
Separatismo y convivencia
Por Yevgeny Primakov Para La Nación
1 minuto de lectura'
MOSCU.- LA "autodeterminación" dominó por dos siglos la política internacional. En la posguerra, los marxistas fueron sus partidarios más enérgicos e instaron a que se incluyera en la Carta de la ONU. Esta legitimación de las aspiraciones nacionalistas de los pueblos subordinados ayudó a eliminar el colonialismo. No obstante, cabe preguntarse si, en el mundo actual, deberíamos seguir sosteniendo este principio.
Imaginen el caos que podrían provocar los impulsos separatistas si los dejásemos persistir libremente en un mundo en que más de dos mil etnias conviven en más de ciento cincuenta Estados distintos. En la actualidad el separatismo no es un problema exclusivo de tal o cual Estado o sociedad, sino que afecta a toda la comunidad global.
Si todas las partes de una nación aceptan la separación, el surgimiento de un nuevo Estado nacional no tiene por qué ser resistido por la comunidad mundial. Pero el desacuerdo de una sola parte quita legitimidad (y legalidad) al separatismo. Por eso la comunidad mundial debe oponerse a los esfuerzos separatistas unilaterales. Hoy día, el terrorismo internacional y el extremismo religioso -dos males gemelos- hacen que el separatismo sea mucho más peligroso que en la era poscolonial.
Al hablar del peligro del extremismo religioso, no lo equiparo con el fundamentalismo religioso. Bajo el régimen comunista, los musulmanes de la Unión Soviética se sintieron atraídos por el fundamentalismo por la opresión que padecían. No podían construir mezquitas ni practicar su religión en público. La adhesión fundamentalista al islam era una respuesta perfectamente natural. El extremismo islámico difiere del fundamentalismo religioso en que, además de promover la adhesión estricta al islam, predica la difusión de modelos islámicos de poder y sociedad. Los extremistas religiosos, con sus tácticas terroristas y sus objetivos ilimitados, constituyen un verdadero peligro mundial.
En ningún lugar del mundo esta amenaza es, quizá, tan grave como en Rusia. En todo el Cáucaso septentrional, numerosas nacionalidades y etnias han convivido estrechamente por siglos. Ahora, algunos grupos, en especial los chechenos musulmanes, son separatistas. Otros no. Frente a estos deseos antagónicos, ¿qué tratamiento democrático puede dar Rusia a las pretensiones separatistas formuladas a punta de pistola?
Sostengo enérgicamente que, en vez de alentar el agravamiento de la fragmentación ya causada por la búsqueda de la autodeterminación, se aglutinen las nacionalidades que habitan el territorio ruso uniéndolas en un Estado más fuerte. Discrepo con quienes arguyen que tal política trabará económica y políticamente a Rusia. Hay casos evidentes en que la unidad de Rusia con otros Estados independientes de la ex Unión Soviética beneficiará a todas las partes.
Tomemos el de Bielorrusia. En la era comunista, fue una "sala de montaje" de la producción industrial soviética. Hoy sigue siendo una república con un sólido potencial intelectual y una mano de obra laboriosa. No poseerá tantos recursos naturales como Rusia, pero se autoabastece y, por lo tanto, quizá no desgaste a la larga la economía rusa como tantos creen. Además, y esto es de importancia capital, Rusia y Bielorrusia comparten un mismo origen histórico que las une. ¿Por qué habríamos de vivir en dos estados distintos si la mayoría del pueblo, y no grupúsculos de uno y otro lado, desea la unidad?
Procesos complicados
Nuestra fusión con Bielorrusia no tiene por qué ser precipitada. Su presidente, Aleksander Lukashenka, busca estrechar los vínculos con Rusia. Coincidimos con él. Después de todo, gran parte de Europa occidental ha adoptado una moneda común, sin que eso haya llevado a mal fin a los países adheridos. Son procesos complicados, pero la cuestión es seguir este rumbo; más adelante, tal vez Ucrania comience a acercarse a Rusia.
Lo que es apropiado para Bielorrusia, en cuanto a poner fin a un separatismo no deseado, lo es aún más para el Cáucaso. En los Estados Unidos, conviven pacíficamente numerosas etnias. Rusia debe resolver sus problemas étnicos, nacionalistas y separatistas otorgando autonomía cultural y autoexpresión nacional dentro del contexto de una comunidad que siga integrando la Federación Rusa. Sin embargo, ayudar a la autoexpresión nacional de algunos no significa que otros deban sufrir por ello (por ejemplo, en el caso de Chechenia, sus vecinos Tatarstán y Bashkortistán). El apoyo a un grupo no debería implicar la opresión o el perjuicio de otros.
Rusia encara problemas singulares en su búsqueda de soluciones pacíficas para los roces étnicos y separatistas. Las nacionalidades desterradas por Stalin a Siberia y otras comarcas soviéticas tal vez quieran retornar a las tierras que les pertenecieron "por su origen". Así, los tártaros de Crimea puede que quieran volver a "su" península.
La gente debería poder regresar a su tierra natal, pero como individuos. Aun admitiendo (y, por cierto, lo hacemos) que se han cometido injusticias históricas que fueron verdaderos crímenes, es preciso reconocer que las tierras perdidas por un pueblo expulsado fueron repobladas por otros. Desalojarlos sería injusto; reincidiríamos en el crimen histórico original.
Cuando todos los pueblos de Rusia tomen conciencia de que deben convivir, empezarán a adaptarse los unos a los otros. Para asegurar esta toma de conciencia, debemos poner fin a la opción separatista. Sólo así será posible restablecer las relaciones pacíficas de otrora; sólo entonces nuestros numerosos grupos étnicos y nacionales hallarán un medio de vaciar sus antagonismos de toda violencia.
El autor, ex primer ministro y canciller de Rusia, lidera hoy en la Duma el bloque Patria/Toda Rusia, y es el enviado especial del presidente Putin para la resolución de disputas separatistas internas.






