Shakespeare y las cuestiones de género

Elisa Goyenechea
Elisa Goyenechea PARA LA NACION
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9 de noviembre de 2019  

Ante las justas reivindicaciones por la igualdad de los géneros y su comprensión como construcciones culturales, propongo releer bajo este prisma a un clásico de la literatura. Shakespeare escribió sus dramas hace cinco siglos. Obviamente nunca habló en términos de género, pero con razón se ha dicho que algunos de sus personajes desafían abiertamente los prejuicios de la época y que otros ofrecen "experiencias humanas universales" que atraviesan los géneros (todos somos Otelo y Próspero; Desdémona y Viola). Por eso, sería desatinado descartar sus enseñanzas bajo el pretexto de su inactualidad. Otro tanto puede decirse de Aristóteles, para quien la mujer era literalmente invisible, pues no tenía acceso a la ciudadanía. Aun así, sería apresurado tachar de obsoletas sus reflexiones sobre la naturaleza viril y la femenina, por haber vivido en el IV a. C.

Quisiera detenerme en dos personajes femeninos proverbiales de los dramas de Shakespeare. Lady Macbeth es la verdadera villana de Macbeth. La obra nos muestra la usina de energía que, para bien o para mal, una mujer puede ser para un hombre poderoso. Lady Macbeth quiere la dominación a cualquier precio, pero sabe que solo la tendrá en las sombras. El brillo y la gloria políticas serán para su esposo. El parlamento clave de la obra (y el que nos dice todo sobre lo que Shakespeare pensaba de los convencionalismos de su siglo) es su invocación a los númenes oscuros para renunciar a su feminidad: " Unsex me here!". Lady Macbeth implora que la despojen de su sexo y le infundan la crueldad, para poder llevar a cabo los crímenes horribles que tiene en mente (los asesinatos de Duncan y Banquo) y obtener la suma del poder para Macbeth.

La literatura clásica griega suele asociar a la mujer con crímenes de sangre, en los que se juegan los lazos de familia (Clitemnestra, Medea y Fedra son casos ejemplares). En ellos, las mujeres imparten una justicia implacable que desborda el orden jurídico imperante, actúan intempestivamente gobernadas por la emoción. No hay premeditación ni cálculo previo. El caso de Lady Macbeth es peculiar porque calcula el crimen, que no es doméstico, sino político (un regicidio). En el siglo XVI, la mujer debía revestirse de masculinidad para perpetrar esos crímenes. Al respecto, el ejemplo de La favorita -cuyo tema no es el lesbianismo, sino todo lo que está dispuesta a hacer una mujer que codicia el poder y la dominación- viene como anillo al dedo. Dominadas por la lujuria de poder en un universo masculino al ciento por ciento, pagan un precio alto por las posiciones políticas claves. ¿Puede decirse que emulan actitudes solo masculinas? No lo creo.

El mercader de Venecia nos muestra otro caso interesante de reversión de géneros. Porcia es la amada de Bassanio, el mejor amigo de Antonio, quien será ajusticiado en riguroso cumplimiento de "la letra de la ley". Shylock, el judío usurero, exige una libra de carne en restitución del préstamo que Antonio no puede devolver. Porcia es bella, inteligente y decidida; a contrapelo de todas las disposiciones de su padre, ha elegido a Bassanio, un pobre soldado veneciano, como esposo. Se expresa con refranes y juegos de palabras que inventa ad hoc, signo de gran agudeza mental, pero también es virtuosa y justiciera. El desenlace del drama ocurre cuando, disfrazada de varón, entra en escena como Balthazar, un joven aprendiz de abogado que viene a impartir verdadera justicia. Su retórica es rica en cuestiones jurídicas ligadas al ámbito público, en desmedro del familiar (el lugar "natural" de la mujer). Si bien su alegato busca activar la misericordia, Porcia no puede ablandar el corazón de Shylock. Entonces, dobla la apuesta e invoca una antigua ley del código veneciano, que invierte la suerte del acusado y del usurero. Porcia no es clemente: Shylock lo pierde todo, y Antonio salva su vida y recupera su fortuna.

Con un golpe de timón, Shakespeare redime la historia introduciendo una mujer disfrazada (necesariamente) de varón, que ingresa en un ámbito de acción masculino: los tribunales de justicia. Su ingenio supera con creces al legista de turno y resuelve el asunto con justicia draconiana. En ambas obras el autor sintió la necesidad de revertir los roles, invocando a los dioses oscuros o mediante un disfraz. Pero los tiempos cambian. Hoy, no solo los roles son indiscernibles, sino que también las mismas categorías de lo femenino y lo masculino con sus pretendidas notas específicas están en desuso.

Las reflexiones de Aristóteles sobre "lo viril" y "lo femenino" parecen hablar nuestro propio idioma, ya que no los pone en línea con sendos géneros, sino que aluden al carácter y a la formación del carácter. Ambas categorías se aplican indistintamente a varones y mujeres, y Aristóteles no profiere un juicio moral sobre ellas, sino que las presenta como cualidades humanas. Él creía que hay cierta virilidad en la mujer, que, contrario a lo que el lector pueda suponer, no tiene que ver con el gobierno de la cosa pública sino con el de la emocionalidad: entereza, temple, sobriedad y carácter. Su vicio es la insensibilidad; ser incapaz de sentirse afectado. También encontraba cierta feminidad en el varón, visible en la capacidad de compartir la aflicción, sentir compasión y empatía; en una palabra, ser capaz de conmoverse. El vicio de este temperamento es la queja o la lamentación permanentes. La virtud, como es de esperarse, consiste en un balance. Desde este punto de vista, la frontera entre lo viril y lo femenino se evapora, pues ya no alude a características privativas de uno u otro género.

Tradicionalmente, la valentía siempre fue considerada una virtud guerrera y política. Incluso el término virtus contiene la raíz vir : virilidad. Pero ¿acaso Juana de Arco no fue un soldado? Hoy, Aristóteles pondría en línea la valentía con la actuación pública de la mujer y Shakespeare fue todo un precursor al respecto. Sus heroínas y villanas muestran que la sensibilidad y el coraje, la temeridad y la debilidad, el exceso y la prudencia, la sobriedad y la calidez, la dureza y la ternura, la carencia y la abundancia no son monopolio de un género, sino atributos de nuestra humanidad.

Profesora de Teoría Política

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