Las palabras. Cuando aquello que debería unir se usa para dividir

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1 de agosto de 2020  • 00:00

Como todos, accedí al lenguaje sin darme cuenta. Un chico que siente el estómago vacío pasa del llanto a decir "teta" sin saber cómo. Simplemente, un día abre la boca y habla. Es paradójico que aquello que en apariencia no demanda esfuerzo sea festejado por los mayores como un logro que roza el milagro. Más allá de la inclinación natural de los padres a ver en los primeros balbuceos de su vástago un indicio de genialidad, esa alegría quizá se deba al hecho de que con ellos el hijo ingresa en la casa común de la palabra.

La conciencia de las palabras llegó años después. Un día, durante un viaje en auto, mis padres me dijeron que iba a disfrutar mucho de la lectura cuando aprendiera a leer. Acaso de aburrido, como un juego, yo trataba de descifrar los signos que veía en los carteles callejeros. Desde ese momento, sin embargo, la palabra escrita se convirtió para mí en un deseo. Todavía inaccesible, ese deseo vivía en los libros. Los abría y trataba de sacarles algún secreto, aunque pasara el dedo por encima de jeroglíficos. No creo que mis padres hayan advertido la semilla que estaban plantando con ese comentario soltado al pasar, pero aquel presagio resultó certero y los libros me acompañaron desde el día en que aprendí a unir las letras en palabras y las palabras en oraciones.

Cualquiera que haya leído a Gabriel García Márquez o a Juan Rulfo advierte que, antes que nada, la palabra es música. Resulta arduo leer algo que carezca de ritmo. La prosa es un río en el que navega la canoa de nuestra atención. Puede correr más rápido o más lento, pero cuando ese fluir es interrumpido por el choque con rocas que afloran sobre la superficie, buscamos la orilla y dejamos el viaje. La palabra entra primero por el oído. Tanto la hablada como la escrita. Y en tanto música, es en esencia sonido. Por eso su presupuesto, su condición, es el silencio.

El sentido llega después, pegado. Cuando escuchamos hablar a alguien, cuando empezamos a leer un texto, lo que buscamos es el hilo de sentido que habilita la comunicación, esa incierta correspondencia entre lo que se emite (o se quiso emitir, mejor) y lo que se recibe. Es una aventura sin garantías: las palabras, como signos que representan las cosas, como organismos vivos, cierran y abren al mismo tiempo.

"Escribir es conferir orden y trazado al caos", decía Sherwood Anderson, autor de los cuentos de Winesburg, Ohio, a quien Hemingway tuvo como maestro. En el ojo de ese caos se debaten la expresión y la comunicación, que suelen empezar en un balbuceo no muy diferente del que articulábamos en la primera infancia. La diferencia es que ahora, con ayuda de las palabras, podemos perseverar en él hasta que adquiere alguna consistencia. Y esto es así tanto en el diálogo con el otro como con nosotros mismos.

Quien escribe sabe que por lo general se encuentra lo que se quiere decir en el proceso mismo de decirlo. Aunque haya una idea previa, las palabras que desgranamos sobre el papel o la pantalla pueden llevarnos a territorios insospechados, a lugares desconocidos a los que oscuramente queríamos llegar antes de empezar escribir. Entregados a esa fuerza, subidos a ese discurrir, dejamos que la palabra nos habite y diga por nosotros aquello que, sin saberlo, llevamos dentro. "Si la palabra sabe más de nosotros que nosotros mismos es porque viene de una tradición de experiencia humana que nos supera en el tiempo y en el espacio", señala la poeta y lingüista Ivonne Bordelois.

Generosas, las palabras son capaces dar un orden al magma caótico de la realidad mientras resignan protagonismo y dejan de ser ellas mismas. Esto ocurre por ejemplo cuando la sugestión de una buena novela nos transporta sin escalas a la escena narrada, que se proyecta en nuestra imaginación en todos sus detalles, como una película. "Obtener placer de una novela es disfrutar del acto de separarse de las palabras y transformarlas en las imágenes de nuestra mente", ha escrito Orhan Pamuk.

En la poesía, la palabra busca ir más allá. Trasciende a conciencia la literalidad y arroja un destello de luz sobre aquello que no puede decirse. Es difícil saber si esa cualidad talismánica o metafórica está inscripta en las palabras o es un atributo de la realidad. Como sea, siempre late la presencia de algo más en lo que decimos o vemos. Ya se dijo: al cerrar, al denotar, la palabra abre. Aunque puede también doblar la apuesta y cerrarse sobre sí, como ocurre en la experimentación formalista o en el surrealismo. Emancipada del mundo y la significación, la palabra encuentra allí sentido en sí misma. O, como dijo Octavio Paz, en la relación que establece con sus compañeras dentro del poema.

Hoy la palabra está en jaque. En el ecosistema virtual en el que vivimos, las palabras muchas veces clausuran el diálogo en lugar de habilitarlo. Y en vez de enhebrar perfiles posibles de la realidad, estableciendo vínculos que confieren sentido, la astilla en fragmentos hasta hacerla ininteligible.

La palabra ya no parte del silencio, sino del ruido permanente de las redes y la comunicación virtual, que no saben de pausas ni de ritmos. En la Web, la palabra resigna su condición de música. Lanzada al rumor sordo de un mar saturado de discursos, acaba también convertida en ruido. O, peor, en arma de marketing personal dentro de un gran mercado donde nos consumimos unos a otros y donde todo se monetiza, incluso la natural necesidad de reconocimiento. Otra forma del ruido que ensordece.

En toda su riqueza, las palabras sirven para representar la realidad y sus innumerables matices. Si hoy están en crisis, es porque estos tiempos también han puesto en crisis la naturaleza de aquello que han de nombrar. Además de la virtualidad, en esto colaboran muchos políticos de distintas latitudes que no dudan en profanar las palabras para usarlas en su exclusivo beneficio. Así, concebidas como armas de guerra, son vaciadas de sentido y puestas al servicio de las mentiras con las cuales ocultan los hechos al tiempo que avivan odios que dividen a la sociedad. En boca de estos líderes, lo que está hecho para unir a través del diálogo es en cambio instrumento de fragmentación.

Hoy se repiten sin descanso, en la Argentina y en muchos otros países, dos términos que marcan la época y son la esmerada construcción de populistas que, al degradar la palabra, han devaluado también la vida en común: "nosotros" y "ellos". En esta simplificación binaria de la realidad basan estos políticos su poder. Por supuesto, el "nosotros" es sinónimo de todo lo bueno, mientras que el "ellos" condensa lo malo. "Ellos", los malos, son los que le han robado la felicidad al "pueblo", otra palabra vaciada de contenido. Y, en el fondo, otro instrumento del engaño: aquellos que aquí se han llenado la boca con ella en las últimas décadas hasta nuestros días se han vuelto obscenamente ricos, mientras que el pueblo al que dicen defender de los malos está cada vez más pobre. El divorcio de la palabra con la verdad se paga con la alienación.

Pero la palabra y la verdad prevalecen. El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos suele compartir en sus talleres de periodismo algunas entradas de un diccionario compilado por Javier Naranjo, un profesor que invitó a varios chicos a definir ciertas palabras. Van algunos ejemplos: Cielo: "Donde sale el día" (Arnulfo Arango, 8 años); Distancia: "Es cuando uno está lejos y el otro está cerquita" (John Alexander Ríos, 10 años); Iglesia: "Donde uno va a perdonar a Dios" (Natalia Bueno, 5 años); Niño: "Tiene huesos, tiene ojos, tiene nariz, tiene boca, camina y come y no toma ron y se acuesta más temprano" (Ana María Jiménez, 6 años); Sexo: "Es una persona que se besa encima de la otra" (Luisa Fernanda Potes, 8 años); Sol: "El que seca la ropa" (Diego Alejandro Giraldo, 8 años); Soledad: "Tristeza que le da a uno a veces" (Iván Darío López, 10 años); Tiempo: "Algo que pasa para recordar" (Jorge Armando, 8 años). No encuentro mejor prueba que esta de la vitalidad y la creatividad de las palabras, las comunes, las de todos, que siempre renacen.

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