Sangre, sudor y lágrimas por los trenes nuevos

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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29 de noviembre de 2014  

Soy usuario frecuente del servicio de trenes Retiro-Tigre. Esto es lo mismo que decir que soy un hombre hecho al sufrimiento. Por eso el martes, día previsto para el bautismo rodante de las nuevas formaciones chinas, llegué a la estación de siempre sin expectativas. Aquellos que hemos sido moldeados por el transporte público en la disciplina de la resignación estamos preparados para todo. Incluso para ver asomar una vez más, allá en la curva distante, la imagen cansada y maltrecha de los viejos trenes Toshiba. De tan familiares, ciertas pesadillas se vuelven queribles.

El ministro venía anticipando la llegada de los trenes chinos como si se tratara del advenimiento del Mesías. Cada mañana, mientras uno esperaba y esperaba en el andén, el anuncio del nuevo "material rodante" repetido por los altoparlantes no era un aliciente sino la prueba del agotamiento de las actuales formas de la democracia. En ellas la tarea del político es prometer. Y la del hombre de a pie, creer. Allí estabas, en medio del desierto, masticando arena, clavando el mentón en el pecho para avanzar contra el viento, cuando una voz que venía del cielo te decía que adelante te esperaba la redención. Toda Tierra Prometida exige un sacrificio de sangre, sudor y lágrimas. En este caso, digámoslo ya, el sacrificio se pagó con creces. Sobre todo en sangre.

Ése es mi problema: no puedo olvidarme del costo que pagamos por algo que no es la Tierra Prometida, sino el simple recambio de una flota de trenes que trajinó los mismos rieles durante décadas y que en los últimos años se cayó a pedazos ante nuestros propios ojos. O peor, con nosotros adentro.

El martes, en el andén, tras una espera breve advertí que allá en la curva asomaba un animal distinto al de siempre. En lugar de la cara chata de los Toshiba, tenía una trompa redondeada y amable, y se detuvo a mis pies tan silencioso como obediente. La bestia abrió sus fauces para liberar a algunos pasajeros y para recibir a otros, que ingresaron a su interior como se entra a un museo. Encontraron adentro algo tan raro para ellos como la sonrisa de la Gioconda: asientos sanos y firmes, pasillos despejados, olor a nuevo, una chicharra que suena cuando las puertas se abren. La gente intercambiaba sonrisas, se pedía permiso, se decía muchas gracias, guardaba el bollo de papel en el puño a la espera de un cesto. Ojalá nos dure la urbanidad. De eso depende también que estos nuevos y bienvenidos trenes sigan sanos y limpios.

Ese mismo día, por la tarde, me entró el siguiente SMS: "Vos ya tenés el nuevo DNI. No tenés que renovarlo. Ministro Florencio Randazzo". A los dos días sonó el teléfono en casa: era el ubicuo ministro, o su voz grabada, para anotarse el poroto -y el voto- por los nuevos trenes.

¿Por qué cuando hacen algo bien los funcionarios se encargan de arruinarlo convirtiéndolo en campaña de un modo tan grosero? Todos contentos de viajar mejor. Tanto en el Mitre como en el San Martín o en el Sarmiento. En esto, al menos por ahora, bien por Randazzo. Lo que nadie está dispuesto a creer es que el ministro brotó de un zapallo. Tampoco de una lámpara mágica, al modo de un genio solitario que aparece de la nada para atender nuestros deseos. Es difícil aislarlo del gobierno del que forma parte, responsable del abandono criminal del servicio ferroviario. Entre muchas otras cosas.

Por eso a la hora de presentar las mejoras, y sobre todo dados los trágicos antecedentes, se imponía observar el más respetuoso silencio. El ministro debería saber que los nuevos trenes no son una concesión graciosa al pueblo ni un regalo que depende de la buena voluntad del príncipe o la reina. Al contrario: por fin vemos cómo al menos una parte de la asfixiante presión impositiva que se nos aplica a pobres y ricos por igual vuelve a la gente en algo concreto. Los fondos públicos están para eso, por más que los que mandan se tomen el atrevimiento de considerarlos de su propiedad. Eso los anima a llevarse al bolsillo lo que no les pertenece o a adjudicarse a título personal y sin sonrojarse las obras que desde su cargo les toca impulsar, algo a lo que ya nos hemos acostumbrado.

¿Cuánta gratitud le reservarías a alguien que te consigue una buena ortodoncia después de partirte los dientes de un trompazo?

¿Y si además la paga con tu propio dinero?

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