
Seducción, o las falsas apariencias
Uno, que es varón a más no poder, con veleidades de galán maduro y ultrasensible a los encantos del sexo opuesto, debe andar precavido: cada vez más, los atributos de la belleza femenina son producto de la repostería científica. Cada vez más frecuentemente, ellas apelan a las chafalonías estéticas para suplir lo que la naturaleza no les ha dado ni Salamanca les prestó. Y en su intención de remontar algunos rasgos alicaídos de su masa corporal, la ciencia les sirve en bandeja un variado stock de estratagemas quirúrgicas, a los efectos de que se reconozcan apetecibles, todavía en carrera para incubar, en la mente del caballero, fantasías inconfesables.
La última palabra en matería de ardides para planchar pliegues, tanto como para globalizar estratégicos contornos, fue anunciada en LA NACION por el cirujano norteamericano Martin Zaiac, invitado a un congreso internacional de dermatología que sesionó en Buenos Aires. "La novísima técnica, que utiliza colágeno humano en vez de colágeno bovino, es mucho más eficaz para tales fines y no provoca rechazo inmunológico", se alegró. Sorprendentemente, el colágeno humano se obtiene de prepucios que, por cuestiones a menudo religiosas, se rebanan a chicos recién nacidos. El procedimiento se aplica desde hace ocho meses en los Estados Unidos, con la venia de la Food and Drugs Administration.
¿Qué es el prepucio? Es una formación musculocutánea, casi siempre retráctil, que cubre el glande. Y quien quiera saber qué es el glande, que recurra a cualquier mataburros editado después de la Inquisición. Podrá enterarse, de paso, de que el prepucio, aunque sustantivo masculino, es también una propiedad anatómica femenina. Por ahora, sin embargo, la bioingeniería ha demostrado que el del varón ofrece suficientes garantías de que "por cuatro meses, quizás ocho -estima el doctor Zaiac-, el relleno de colágeno de él extraído elimina arrugas y flaccideces". Uno, chapado en la tradición naturalista, supone que besar labios tratados con colágeno de prepucio de bebe ha de restar al acto una alícuota de salvaje emoción, con riesgo de que sus neuronas del regocijo se subleven y se precipiten en cobarde retirada.
A ojos de varón, los excesos de coquetería, tanto como las mil y una triquiñuelas que conllevan el propósito de falsificar opulencias, ponen a la mujer en camino de convertirse en una parodia de sí misma. Caramba, uno suele escudriñar con relativo disimulo a especímenes inflamados de colágeno y siliconas, pero también a la variopinta prosapia de muchachos suscriptos a la moda punk o grunge , con sus crenchas multicolores y su profusión de aretes y otras traumáticas incrustraciones, y se pregunta qué exótica flaqueza de su autoestima los ha impulsado a someterse, gustosamente, a tan irrisoria flagelación.
Los atributos femeninos, en tanto virtuales engendros de la bioingeniería de la seducción, sólo prometen engaños a primera vista. Se descubren fácilmente a segunda o tercera vista, apenas la verdad resulte palpable. Entonces, ¡zas!, el varón se admitirá defraudado, víctima de frívolo engaño. En gran medida, la repostería plástica es culpable de que sus neuronas del regocijo se echen a la retranca.





