
Saber renunciar a los fueros
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UN juez es aquel funcionario, abogado, a quien se ha otorgado institucionalmente la potestad y autoridad para juzgar, dictaminar y sentenciar. Su figura, desde los tiempos más remotos de la historia, ha sido respetadísima, cifra y síntoma del grado de civilización de un pueblo.
Someter un diferendo entre dos partes a un tercero imparcial fue un gigantesco salto cualitativo en la evolución cultural del hombre, ya que permitió dejar atrás la ley del más fuerte. Por eso se ha dicho modernamente que los jueces son depositarios de la bolsa y la honra de los ciudadanos, que se someten a ellos para que dictaminen qué derecho les corresponde, y en el terreno penal serán quienes custodien su libertad y hasta su vida, decidiendo si una persona es culpable o inocente.
Aquel que dice cuál es el derecho de cada uno debe no sólo conocer el derecho, sino también tener la mente y el corazón puros, a la vez que estar libre de toda presión que le quite independencia de juicio.
Para evitar las presiones, ya sean éstas políticas, económicas o particulares, sobre quien lleva tan alta investidura _con poderes tan grandes que hicieron decir a un político que nadie tenía en la Argentina tanto poder como un juez de instrucción_, el constitucionalismo creó la figura de los fueros. Estos no son otra cosa que facultades especiales que se conceden a una persona en mérito a su función. En el caso del juez, el hecho de que tenga fueros significa que no puede ser sometido a los tribunales penales del país por denuncia alguna si antes la Cámara de Diputados no le ha removido esa facultad o prerrogativa por entender que existía en principio base suficiente para investigarlo por la presunta comisión de un delito.
En este marco, el caso del juez de Rufino Carlos Fraticelli, padre de una joven presuntamente asesinada en el domicilio del juez, y cuya madre se encuentra detenida y bajo proceso, ha causado no sólo estupor y espanto públicos sino una suerte de vergüenza judicial colectiva ante las expresiones y actitudes del magistrado. En efecto, éste, que está suspendido en sus funciones pero continúa siendo juez, ha declarado que "renunciará a sus fueros después de la feria judicial", a la vez que ha solicitado "que lo investiguen los periodistas" y no quienes corresponde, en expresiones que conmueven la sensibilidad de la población toda.
Resulta inconcebible que un juez en lo penal, que puede estar siquiera remotamente sospechado de tener alguna relación con el crimen de su hija, cuyo cadáver apareció en su propia casa y cuya esposa, madre de la víctima, se encuentra detenida, se escude en los fueros constitucionales que le impiden ser procesado. Tan increíble como las manifestaciones de que aspira a ser juzgado por la lamentablemente llamada "justicia mediática". Los medios no están llamados a sustituir a los jueces y que un juez los llame a reemplazar a sus pares en su propio juzgamiento resulta intolerable.
Constituye una tarea muy ardua recrear la imagen de la Justicia y elevar en la consideración pública la figura de los numerosísimos buenos jueces argentinos cuando se exhiben actitudes como la que aquí se describen. ¿Qué puede pensar el ciudadano común de nuestra Justicia si un juez se comporta de este modo, desnaturalizando por completo la función para la cual le fueron concedidos los fueros? Lamentablemente, no es el único caso. Habrá que ver qué actitud asume una jueza aparentemente complicada en un caso de tráfico de niños, puesto de manifiesto por la prensa televisiva recientemente.
Por eso, porque muchos jueces sienten vergüenza de esta actitud, es necesario que el hecho sea evaluado y severamente juzgado por la sociedad, que no otorga privilegios para que sirvan de protección a las personas en sus eventuales actos u omisiones particulares, sino que los concede para cumplir mejor la función de defensa de los derechos de los justiciables.
Urge, pues, la renuncia del juez Fraticelli a los fueros que lo amparan y su inmediata sumisión al magistrado interviniente en la causa;no sólo se lo exige el honor de su investidura sino su propia sangre sacrificada inocentemente.






