
Samuel Huntington o el racista enmascarado
El intelectual mexicano critica la aparente necesidad norteamericana de encontrar siempre un enemigo
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MEXICO DF.- "El mejor indio es el indio muerto". "El mejor negro es el esclavo negro". "La amenaza amarilla". "La amenaza roja". El puritanismo que se encuentra en la base de la cultura blanca, anglosajona y protestante de los Estados Unidos se manifiesta de tarde en tarde con llamativos colores. A los que arriba señalo se añade ahora, con el vigor de las ideas simplistas que eximen de pensar, "el peligro latino o moreno".
Su proponente es el profesor Samuel P. Huntington, incansable voz de alarma acerca de los peligros que "el otro" representa para el alma de fundacional de los Estados Unidos. Que existía (y existe) una "América" (pues Huntington identifica a los Estados Unidos con el nombre de todo un continente) indígena anterior a la colonización europea no le preocupa. La preocupación es la América hispánica, la que habla español y cree en Dios. Este es el peligro indispensable para una nación que requiere, para ser, un peligro externo identificable. Moby Dick, la ballena blanca, es el símbolo de esta actitud que, por fortuna, no comparten todos los norteamericanos.
Huntington, en su Choque de Civilizaciones, encontró su monstruo exterior necesario (una vez desaparecida la URSS) en un islam dispuesto a asaltar las fronteras de Occidente, rebasando las proezas de Saladino que capturó Jerusalén en 1187 y superando él, Huntington, la campaña cristiana de Ricardo Corazón de León en Tierra Santa cinco años más tarde. La nueva cruzada de Huntington va dirigida contra México y los mexicanos que viven, trabajan y enriquecen a la nación del norte. Para él, los mexicanos no viven --invaden--, no trabajan --explotan--, y no enriquecen --empobrecen porque la pobreza está en su naturaleza misma--. Todo ello, añadido al número de mexicanos y latinoamericanos, constituiría una amenaza para la cultura que para Huntington sí se atreve a decir su nombre: la Angloamérica protestante y angloparlante de raza blanca.
¿Invaden los mexicanos? No: obedecen a las leyes del mercado de trabajo. Hay oferta laboral mexicana porque hay demanda laboral norteamericana. Si algún día existiese pleno empleo en México, los Estados Unidos tendrían que encontrar en otro país mano de obra barata para trabajos que los blancos, sajones y protestantes, por llamarlos como Huntington, no desean cumplir, porque han pasado a estadios superiores de empleo, porque la economía de los Estados Unidos pasa de la era industrial a la posindustrial, tecnológica e informativa. ¿Explotan los mexicanos a los Estados Unidos? Según Huntington, explotando él mismo la infame Proposición 187 de California que pretendía excluir a los hijos de inmigrantes de la educación y a sus padres de todo beneficio médico o social, los mexicanos constituyen una carga injusta para la economía del norte: reciben más de lo que dan. Esto es falso. California destina mil millones de dólares al año en educar a los hijos de inmigrantes. Pero si no lo hiciese, el estado perdería dieciséis mil millones al año en ayuda federal a la educación. Y el trabajador migrante mexicano paga veintinueve mil millones de dólares más en impuestos, cada año, de lo que recibe en servicios.
El inmigrante mexicano, lejos de ser el lastre empobrecedor que Huntington asume, crea riqueza al nivel más bajo pero también al más alto. Al nivel laboral más humilde, su expulsión supondría una ruina para los Estados Unidos. En el nivel superior, el migrante hispano, nos dice Gregory Rodríguez de la Universidad de Pepperdine, tiene el más alto número de asalariados por familia de cualquier grupo étnico, así como la mayor cohesión familiar. ¿Explotamos o contribuimos, señor Huntington?
Según Huntington, el número y los hábitos del migrante mexicano acabarán por balcanizar a los Estados Unidos. La unidad norteamericana ha absorbido al inmigrante europeo (incluyendo a judíos y árabes, no mencionados selectivamente por Huntington) porque el inmigrante de antaño venía de Europa, cruzaba el mar y, siendo blanco y cristiano, se asimilaba en seguida a la cultura anglosajona y olvidaba la lengua y las costumbres nativas, cosa que debe sorprender a los italianos de "El Padrino".
No. Sólo los mexicanos y los hispanos somos los separatistas, los conspiradores que queremos crear una nación hispanoparlante aparte. Si diésemos vuelta a esta tortilla, nos encontraríamos con que la lengua occidental más hablada es el inglés. ¿Considera Huntington que este hecho revela una silenciosa invasión norteamericana del mundo entero? ¿Estaríamos justificados mexicanos, chilenos, franceses, egipcios, japoneses e hindúes a prohibir que se hablase inglés en nuestros respectivos países? Estigmatizar a la lengua castellana como factor de división prácticamente subversiva revela, más que cualquier otra cosa, el ánimo racista, éste sí divisor y provocativo, del profesor Huntington.
Hablar una segunda es signo de cultura en todo el mundo menos, al parecer, en el Edén Monolingüe que se inventó Huntington. Los hispanoparlantes no forman bloques impermeables ni agresivos. Se adaptan rápidamente al inglés y conservan, a veces, el castellano. En todo caso, el monolingüismo es una enfermedad curable. Muchísimos latinoamericanos hablamos inglés sin temor de contagio. Huntington presenta a los Estados Unidos como un gigante tembloroso ante el embate del español. Es la táctica del miedo al otro, tan favorecida por las mentalidades fascistas.
No: el mexicano y el hispano en general contribuyen a la riqueza de los Estados Unidos, dan más de lo que reciben, desean integrarse a la nación norteamericana, atenúan el aislacionismo cultural que a tantos desastres internacionales conduce a los gobiernos de Washington, proponen una diversificación a la que han contribuido y contribuyen afroamericanos, los "nativos" indígenas, irlandeses y polacos, rusos e italianos, suecos y alemanes, árabes y judíos.
Huntington pone al día un añejo racismo antimexicano que conocí sobradamente de niño, estudiando en la capital norteamericana. The Volume Library, una enciclopedia en un solo tomo publicada en 1928 en Nueva York, decía textualmente: "Una de las razones de la pobreza en México es la predominancia de una raza inferior". Hoy, el elector latino es seducido en español champurrado por muchos candidatos, entre ellos Gore y Bush en la pasada elección. Pero para nosotros, mexicanos, españoles e hispanoamericanos, la lengua es factor de orgullo y de unidad, es cierto: la hablamos quinientos millones de hombres y mujeres en todo el mundo. Pero no es factor de miedo o amenaza. Si Huntington teme una balcanización hispánica de los EE.UU. y culpa a Latinoamérica de escasas aptitudes para el gobierno democrático y el desarrollo económico, nosotros hemos convivido sin separatismos nacionalistas desde el alba de la Independencia.
Acaso nos une lo que Huntington cree que desune: la multiculturalidad de la lengua castellana. Los hispanoamericanos somos, al mismo tiempo que hispanoparlantes, indoeuropeos y afroamericanos. Y descendemos de una nación, España, incomprensible sin su multiplicidad racial y lingüística. Con todo ello ganamos, no perdimos. El que pierde es Huntington, aislado en su parcela imaginaria de pureza racista angloparlante, blanca y protestante --aunque su generosidad la extienda, graciosamente, al "cristianismo"--. Porque seguramente Israel y el islam son peligros tan condenables como México, Hispanoamérica y, por extensión, la propia España de hoy, culpable según Huntington de indeseables incursiones en antiguos territorios de la Corona. Pregunta ociosa: ¿Cuál será el siguiente Moby Dick del Capitán Ahab Huntington?






