Si gana, ¿qué Alberto Fernández veremos con los medios?

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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22 de octubre de 2019  

Como Sansón, que al cortarle el pelo perdió la fuerza, el uso por demás cauteloso de su dedo índice por parte del candidato Alberto Fernández en el segundo debate, en comparación con su revoleo imparable en el primero, pareció restarle el ímpetu que supo tener en ese encuentro. En el último, se mostró más opaco, menos asertivo y muy incómodo cuando le llovieron misiles por la corrupción de la gestión de su compañera de fórmula y mentora de su candidatura, no solo del lado de Mauricio Macri, sino también de parte de los otros candidatos.

A pesar de que en los días previos Fernández les había quitado importancia a los reiterados señalamientos sobre los inquietos movimientos de su dedo -y de hecho armó una simpática foto rodeado por los miembros de su staff en la que todos enarbolaban divertidos su índice-, fue muy notable que acotó lo más que pudo esa gestualidad en la Facultad de Derecho.

Con el puño cerrado en alto, sin embargo, tuvo errores garrafales, aunque comprensibles, como cuando se sinceró y recordó que puso distancia con el anterior gobierno cuando la corrupción se hizo indisimulable. El pequeño detalle es que por salvarse él (que nunca fue llamado por un juez, aseguró, y que incluso, curiosamente, se ofreció a darle clases de ética a José Luis Espert) hundió a su jefa y candidata a vice de su espacio. No solo eso: incurrió en algo mucho peor; como destacado funcionario público -fue jefe de Gabinete de todo el gobierno de Néstor Kirchner y durante el primer año de la gestión de Cristina Fernández-, debió presentarse motu proprio ante la Justicia y denunciar esas irregularidades, si le constaban, tal como evidenció en sus múltiples y letales relatos en los diez años en que puso distancia del kirchnerismo, hasta el momento en que volvió al redil del que se había apartado, primer paso de la reunificación del peronismo, que terminó de formalizar la viuda de Kirchner al convertir a Fernández en su candidato a vicario al frente del Poder Ejecutivo, mientras ella y su hijo Máximo se reservan para sí papeles (y fueros) claves en el Congreso.

"La prensa corre peligro con Macri, no conmigo", lanzó Fernández sobre el final del debate, sin la menor autocrítica por haber fogoneado en los primeros años de este siglo el desplazamiento de Pepe Eliaschev de Radio Nacional y motorizado el escándalo por un artículo de Julio Nudler, en Página 12 , que detonó la disolución de la asociación Periodistas, en la que hasta entonces confraternizaban destacadas personalidades de la prensa de muy variadas ideologías. Comenzaba a cavarse la tristemente famosa grieta que aún padecemos y que Fernández ahora pretende dejar atrás sin reconocer haber sido uno de sus pioneros. "La guerra con el periodismo terminó", decretó. Pero sin mea culpa personal de ningún tipo.

Por supuesto que aquello no fue nada comparado con la sucesión de avasallamientos, cadenas inflamadas, juicio públicos a periodistas en la Plaza de Mayo y chicos escupiendo gigantografías de críticos del kirchnerismo que se sucedieron tras el alejamiento de Alberto Fernández del poder. Y, por cierto, no solo no tuvo nada que ver, sino que fue víctima habitual de los panfletos infamantes del programa militante 6,7,8 (nacido bajo la gestión como jefe de Gabinete de Sergio Massa, parte integrante ahora del Frente de Todos).

Pero aun así resultó hilarante el comentario de que la prensa no corre peligro con Alberto Fernández cuando ha sido tan tibio respecto de la "Conadep del periodismo", infeliz ocurrencia del cómico Dady Brieva ("¿Por qué Dady no puede pensar eso?", se preguntó con impostado candor el candidato kirchnerista). Algo que empieza a materializarse, vía el juez de Dolores Alejo Ramos Padilla, al encomendarle al premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel que audite notas de periodistas desde la Comisión Provincial por la Memoria. A pesar de los pronunciamientos de ADEPA (que reúne a 180 medios nacionales) y de Fopea (600 periodistas de distintas extracciones), Fernández prefirió avalar la tesis de que el periodista Daniel Santoro no investigó, sino que extorsionó con sus artículos y apariciones en la TV.

Que "la prensa corre peligro con Macri" también podría ser un tiro por elevación a la situación de los empresarios Cristóbal López y Fabián de Sousa, liberados hace pocos días de su prisión preventiva. Cabe destacar que sus problemas con la Justicia son por una monumental evasión impositiva y no por la hipercrítica línea editorial de C5N, que mientras estuvieron en cautiverio logró encaramarse como el canal de noticias de mayor audiencia. Es muy audaz que Alberto Fernández diga que Macri presionó a los dueños de medios cuando el kirchnerismo apretaba anunciantes, con éxito en muchos casos, para suspender publicidad.

Las pocas pulgas de Alberto Fernández han quedado grabadas a fuego en sus respuestas ríspidas, cuando no directamente groseras, que prodigó durante mucho tiempo desde Twitter a quienes osaban cuestionarlo. Resulta curioso: es un dirigente que se muestra idóneo, versado y tranquilo al exponer con gran dominio de la palabra, pero, claro, siempre y cuando nadie cerca lo contradiga. Aunque ha aclarado que no se le suelta la cadena tan fácilmente, a veces se sale de las casillas varias veces en un día, como cuando en julio pasado se agarró con Mercedes Ninci, Jonathan Viale y el periodista cordobés Héctor Emmanuele en una misma jornada. Volvió a pasar en las últimas horas cuando el cronista de Radio Mitre Rodrigo Jorge le dijo algo que resulta más que evidente: que se la ve poco a Cristina Kirchner en esta campaña. "Andá a trabajar de periodista", le respondió despectivo.

¿Cuál Fernández prevalecerá de convertirse en el próximo presidente de los argentinos? ¿El candidato amable que, incluso, acepta ser entrevistado por periodistas y medios que "no son del palo" (ítem en el que le gana por varios cuerpos a Macri) o el intemperante que reta a la prensa diciéndole: "Dejen de sembrar cosas que no existen"?

En estos cuatro años no hubo cadenas nacionales, destacados medios opositores continuaron recibiendo pauta oficial, Hebe de Bonafini siguió despotricando desde la pantalla de la TV Pública y el Presidente brindó periódicas conferencias de prensa, aun en los momentos más incómodos de su gestión. ¿Lo imitará Fernández? ¿Controlará mejor su mal talante cuando lo contradigan? ¿Cuál es el sentido último de su reciente aseveración "Cristina y yo somos lo mismo" y cuáles serán sus consecuencias sobre la vida de la república?

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