
Rousseau-Kant: los fundamentos de la intolerancia
Los orígenes del absolutismo moral deben buscarse en una de las tendencias del racionalismo iluminista
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Nunca será suficiente la insistencia en reconocer las dos corrientes filosófico-políticas surgidas del Iluminismo que, lejos de ser complementarias, son decididamente antitéticas. Lamentablemente, a través de la homonimia de los derechos humanos, la confusión filosófica se hace más evidente en este mundo globalizado por las comunicaciones y separado por la incomprensión. Es en ese mundo real donde impera el terrorismo, ya fuere religioso o racional. La libertad como proyecto fundamental de la civilización ha quedado atrapada en ese sincretismo de la filosofía occidental. Está claro que del Iluminismo surgió la corriente filosófica que tendría, a mi juicio, su fuente liminar en Rousseau. Del romanticismo predicado en el Discurso sobre las desigualdades entre los hombres y El discurso sobre las ciencias y las artes pasó al racionalismo implícito en El contrato social. En los primeros dos ensayos determinó, por una parte, la naturaleza cuasidivina del hombre, corrompida por la sociedad, las ciencias y las artes y, seguidamente, cómo las desigualdades entre los hombres, lejos de ser naturales, respondían a la aparición de la propiedad privada.
De esta presunción romántica y falaz del buen salvaje, El contrato social intenta remediar los males creados por la sociedad a través de la soberanía y, por supuesto, la creación de un hombre nuevo.
"La soberanía, formada sólo por los individuos que la componen, no tiene ni puede tener un interés contrario a ellos; consecuentemente, no hay necesidad de que el poder supremo dé garantías a los súbditos".
El párrafo anterior da la tónica del origen del pensamiento totalitario que se funda precisamente en la posibilidad de la perfección de la naturaleza humana, la infalibilidad de la razón y la universalidad de los sentimientos particulares, el realismo de los universales (estado, nación, sociedad, pueblo) y el racionalismo moral.
Fue entonces Kant quien desarrolló el pensamiento racionalista rousseauniano, en tanto que descartaba su aspecto romántico hasta hacer desaparecer de la naturaleza humana no sólo la universalización de los sentimientos sino el sentimiento mismo del hombre.
Kant llama imperativo categórico a aquel mandato que se independiza de su resultado, en tanto que son hipotéticos aquellos que se establecen como medio para un fin determinado a priori. Así dice el primer imperativo categórico: "obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal". Y sigue diciendo: "Por todo lo dicho se ve claramente que todos los conceptos morales tienen su asiento y origen completamente a priori en la razón". De este racionalismo moral concluye que "lo contrario del principio de la moralidad es que el principio de la propia felicidad sea tomado como fundamento de la determinación de la voluntad y por tanto dicta no esperar nada de la inclinación humana, sino aguardarlo todo de la suprema autoridad de la ley, o en otro caso condenar al hombre a despreciarse a sí mismo y a execrarse en su interior."
Kant habría despojado al hombre de sus sentimientos y por tanto no debe extrañar que, a partir de este absolutismo moral, la razón haya sido la mayor causa de los crímenes históricos del siglo XX, que comenzaron en 1789 con el Incorruptible. Pero resulta que las salvaguardas que el propio Kant habría impuesto a la razón en la Crítica de la Razón Pura para evitar caer en contradicciones son olvidadas en su teoría moral en conjunción con su filosofía de la historia.
Kant, desorientado por el accionar aparentemente irracional del hombre en la historia, da un salto en su visión de la razón a la que traslada, súbitamente, del hombre a la historia. Así prescribe intentar descubrir un propósito racional en la naturaleza debajo del curso sin sentido de los eventos humanos (sic). Curiosamente el autor de La Paz Perpetua encuentra que el medio que la naturaleza emplea para lograr el desarrollo de las capacidades humanas es el antagonismo.
Definitivamente hemos pasado de un imperativo categórico en el orden individual a un imperativo hipotético en el orden social. Pero más aún, percibimos una contradicción evidente, pues la obviedad racional del deber ser no debería por sí misma producir antagonismo alguno. Y si lo hiciera, tendríamos que éste sería precisamente el producto de la irracionalidad de los individuos que no cumplen con la ley moral. Pero ¿de dónde resulta el antagonismo? Se me antoja que su razón de ser es el interés individual, que no es otro que la búsqueda de la propia felicidad. O sea aquella que Kant había descalificado como tal en la Fundamentación de la Metafísica de las costumbres. Pero he aquí que en la tercera proposición Kant se refiere a la racionalidad del hombre en la búsqueda de su propia felicidad y al respecto dice: "la naturaleza ha querido que el hombre... no pueda participar de ninguna felicidad o perfección que aquélla que se ha procurado para sí mismo sin instinto y por su propia razón". Vale decir, la naturaleza es instintiva y tiene un resultado como tal, en tanto que el hombre es despojado de los instintos (sentimientos y/o pasiones) y es sólo racional. Pero resulta que conforme a este principio el hombre parece tener el derecho racional a la felicidad o perfección, mas ¿cómo se definiría en términos kantianos esa felicidad?
Sumidos ya en esta confusión, Kant, siguiendo ineluctablemente los pasos de El contrato social y de la voluntad general, se introduce en la filosofía del derecho con su Metafísica de la Moral y allí dice: "El poder legislativo puede pertenecer solamente a la voluntad unida del pueblo. Dado que se supone que todo derecho emana de este poder, las leyes que él promulga deben de ser absolutamente incapaces de producir alguna injusticia a nadie". Es evidente que, al igual que Rousseau, en esta aseveración Kant ha adherido al realismo de los universales, y de ahí surge que no hay más derechos individuales que aquellos que surgen como tales de la soberanía (Rousseau) o del poder legislativo (Kant).
Por esa misma razón, Kant, al igual que Rousseau, le da al poder político el carácter mismo de persona moral como tal. En otras palabras, y así como más tarde Hegel igualmente aceptaría, ese poder político monopoliza la moralidad de la sociedad. De este principio se deriva precisamente la contradicción a priori entre los intereses particulares y el interés general. O sea, deviene el poder absoluto, ya que los derechos sólo derivan del poder político. Y así dice Kant: "De esto se deduce la proposición de que el soberano del estado sólo tiene derechos en relación a los súbditos (¿ciudadanos?) y no deberes coercibles." Kant, al desconocer los derechos individuales como anteriores al poder legislativo, desconoce asimismo el rol de la Corte Suprema como garante de la Constitución que por sus propias palabras puede ser violada por el "supremo ejecutivo". Pero además, en esta propuesta absoluta, ¿dónde han quedado los antagonismos internos? En fin, parecería que no existe más que una sola voluntad que es la del supremo ejecutivo y nuevamente la moral racional a priori cede ante la moral racional a posteriori de aquél.
Comercio y libertad
Y siguiendo con la moral, volvamos a la Fundamentación de la Metafísica de las costumbres, donde Kant se refiere a la naturaleza del comercio y la prudencia. Dice: "Es desde luego conforme al deber que el mercader no cobre más caro a un comprador inexperto". Según Kant, cuando el egoísmo y la competencia fuerzan al comerciante a bajar el precio, nunca es moral, pues no lo hace por deber. En esta aseveración se descalifica al comercio y por tanto ignora que es la única alternativa a la guerra, ya que, como dijo Basthiat, cuando no pasan los bienes, pasan los ejércitos.
Pero su desprecio por el comercio se magnifica cuando se refiere a los judíos en su Antropología. Allí dice: "Los palestinos que viven entre nosotros deben su no inmerecida reputación de tramposos (al menos la mayoría de ellos) al espíritu de usura que los ha poseído desde su exilio. Ciertamente parece extraño el concebir una nación de tramposos, pero es igualmente extraño el concebir una nación de comerciantes..." No nos podemos sorprender de que, más allá de su Paz Perpetua, esta casi diría falsa intención de bien universal de Kant sea decididamente contradictoria, tanto con sus principios morales como con su visión sobre la razón en la historia y el rol del antagonismo. Pero más aún, la concepción de la inmoralidad del comercio es la mayor descalificación a la paz entre los pueblos.
El autor es economista. Fue diputado nacional por la Ucedé.




