
"Setenta balcones y ninguna flor"
Por Fernando Sánchez Zinny De la Redacción de La Nación
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QUIZA no vaya a quedar sino la voz pastosa de la ciudad, su resonancia entre los quicios de cemento y el nervioso alboroto de gorriones y palomas. No sería del todo justo, porque Baldomero Fernández Moreno fue, además, ese hombre cordial y sensible al que memoran las referencias familiares, y también ese poeta clásico, un sí es no es campanudo y paradójicamente "sencillista", del que hablan las reseñas, un incurable nostálgico quién sabe de qué aldea española, o acaso de Chascomús, o de Huanguelén, o el denodado médico rural al que tan emotivamente ha ensalzado Celso Castiñeira de Dios. Ocurre que todos esos seres contrastantes están ahí nomás, a tiro de honda de cualquier juntador de papeles o erudito, y, sin embargo, lo único que parece notable de entre tanto acopio es un acento parcial, una adherencia tal vez subsidiaria en la totalidad de su poesía, que le impide abandonar cierto muelle sentimental de Buenos Aires.
Se cumple este año medio siglo de su muerte, lapso que ya comienza a ser suficiente como para encuadrar a un poeta en consideraciones acerca de si lo es de veras. Pero en este caso el trámite no impresiona mayormente, el expediente se reduce a una única pieza: "Setenta balcones y ninguna flor" es su legado, su botella al mar, su mensaje para pedir que no nos olvidemos de él, que no lo dejemos morir del todo.
Al respecto, su espíritu puede vagar en paz: en efecto, acreditamos que esos versos son parte notoria de la leyenda de Buenos Aires, y que equivalen en este deslinde de siglos a lo que antaño fue "Qué me importan los desaires / con que me trata la suerte". El resto, diríamos, son anotaciones en un cuaderno que bate la lluvia de los años, desleída inscripción cuyos fragmentos sólo conocen algunos centenares de antólogos, entre formales y espontáneos.
Así y todo, el suyo es un caso envidiable: lo que podía conseguir, lo que seguramente el gris pesimismo en que se arropó para extinguirse no imaginó que conseguiría, he aquí que sí lo consiguió, esto es, dar el salto por sobre la región de sombras.
Es muy posible que se tratase de aquello en lo que menos confiaba. Porque su propensión estaba en las españoladas, en la sensiblería del paisaje, en los tortuosos vericuetos del léxico, en el barroquismo ingenioso, en la fruslería de la jerga médica, en el patriotismo escolar. No obstante, y casi en guerra consigo mismo, es un gran poeta, uno de nuestros mayores poetas y no sólo "del barrio de Flores", como se ha dicho malignamente, sino de un Buenos Aires casi completo, ciudad rica en luces y en arboledas, con el centro en que vocean la tristeza los canillitas y con barrios de recorrer enchalecado.
Pues la cáscara española lo abandonaba en la desazón y en sus textos sobrevienen, entonces, palabras e imágenes inexorablemente vinculadas con lo porteño: cosmopolita y castizo en su tránsito frecuente por la sociabilidad literaria, de pronto su dimensión es otra y los juegos con rima fútil quedan a un lado cuando transita por los recodos arduos: "Piedra, madera, asfalto./ ¡Si me enterraran bajo el pavimento...!/ Piedra, madera, asfalto./ Casi no estaría muerto", escribió al promediar su vida. Ya en la madurez describió esta etapa con despiadada comprensión, justamente ante el perfil del Congreso como resumen del mundo hostil y sin arrimo: "¡Quién va a fijarse en mí, si hay tanta prisa! / ¡Quién va a escuchar mi voz, si hay tanto ruido!".
Detallismo socarrón
En cierto sentido, es más poeta de Buenos Aires que ningún otro, siquiera en el limitado sentido de que sus citas son precisas y determinan siempre asociaciones imposibles de aclimatar en otros parajes de nuestro universo idiomático. Las "chicas de Flores" de Girondo, por ejemplo, son chicas universales que, en verdad, cabe encontrar en esa manzana pareja y demasiado abstracta que delimitan Rivadavia, Fray Cayetano, Yerbal y Artigas, pero que igualmente recorren todas las restantes plazas de la urbe y del orbe.
Fernández Moreno es infinitamente más exacto, a veces hasta el detallismo pueril y socarrón. Nada mas distante de su índole que el clisé del poeta aquel que "cuando dice yo quiere decir tú y cuando dice tú es que habla de sí". Él, en cambio, tenía en su interior un proyecto de linyera necesitado de caminar y musitar: "Ahora me iré hasta la plaza, / cinco cuadras de camino". Pero esa reiteración fotográfica ilumina, reconociblemente, zonas, áreas, un parque Lezama solemne de esculturas y simbolismos, una Avenida del Trabajo que es "un poquito curva,/ como el cansancio". En fin, la entrevista bohemia alcohólica de Charles de Soussens: "Despertaba en carritos el alba bulliciosa/ y el fondo de la calle era un telón de rosa./ Me volví para verte, deja que lo recuerde: // los pantalones flojos, las piernas vacilantes, / y en las manos nerviosas el bastón y los guantes./ El sol manchaba de oro tu viejo chaqué verde".
Todo siglo mezquina siempre las monedas de la gratitud a la centuria que lo precede. Fernández Moreno, que desde cierta perspectiva no ha sido casi nada, ha sido a la vez casi todo, en un extraño trueque de suertes y renombres. Empero, sobre su obra pesa ya el tiempo que trabaja sin cesar en la destrucción de afinidades. Aterra pensar que dentro de poco los exégetas, si los hay, tendrán que explicar versos como "del popular Brasil a la rojiza lumbre", y que es probable, además, que les atribuyan sentido hermético.
Entretanto, retenemos algo, tal vez no más que una migaja: "Setenta balcones y ninguna flor", forma prolija y convincente de enunciar la vulgaridad cotidiana. No es mucho, pero es todo cuanto podemos hacer. Recordar es detener por un instante la muerte. La muerte del poeta, si preferimos decirle así, pero, con más certeza, la muerte de un tiempo que ha sido nuestro y de una sensibilidad especial a propósito de esta ciudad extensa y chata.





