
¡Se olvidaron de mí!
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La reciente firma del tratado entre la Unión Europea y el Mercosur tiene una dimensión tan grande que es imposible asimilar ahora su significado. Basta decir que será una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo y, para nosotros, consolida definitivamente el Mercosur, que ya ha sobrevivido a graves desafíos. El primero en el gobierno de Menem, con la limitación de sus objetivos iniciales a una visión más estrecha.
Me limito a decir que sin el presidente Raúl Alfonsín no hubiéramos acordado la Declaración de Iguazú, con su principal consecuencia, el Mercosur. También fue crucial la ayuda del presidente Julio Sanguinetti, otra eminente figura pública, que participó en las negociaciones y fue un algodón entre vidrios en aquel momento de difíciles relaciones en el Cono Sur.
Aunque las ideas surgieron de mí, sin el fin de las rivalidades entre la Argentina y Brasil no hubiéramos logrado nada. El gran estadista de América, el presidente Alfonsín, aceptó nuestra propuesta, con el mismo sentimiento de Sáenz Peña: “Todo nos une, nada nos separa”.
Hay un proverbio chino que dice: “Cada vez que vamos a beber agua de un pozo, no debemos olvidar quién lo cavó”. Cuando escuché que el presidente de la Argentina olvidó a su predecesor histórico, conductor del proceso de redemocratización del país, me dio la impresión de que se había cometido una grave omisión. Si Alfonsín viviera, diría: “¡Se olvidaron de mí!”. (En cuanto a mí, no me quejo, ya que el presidente Lula ha sido muy generoso conmigo al reconocer públicamente mi decisiva participación en la creación del Mercosur.)
Paulo Tarso Flecha de Lima, Thompson Flores y Rubens Ricupero me ayudaron enormemente a aclarar los objetivos del Mercosur y el 30 de noviembre de 1985 ya estábamos en Iguazú. La reunión fue meticulosamente planificada. Decidimos que debíamos traer a toda nuestra cúpula militar, los tres ministros que la integraban, para empezar a dejar atrás la desconfianza y a fijar nuestros propósitos de construir una nueva era con un nuevo nivel en nuestras relaciones. El clima en ese momento era totalmente distinto del actual. Había una persistente intención de empeorar nuestras relaciones. Todo ha cambiado. Las rivalidades han desaparecido, y hoy las relaciones culturales, turísticas y de amistad son cada vez más presentes. Y nunca nos permitiremos retroceder. Hemos adoptado el lema: “Crezcamos juntos”.
La Declaración de Iguazú, que firmamos aquel día, es el documento fundacional de esta política. Es un hito comparable con el tratado franco-alemán, que permitió el inicio del Mercado Común Europeo. En aquel momento, le dije al presidente argentino que debíamos marcar nuestros gobiernos con el gesto histórico de poner fin a todas las rivalidades y establecer una política de estrecha cooperación, con el objetivo de establecer, en el futuro, un mercado común entre ambos países, Brasil y la Argentina, incluyendo a Uruguay y otros países de la región. Debíamos pasar de la retórica a la acción. Abordamos el delicado tema de la política nuclear y expresé mi deseo de abrir nuestras “cajas negras”, de país a país, estableciendo una cooperación abierta en este sector. Esto fue posible gracias a acontecimientos que posteriormente se confirmaron: mi visita a Pilcaniyeu, en los Andes, donde se ubicaba la planta argentina de enriquecimiento de uranio, y la posterior inauguración, por parte del estadista argentino, de nuestra planta de Aramar, donde dominamos la tecnología del uranio enriquecido mediante el proceso de centrifugación.
Volvamos a Iguazú. Allí se produjo el gesto valiente y simbólico de una figura pública astuta, Alfonsín. Este gesto demostró su determinación de unirse a mis propuestas. Sin que formara parte del programa, sin que se lo hubiera dicho a nadie –y, creo, dominando la incomprensión existente en algunos sectores militares que lo acompañaban–, cuando le dije que nuestro hotel estaba a dos kilómetros de la represa de Itaipú, el presidente argentino respondió: “Presidente Sarney, ¿visitamos Itaipú?”. Enseguida allí estábamos, tomándonos una foto, considerada impensable, dada la sensibilidad del problema del agua del río Paraná y la construcción de la central hidroeléctrica en el aliviadero de la represa. Con esta foto, enfrentó dos rebeliones y una crítica feroz: los dos presidentes, con las aguas fluyendo del aliviadero de Itaipú al fondo, demostrando una firme voluntad política que cambiaría el rumbo del Cono Sur.
La idea del Mercosur se inspiró en el Mercado Común Europeo, buscando la integración no solo en el ámbito económico, sino también político, cultural y físico. A diferencia de una visión estrecha, de zona de libre comercio, propusimos crear una comunidad de naciones. La Asamblea Constituyente brasileña incluyó en el artículo 4 de la Carta Magna, entre los principios nacionales, “buscar la integración de los pueblos de América Latina, con miras a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones”.
El Mercosur empezó como un mercado de más de 200 millones de habitantes y un PBI combinado de 800.000 millones de dólares. Hoy, el Mercosur es un gigante con 300 millones de consumidores y un PBI que casi alcanza los tres billones de dólares (2,8 billones de dólares).
En el ámbito político, el Mercosur también consolida nuestras instituciones democráticas, lo que hizo posible un proyecto de esta magnitud. Cabe recordar que la iniciativa de crear el Mercosur solo fue posible tras la redemocratización de la Argentina, Brasil y Uruguay. El Mercosur es fruto de la democracia en el continente. Este proyecto irreversible nació en su seno, quizás el acontecimiento más importante de la región.
Como dijo Padern Martínez, entonces alcalde uruguayo de Rivera, ciudad fronteriza con Santana do Livramento: “El Mercosur fue el acontecimiento más importante desde nuestras independencias”.






