Sin ideas no hay buen gobierno

Fernando Straface
Fernando Straface PARA LA NACION
Debatir el largo plazo puede no sumar a la táctica electoral, pero para consolidar un consenso amplio en torno a una agenda de desarrollo hace falta anticipar programas
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30 de julio de 2013  

El cierre de listas para las primarias deja una geografía política habitada por la Presidenta y los adherentes sin matices a su gobierno, consorcios de grupos, emprendedores políticos con capacidad de alterar todo el ecosistema y agentes libres con disposición para firmar en uno u otro espacio.

El principal eje de aglomeración política de cara a las PASO fue la expectativa de maximización individual y grupal en un territorio determinado. Lejos quedaron los partidos y las tradicionales líneas partidarias como espacios de consolidación ideológica y de definición de candidaturas. En las semanas previas al armado de las listas, y especialmente en las horas decisivas, todas las combinaciones parecían posibles, incluyendo en algunos casos al Gobierno o en contra del gobierno nacional, provincial o municipal, con independencia de la ubicación geopolítica.

Resultó particularmente interesante comprobar el bajo nivel de riesgo percibido por parte de muchos actores respecto de su propia elasticidad política. En esta visión, la sociedad parecería haber ampliado el umbral de tolerancia a la creatividad política durante el proceso de formación de la oferta electoral.

Al mismo tiempo, se comprueba que donde el poder se ejerce en un contexto de competitividad y la cancha no está totalmente inclinada en recursos y tecnología de control electoral hacia el Gobierno, las opciones electorales se constituyen a partir de un mosaico de sellos, personajes político electorales y actores del poder permanente que juegan a un juego más parecido al póquer que al ajedrez binario gobierno/oposición.

En la ciudad, la provincia de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y quizás también Entre Ríos, determinados individuos tienen potencial de impacto sistémico. Este fenómeno se explica por la declinación de los partidos como ancla aglutinadora, en la política moderna de candidatos exprés y en la preeminencia del objetivo electoral 2013 (ganar las elecciones, poner un diputado, defender el distrito) por sobre la prefiguración del poder y las opciones político-ideológicas para el futuro ejercicio de una opción de gobierno.

En este contexto, vale preguntarse si lo que sirve para ganar las elecciones sirve para gobernar. Es preciso, para ello, distinguir entre coalición electoral y coalición de gobierno. Es el camino que deberán desandar aquellos que quieran heredar a la Presidenta desde una opción opuesta o superadora del actual gobierno. Aunque las elecciones legislativas permiten mayor fragmentación de las opciones partidarias, se mantiene la pregunta de cara a un 2015 que, frente a la imposibilidad constitucional de reelección de la Presidenta, adelanta mayor potencial de cambio de grupo de poder que en 2007 y 2011.El desafío es ordenar un ideario, el discurso enunciado y la acción de una gran diversidad política como la que albergan algunas opciones electorales.

Una respuesta rápida -y, para algunos, tranquilizadora- podría ser que, en caso de llegar al poder, el propio ejercicio del gobierno organiza cualquier opción fragmentaria construida para llegar. Así lo hizo Néstor Kirchner desde 2003. Su primer gabinete representaba un mosaico de orígenes y trayectorias distintas, aunque en su mayor parte con origen compartido en el PJ.

Si en 2015 la opción triunfante estuviera apuntalada por una entidad de carácter más confederal, que integrara partidos, gobernadores y sectores con mayor diversidad de origen, estaríamos más cerca de un modelo de coalición de gobierno -que no es lo mismo que un gobierno de coalición-, cuyas columnas no serían partidos, sino diversos emprendedores políticos con porciones minoritarias pero relevantes del poder consolidado en la figura del nuevo presidente. Si ése fuera el caso, la Argentina podría estar a las puertas de dos rumbos posibles.

Uno sería el intento de construir una nueva etapa del clásico hiperpresidencialismo argentino, apoyado en un poder centralizado y unipersonal. Para eso haría falta renovar en 2015 un contexto expansivo del ciclo económico, una gran capacidad de construcción política y un ideario simbólico de envergadura.

Otro escenario, menos tradicional en la historia política argentina, sería una dinámica de gobierno de presidencialismo abreviado, en el cual el gabinete y el Congreso asomaran como actores con cartel relevante, además de la figura presidencial. Este modelo podría o no constituirse a partir de la dinámica clásica de gobierno de coalición. La experiencia internacional muestra que los gobiernos de coalición generalmente se construyen a partir de partidos e ideas consolidadas (históricas o expresadas en el plan de gobierno). En ninguno de los dos casos la Argentina contemporánea tiene una gran densidad.

En nuestro país, un influjo de política de consenso podría estar dado más por el tipo de intercambios entre el presidente, el Gabinete y el Congreso que por la dinámica clásica de negociaciones entre partidos. En esta línea, la figura del jefe de Gabinete espera que un escenario apropiado le devuelva el sentido con el que fue concebida en 1994.

Las opciones de un nuevo "presidente fuerte" y organizador absoluto del sistema, por un lado, y un gobierno más consensual, por otro, anidan seguramente en las mentes de aquellos que se sienten con la vocación y las condiciones para suceder a la Presidenta en 2015. En el camino al gobierno, sin embargo, hay una oportunidad para invertir en gobernabilidad futura. Es fundamental ir prefigurando el programa, las opciones de política y las prioridades con las cuales relanzar la agenda de competitividad, convertir la inversión social de los últimos años en un camino de progreso individual e intergeneracional, y recuperar un marco institucional que sea el mejor garante de horizontes largos para el propio sistema político, las empresas y las familias.

Los dos años y medio hasta las elecciones presidenciales deben servir como espacio para debatir sobre la agenda de desarrollo de la Argentina. No es una responsabilidad exclusiva de los políticos o de quienes aspiran a protagonizar el poder del Estado. Los sectores productivos, sindicales y académicos se deben una responsabilidad de discusión, propuesta y colaboración con las soluciones.

Desde una perspectiva más instrumental, debatir el largo plazo puede no sumar a la táctica electoral. Pero para consolidar una agenda de desarrollo y un consenso amplio alrededor de ella hace falta prefigurar el gobierno.

Lo mejor que le puede pasar al país es convertir las elecciones de octubre, y el camino desde ahí hasta 2015, en una dialéctica política que progresivamente vaya recuperando lo mejor de los últimos años, identificando la agenda pendiente y renovando de ideas y visión internacional el próximo período de gobierno.

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