Sin gracia
Tik Tok, la red nacida en China en 2016 para compartir videos musicales, se transformó en un multitudinario canal de expresiones artísticas. Filtros de realidad aumentada, memes, audios para representar y el timimg de la vertiginosa generación centennial (un minuto como máximo) la transformaron en plataforma ideal para que cientos de jóvenes lancen al mundo su imagen única. La creación instintiva de contenido se impuso como marca de época. Atento al fenómeno, el centro comercial Yousem Westfield Mall de los Países Bajos ideó “la experiencia del Museo Tik Tok”: salas prearmadas para un mundo de fotos ilimitadas. La iniciativa fue un éxito, pero la singularidad tiktoker, su principal atractivo, devino en estandarización obligada: cientos de imágenes con los mismos lavarropas de fondo se replicaron ad infinitum. Y el juego, claro, perdió toda su gracia.










