Se puede comprar tiempo, pero no confianza

Fernando Laborda
Fernando Laborda LA NACION
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30 de agosto de 2019  • 00:12

Las últimas medidas del Gobierno tendientes a un "reperfilamiento" de la deuda y a una extensión de los plazos de pago permiten comprar tiempo, pero no la confianza de los inversores, que, en estos días, no tiene precio.

Mauricio Macri y Alberto Fernández parecen envueltos en una particular pugna para hacerle creer a todo el mundo que la culpa de la desconfianza la tiene el otro. Pero lo cierto es que ni el Presidente ni el principal candidato opositor a sucederlo pueden hacerse los distraídos ante las turbulencias del mercado financiero y cambiario: uno, porque aún tiene el comando de la nave; el otro, porque suscita todas las miradas ante las altas probabilidades que se le asignan de tomar su conducción tras las elecciones de octubre.

Con el riesgo país y el dólar por las nubes, la Argentina enfrenta un peligro aún mayor: la espiralización de la desconfianza. Es esta una recurrente enfermedad del país, cuyos dolores podrán aliviarse por algunas horas con aspirinas, pero cuya curación requiere necesariamente de potentes antibióticos y prolongados tratamientos.

El alargamiento de los plazos para el pago de letras en manos de inversores institucionales no puede ser vista como una medida de fondo, sino como una herramienta para aliviar la carga financiera del Estado en el muy corto plazo. Se trata de una jugada arriesgada, por cuanto puede ser interpretada como un cambio unilateral y compulsivo en las reglas de juego, que no repercutirá positivamente en la evolución del riesgo país ni en los seguros contra default, que se han disparado en los últimos días.

Por el contrario, podría ayudar a aumentar en lo inmediato el poder de fuego del Banco Central para mitigar la presión sobre el dólar y la volatilidad del mercado cambiario, aunque solo en las próximas semanas se sabrá si permite despejar definitivamente la posibilidad de que el pánico se adueñe de ahorristas con depósitos en los bancos. Un temor que, cuándo no, es alentado por dirigentes de la oposición, como ha sido el caso de la exministra de Economía Felisa Miceli, quien ayer opinó que "la mejor seguridad es tener los dólares con uno".

Una de las dudas a las que el Gobierno debe tratar de dar adecuada respuesta es si estamos ante un problema de liquidez, como afirmó el ministro Hernán Lacunza , o ante un problema de solvencia. A diferencia de otras crisis, como la de 2001 , actualmente la mitad de los depósitos bancarios en moneda norteamericana se encuentran respaldados por las reservas del Banco Central. Pero la trágica memoria de muchos argentinos que sufrieron corralitos y corralones no siempre entiende o quiere entender razones.

Es que, en el fondo, la principal fuente de la desconfianza es política. Y contra eso, no hay soluciones económicas, sino políticas.

Entre los interrogantes que motivan la desconfianza, muchos guardan relación con gestos de Alberto Fernández, para no hablar del rol que podría tener Cristina Kirchner en su eventual gobierno.

Hay quienes opinan que el endurecimiento de la posición del candidato presidencial del peronismo ante el Fondo Monetario Internacional ( FMI ) pudo haber estado influenciado por presiones de dirigentes más cercanos a la expresidenta. Otros creen que esa mayor dureza forma parte de un juego o estrategia de Fernández tendiente a negociar con el organismo financiero internacional desde una posición de fuerza, si llega a la Casa Rosada.

¿Cuál será la lógica que imperará en un posible gobierno del Frente de Todos? ¿La de Guillermo Nielsen, que asoma como el economista de cabecera de Fernández, o la de Máximo Kirchner convocando públicamente y a los gritos a no pagarle la deuda al FMI?

¿Cuál es el pensamiento real de Fernández y de la fuerza política que lo acompaña frente a los problemas financieros de la Argentina? ¿Cuál es el verdadero Alberto? ¿El que asegura que en su hipotética gestión es imposible un default o el que embiste con dureza contra el FMI y lo acusa de financiar una fuga de capitales? ¿El que jura que lo peor de los gobiernos cristinistas no tiene retorno o el que asegura que los jueces que procesaron a la expresidenta tendrán que dar explicaciones?

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