
Ser prudente
Por Oscar R. Puiggros Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Primero definir las palabras. Prudencia no es timidez ni freno para la acción; es una virtud, significa discernimiento, cordura, juzgar con objetividad y ecuanimidad, sin prejuicios; también incluye inteligencia práctica y elegir la oportunidad sin perderla ni precipitarla.
En esta época de transición entre un mundo que se está yendo y otro todavía incierto que se asoma, la prudencia es esencial para ver, juzgar y actuar. La historia es dinámica, avanza y retrocede; lo nuevo es la velocidad del cambio, que se sigue acelerando y no da tiempo al análisis, para rechazar o incorporar después de un examen "prudente".
En apenas los últimos setenta años afrontamos una prueba sin precedente, única en la historia; asistimos a acontecimientos que antes tardaban siglos. Las comunicaciones y transportes, la incorporación de las mujeres en áreas que hasta hace muy poco estaban reservadas a los hombres, la excursión a Marte y el conocimiento del casi más allá, la droga y sus trágicas secuelas en la salud y en la conducta, el impulso feroz del terrorismo, el avance vertiginoso de los grandes países asiáticos y su ingreso a la competencia occidental, sucesos y temas que la información pone al alcance de todos.
Desde la década del 20 hemos conocido fenomenales protagonistas de toda laya: Hitler, Stalin y aun antropófagos intelectuales y físicos como algunos "civilizados" de Oriente y Occidente, pero también innumerables héroes de la paz y la justicia, maestros del pensamiento y de la ciencia que nos mantienen la esperanza.
Este nuevo presente cambia el estilo, las costumbres, muchos valores y aún creencias que también incorporan solidaridad y comprensión; la misma Iglesia Católica marcha al compás de los tiempos en un antes y un después del Concilio Vaticano II. Aparecen nuevas orientaciones filosóficas e ideas e improvisaciones políticas; algunas confunden y pervierten, a veces tienen más prestigio que la ley, la paz y la justicia y nos inclinan ante la seducción de respuestas rápidas y atractivas, aunque fuera a costa de valores fundamentales.
También la democracia se equivoca si cree que la mayoría siempre tiene razón, cuando lo que ella otorga es el derecho de esa mayoría a gobernar condicionada a otros requisitos como el Estado de derecho, el respeto a las minorías, la división de los poderes y la rotación de los que ejecutan.
La ley, defensa de los débiles
En nuestra Argentina está debilitada la prudencia, justamente cuando es más necesaria que nunca. Si tomamos la definición que encabeza esta nota, son significativas las conductas que se alejan de esa virtud fundamental. En casi todos los sectores que se reparten el mundo político predominan los prejuicios, la ligereza en los análisis y la intransigencia que, sin duda, son contradictorios con la cordura esencial en la tarea política.
La universal transformación nos ha llegado; comparar los dirigentes de hoy con los de algunas décadas atrás es absurdo y frivoliza cualquier análisis. La formación intelectual, el perfil psicológico y los instrumentos que se usan nos obligan a replantearnos maneras tradicionales que considerábamos inmutables. No abrimos juicio sobre ellos, no todo lo viejo es despreciable ni podemos rechazar lo nuevo porque choca con lo que era "nuestro". El período crítico que afrontamos con su desconcertante complejidad requiere una dosis masiva de prudencia, analizar causas, efectos y ponderar los tratamientos y sus riesgos, y además los largos años de errores y tendencias negativas que el pueblo en todos su niveles se resiste a reconocer y corregir.
El partido hoy gobernante ofrece una imagen confusa. Desde viejos peronistas que todavía sienten nostalgia por una "justicia social" que fue un instrumento político desde 1945 hasta una larga etapa reciente que atrajo con piedras de colores a importantes intereses financieros y pescadores desvergonzados, guiados por alguien que confundía una sana conducta de estadista con una "fiesta-crédito-quiebra" que hoy duramente padecemos.
Hace medio siglo usó "alpargatas sí, libros no", un slogan engañoso frente a una situación que requería, por cierto, achicar brechas socioeconómicas y corregir malas artes electorales. Pero en definitiva, después de varias etapas presidenciales de aquella misma orientación, no se logró ningún resultado positivo. La brecha es aun más amplia, los sindicatos no han corregido sus habituales e indecorosos manejos ni han cumplido la libertad de asociación que prescribe la Constitución, la Organización Internacional del Trabajo y la doctrina social de la Iglesia, frecuentemente recordada por "piadosos" dirigentes sindicales cuando están en dificultades. Invertir los términos de aquel aberrante slogan hubiera sido más útil para que "alpargatas" fuese un sector mejor atendido en su cultura, en su capacidad, y en sus condiciones económico-sociales y en sus responsabilidades colectivas. Hoy mismo, frente a esta nuevas forma de rebelde y agresiva presión de los llamados "piqueteros", sería bueno recordarles que la ley es la defensa de los débiles y que su violación actual y agresión a los derechos de otros igualmente respetables, podrá ser después violada, pero en su contra, cuando más la necesitan para amparar justos reclamos.
No podemos ignorar que el Presidente se encuentra ante una difícil alternativa: perder autoridad por inacción es tan grave como ejercerla con métodos que multiplican la violencia, y sabemos por experiencia propia y externa que la dirigencia rebelde politizada capitaliza cualquier acción ordenadora que produzca víctimas.
El diálogo es muy importante, pero no puede ser desnaturalizado por la amenaza o la violencia. El primer magistrado debe ejercer su legítima autoridad respetando puntillosamente la ley, prudente y oportunamente, sin descalificar su conducta diseñando precipitadas reformas institucionales o violando disposiciones vigentes para promover a sus partidarios, como ha ocurrido en recientes elecciones.
La degradación institucional innegable y la abrumadora mediocridad de casi todos "los que mandan" en todos los niveles sociales también requiere una conducta responsable en los críticos opositores que, más allá de la actitud "constructiva" que suelen anunciar, ésta debe ser auténtica y eficaz. Unos y otros deben evitar la patología de dar privilegio a rivalidades partidarias de menor nivel para lograr monedas de poder o mejorar perspectivas políticas.
El resultado positivo del desarrollo equilibrado de la sociedad depende del grado de adhesión que el pueblo tenga al imperio de la ley y a una conducta, repito, prudente; ésa es la responsabilidad fundamental que está tanto en manos del Gobierno cuanto de la oposición.
El autor fue ministro de Trabajo (1962) y de Bienestar social (1982).





