de hoaxbusters . Tal como lo habrá hecho el amable lector de más de dieciocho años, yo también le pregunté en voz alta a la pantalla: "Disculpe, ¿cómo dijo?". La respuesta no demoró. Un hoax era una broma. Y toda la verdad sobre mi cadena, o casi, apareció al desnudo, o al semivestido.
Además de los talibanes
Se trataba, de acuerdo con los redactores de la página, de camuflar el hoax tras una causa justa, utilizando hechos reales, como el sufrimiento de las mujeres en Afganistán, para obligar moralmente a enviar la cadena. ¿Con qué objetivo? Saturar los sitios de Internet. Existía una oscura motivación de orden técnico y, por supuesto, económico, que, para ser sinceros, no entendí muy bien. Según decían, la cuenta del correo electrónico sarabande@brandeis.edu que aparecía en la cadena había sido cerrada. El texto original era norteamericano y llamaba a una intervención de los Estados Unidos en Afganistán, cosa que la traducción francesa se cuidaba muy bien de hacer: no era difícil deducir que, con semejante premisa, en Francia la cadena no habría tenido ningún éxito. Los hoaxbusters agregaban: "Si usted quiere ayudar de verdad a las mujeres afganas, visite los sitios de Feminist Majority Foundation y el de la asociación Negar".
Negar-S.A.F.A. está en francés. Es un sitio creado por una red de asociaciones femeninas afganas disueltas por los talibanes y cuyos miembros trabajan en la clandestinidad. Además de una dirección de correo electrónico, negar@wanadoo.fr , difunde una declaración redactada en Tadjikistán el 28 de junio de 2000. Un texto más terrible aún que la cadena. Las mujeres viven en permanente situación de peligro, obligadas a la prostitución, el exilio, el matrimonio forzado. Se habla de torturas, de tratamientos degradantes, de tráfico de niñas. Y de hambre: los cultivos tradicionales han sido reemplazador por el de la amapola para la producción de opio, que enriquece a los dignatarios talibanes. Este manifiesto está firmado, entre otros, por Daniéle Mitterrand, Catherine Deneuve, Daniel Cohn-Bendit, Martine Aubry (la nueva alcaldesa de Lille), y el filósofo Alain Finkielkraut.
He roto la primera cadena pero tampoco he mandado mi apoyo a Negar. ¿Quién me garantiza que este sea el bueno? No puedo olvidar una historia rumana. Cuando derrocaron a Ceaucescu, dictador sanguinario como nadie lo ignora, los revolucionarios, que tenían la razón de su lado, produjeron un filme terrorífico sobre los acontecimientos dramáticos de Timisoara, donde podía verse la sangre correr sobre los vidrios de un automóvil. Después se supo que era un montaje destinado a actuar sobre las almas sensibles de los occidentales.
¡Desdichadas afganas! Como si no tuvieran bastante con sus velos reales, me dije al apagar Internet, encima las ocultan con los virtuales: sombras que generan sentimientos inciertos, ni verdaderos ni falsos, pero que ya no esconden nuestra indudable condición, la del idiota útil. Quedar en ridículo da como resultado que no solo nos cansemos de la mentira: también de la verdad. Los saturadores de conciencias saben lo que hacen.






