
Seducción en tiempos de crisis
Por Orlando Barone
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AUN si se ignorara ese bello libro de García Márquez El amor en los tiempos del cólera , y aun sin haber visto aquella película Hiroshima mon amour , donde sobre el trágico fondo de la Segunda Guerra Mundial transcurre el apasionado encuentro entre una mujer y un hombre, resulta fácil entender que el enamoramiento no surge únicamente en un escenario romántico. También los tiempos de crisis suelen alentar pasiones caudalosas, desesperados vínculos y arrebatadas cópulas. El desconcierto de un presente sin futuro también estimula inesperadas emociones como señales de supervivencia.
Allí está esa ardiente historia de amor de la película Titanic en medio de la desesperación y el hundimiento. O en las revistas del corazón el desatinado amor de una mujer madura y rica -Graciela Alfano- con un joven pobre todavía en brote, que prueba que la desproporción puede encontrar su punto de equilibrio sobre todo en la alcoba y durante un lapso brevemente incierto.
"Clinton y De la Rúa se enamoraron", anunció el agregado de negocios de la embajada norteamericana en la Argentina. Y con premeditada alevosía diplomática -credo y especialidad de la carrera donde las palabras tienen su valor en miligramos- extendió el relato del encuentro entre ambos presidentes: "Parecía que se estaban seduciendo uno al otro". El diplomático, de nombre Manuel Rocha, no podía desconocer por oficio y por raigambre latinoamericana qué clase de estocada clavaban sus palabras en el trémulo y golpeado corazón del macho argentino. Si alguien mantenía todavía dudas acerca de cuál era la parte carnal que nos tocaba en la relación con los Estados Unidos, después del affaire Monica Lewinsky, enamorarse de Clinton no deja dudas.
En un enamoramiento entre dos hay siempre un caballero y una dama. Hay un acto posesivo y otro de entrega, y nunca hay empate: uno goza siempre y el otro a veces. O nunca. La difundida histeria de Charcot aunque se refiere en especial a las mujeres fue extendida también, y con razón, a los varones. Por ejemplo, en el Senado hay pruebas extremas de este padecimiento que reduce el campo de la conciencia y "altera la función motriz o sensorial causando fenómenos de conversión". Nadie ha dicho nada todavía en relación con la histeria de países que simulan un goce que no tienen en lugar de exhibir el dolor y la frustración que sienten. Y aun en casos de relaciones de pareja de monotonía de género, hay de todos modos una parte masculina y otra femenina. Es obvia cuál de las dos es, en este romance internacional, la parte tierna que se entrega geopolíticamente. ¿Cómo resignarse a conceder el antiguo karma tanguero a favor de un vínculo que corroe la autoestima argentina ante la ya célebre sexualidad viril de Bill Clinton? La desafortunada interpretación "celestina" del señor Rocha, al incorporar sentimientos a la ya tolerada consumación de las relaciones carnales, pretendió sellar un fatalismo amoroso y desproporcionado. El del presunto enamoramiento entre dos seres inarmónicos de los cuales uno de ellos ejerce el poder de decisión afectiva, la jerarquía sentimental y el repertorio de poses. Y al otro sólo le queda ese papel de fidelidad canina de mover la cola de agradecimiento ante la menor promesa de una dosis de "Dogui". Oportunamente enterado del manifiesto sentimental del señor Rocha, nuestro presidente se empeñó en corregir estratégicamente el exceso tratando de distanciar su trato con Clinton a un vínculo adulto y político.
Hay al menos una reacción de autodefensa que permite tener la esperanza de que se está atento a rechazar el oprobio innecesario, aunque fuera nada más que lingüístico. En su libro recién aparecido, Una extraña dictadura , Vivianne Forrester (la de El horror económico ) dice: "La ideología reinante no deja el menor margen a los dirigentes políticos, cualquiera que sea su bando". Pero salvo algunos intelectuales como la Forrester no hay indicios de que ningún líder o dirigente del mundo haya sido capaz de desnudar su impotencia ante el público; nadie que haya sido capaz de alertar a sus votantes acerca de las escasas probabilidades que se tienen en la actual pugna, ya no por el éxito, sino por amortiguar la tortura.
¿Cómo reaccionaría ese público si fuera advertido por sus líderes? Y no por mensajeros insensatos de ideologías retrospectivas musicalizadas por el bombo de tam tam vacío. A lo mejor su respuesta sería más interesante y creativa que la pusilánime diplomacia del acomplejado. Le permitiría a la gente reivindicar aunque fuera la borra de su orgullo ante la ominosa inferioridad a que incita el mirarse únicamente en el deformante espejo de la economía. No hay enamoramiento posible, salvo en el cuento de La Cenicienta , entre seres antípodas separados por el tajo del poder y la riqueza de uno sobre el otro.
"El enamorado -dice un refrán anónimo- no lo nota, pero al tiempo se vuelve idiota." Ultimamente, por haberse enamorado sin ser correspondidos, hay países que han corrido esa suerte.






