
Semana Santa, una historia argentina
Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
1 minuto de lectura'
"SIEMPRE creí de niño que la luz del sol era más amarilla y opaca el Viernes Santo que en otros días; pero cuando asistí en Roma a las ceremonias del Viernes Santo (...) cuando yo vi esas estupendas magnificencias del culto romano y oí el Miserer e de Palestrina, e interrogué mi corazón, mi alma, mi sentimiento de cristiano, me vinieron los recuerdos de nuestra Matriz de San Juan, y las ceremonias de Semana Santa en que yo tenía mi papel y mi parte." Así escribe Sarmiento en sus Memorias .
Lo mismo que el niño Sarmiento, cada integrante de la sociedad criolla, hasta promediado el siglo XIX, tenía un papel que cumplir como cristiano en la ceremonias de Semana Santa, las fechas más trascendentes, junto con la Navidad, del calendario cristiano. Esto convertía a la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en un hecho colectivo de hondo significado en el que los ritos eran seguidos por multitudes.
En la época colonial, se suspendían las causas civiles, se indultaba a los presos por causas menores, no se mataban reses, para cumplir con la abstinencia de carne, ni se escuchaba tocar el piano. El virrey asistía con la audiencia y los miembros del Cabildo al sermón de la Plaza Mayor. La gente venia a pie o a caballo de los alrededores para participar. Los hombres de campo formaban un amplio círculo, alrededor del cual se instalaban las mujeres, sentadas en el suelo. Terminado el sermón todos rezaban un acto de contrición (Roberto Elissalde. Los días de Mayo).
Una multitud participaba en Buenos Aires de las procesiones del Jueves Santo. Las imágenes sagradas salían de las iglesias llevadas en andas por los devotos, tal como hoy ocurre en las ciudades del sur de España.
Los relatos de viajeros, las memorias y los periódicos describen las singularidades de estas ceremonias. La imagen de San Benito de Palermo, venerada por los negros, se colocaba en el atrio de Santo Domingo y recibía ofrendas de las cofradías de gente de color. En la época colonial, afirma Vicente Rossi, los bailes o candombes de negros se realizaban en Pascua y en otras fiestas sacras como parte informal del ceremonial litúrgico.
Todo el mundo llevaba sus mejores prendas. Las mujeres se vestían de negro en la noche del jueves y recién volvían al color en la mañana del sábado de Gloria ; las niñitas se disfrazaban de ángeles con ropa muy incómoda y los altos funcionarios lucían el traje de etiqueta de calzón corto.
Se daba limosna para los presos. En el tiempo de Mariquita Sánchez, a fines del siglo XVIII, los curas publicaban las listas de quienes no se habían confesado para Pascua y los que figuraban en ellas eran despreciados. El control social resultaba sin duda riguroso. Afortunadamente ya habían desaparecido los azotes y otras autodisciplinas características de la exaltación de la piedad en tiempos del barroco.
A partir de 1810
En el siglo XIX los ritos registraron algunas innovaciones. A partir de la Revolución de Mayo, se toleró que hubiera funciones de teatro en Cuaresma. La abstinencia de carne y el ayuno se dulcificaron. Y en la tarde del sábado de Gloria, cuando la alegría renacía en los templos, caían los velos negros que cubrían los altares y las campanas volvían a tocar, la ceremonia grotesca de la quema del Judas, muñecos de trapo relleno de cohetes y combustible, variaba de acuerdo a las vicisitudes políticas. En 1807 causó escándalo que se quemara uno de estos muñecos vestido de oficial de Patricios ; en la Pascua de 1821 uno de los Judas, trajeado de oficial de marina inglés, fue retirado por la policía para evitar incidentes. En 1848 la masa federal quemó con expresiones de júbilo las efigies de Rivadavia, Lavalle y Fructuoso Rivera por ser enemigos de Rosas.
Hacia 1860, el gobierno todavía asistía en pleno a las ceremonias. Así lo hizo el propio Sarmiento como gobernador de San Juan, al frente de centenares de personas que venían desde leguas a la redonda a hacer sus devociones. Pero a medida que el liberalismo y las logias masónicas fueron ocupando el lugar que antaño era monopolio de la Iglesia, la participación popular en la Semana Santa comenzó a mermar.
La tendencia a la secularización de la vida social se acentuó a fines del siglo XIX, cuando la elite dirigente consideró que los actos piadosos eran asunto exclusivo de las mujeres. La sociedad se dividió en 1882 entre liberales y clericales a raíz de la polémica sobre la ley de educación. Sarmiento repasa en oportunidad de la Semana Santa de ese año, la opinión de los grandes periódicos nacionales y provinciales y en todos encuentra expresiones muy agresivas respecto del culto tradicional. Unos publican artículos de autores poco ortodoxos en materia religiosa; otros recomiendan no ir a las ceremonias por peligro a contagiarse alguna pestilencia en ambientes faltos de ventilación; alguno se burla francamente de la "escenografía" de la procesiones: las calles pertenecen a todo el mundo, no pueden usarse para determinado culto, dicen. Pero el verdadero via crucis para la Iglesia es el indiferentismo religioso de las mayorías.
Sin duda la masa de inmigrantes que en esos años se incorporó al país, participó de este nuevo clima de frialdad respecto al culto católico. Muchos venían de pueblos de España y de Italia donde la fe ocupaba un lugar central, pero con el traslado los lazos de la religión se aflojaron. "Paco: en llegando a Buenos Aires he sabido de buena fuente que Dios no existe" le escribía un inmigrante gallego a un amigo (Emilio F. Mignone: 500 años de cristianismo en Argentina ).
Los fundadores de la revista Criterio (1928), formaban una verdadera elite religiosa preocupada por recristianizar la sociedad mediante un apostolado riguroso. Desde esa publicación, las parroquias y la Acción Católica, se hizo un esfuerzo considerable por devolver a la liturgia su antiguo sentido y vigor.
Modestas supervivencias
"Nos hallamos sin duda ante un retorno a Dios", pudo afirmar con regocijo Monseñor Gustavo J. Frasceschi al ver la enorme cantidad de gente que concurrió a las ceremonias litúrgicas en la Semana Santa de 1942 ( por esa fecha el orador sagrado más admirado era el padre Hernán Benítez, futuro confesor de Eva Perón). La tarea de recristianizar la sociedad estaba en marcha. Franceschi decía que las modestas supervivencias de los antiguos ritos, desde las empanadas de vigilia que consumía la población hasta la música clásica que trasmitían las radios en señal de respeto, eran las bases que podían servir para la reconstrucción de una atmósfera cristiana. Y para ello nada mejor que la enseñanza en la escuela del catecismo. Esto fue autorizado por la revolución militar de 1943. Pero esta acción política, el restablecimiento de la enseñanza religiosa en la escuela pública, llevada adelante a contramarcha del pluralismo de creencias que ya era parte de la sociedad argentina, no rindió los frutos espirituales esperados.
Hoy la celebración de la Semana Santa ofrece luces y sus sombras. Desde el punto de vista espiritual, es verdad que el ocio se dedica más al turismo que a la oración y a la meditación. Un millón de personas se movilizan hacia distintos destinos turísticos en estos fechas. Pero quienes celebran la Pascua en su corazón, su alma y sus sentimientos cristianos, como decía Sarmiento, tienen hoy un espíritu ecuménico más abierto y tolerante. Nadie piensa en quemar Judas. La Pascua de los Judíos, celebración de dignidad y libertad, se recuerda junto con la Pascua de los cristianos. Y la idea de la resurrección del espíritu, recobra su dimensión auténticamente cristiana en el gesto humilde del Pontífice romano pidiendo perdón por los pecados de la Iglesia. © La Nación




