Sobre el síndrome anárquico-autoritario

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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31 de diciembre de 2005  

El diccionario define síndrome como "el conjunto de síntomas característicos de una enfermedad". Cada uno de estos síntomas no nos dice nada por sí mismo hasta que se une con otros en un conjunto que anuncia, él sí, la enfermedad. Se habla así del "síndrome maníaco-depresivo", que afecta a quienes pasan súbitamente de un estado de "manía" o hiperactividad a otro de depresión, y viceversa, atravesando un "serrucho" de picos y abismos emocionales que les impide instalarse en la llanura de la serenidad. Por desplazarse bruscamente entre dos polos psicológicos antagónicos, también se dice que los afectados por el síndrome maníaco-depresivo exhiben una personalidad "bipolar".

El síndrome de la personalidad bipolar afecta tanto a los individuos como a las naciones, que también pueden pasar de etapas "depresivas" de poder ausente a etapas "maníacas" de poder desorbitado, y viceversa, sin hallar el equilibrio inapreciable de la estabilidad.

Cuando la bipolaridad se traslada de los individuos a las naciones, recibe un nombre propio de la ciencia política: el síndrome anárquico-autoritario.

Kirchner-De la Rúa

La burla contra el ex presidente De la Rúa que el presidente Kirchner compartió en la Casa Rosada con dos humoristas de la televisión fue juzgada como un patético ejemplo de falta de respeto. Más allá de este sarcasmo condenable por lesionar la investidura presidencial que representaban tanto el ex presidente como el actual, convertido para el caso en uno de sus "bromistas", es posible ver en De la Rúa y en Kirchner dos símbolos vivientes del síndrome anárquico-autoritario que ha caracterizado a la Argentina durante buena parte de su historia.

En el principio fue el exceso de poder. Mientras la Argentina fue una de las colonias americanas del imperio español, el poder de los Habsburgo primero y de los Borbones después fue absoluto. En 1810, la Revolución de Mayo pretendió reemplazarlo por un sistema que diera cabida a sus aspiraciones democráticas. Lo que siguió al exceso de poder de la corona española no fue, sin embargo, la estabilidad de un régimen republicano sino la anarquía, el lado anárquico del síndrome anárquico-autoritario, que duró hasta que la autocracia volvió a hacerse presente en 1829 con la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Conocimos entonces otra vez, ya sin españoles, el lado autoritario del síndrome anárquico-autoritario.

Después llegó, a partir de la Constitución de 1853, el ansiado equilibrio. Durante casi ochenta años la Argentina experimentó las bondades de un régimen republicano. Cada seis años, los presidentes constitucionales se sucedieron puntualmente. No fue casual que el largo período de 1853 a 1930, políticamente estable, coincidiera con un proceso de desarrollo económico tan intenso que pocas naciones de la Tierra lo han igualado. La Argentina, aparentemente, había encontrado su alma. Había dejado de ser bipolar.

Como en el juego de la oca, empero, en 1930 volvimos al casillero inicial. El exceso de poder seguido por la anemia de poder, y viceversa, volvieron a nosotros. A "hombres fuertes" como Justo, Perón, Onganía y los integrantes de las juntas militares les sucedieron entonces presidentes débiles que nos reenviaron al lado anárquico de nuestro síndrome, como Castillo, Frondizi, Illia y Cámpora, todos ellos derrocados. La inestabilidad política de los comienzos de nuestra vida independiente regresó, trayendo consigo, como era previsible, un largo estancamiento económico en virtud del cual la Argentina, que en las primeras décadas del siglo XX figuraba entre las diez naciones más ricas de la Tierra, pasó a engrosar el nutrido lote de las naciones subdesarrolladas.

La espera

En 1983, volvió al fin la democracia. La esperanza de una Argentina políticamente estable y económicamente desarrollada volvió a nosotros detrás de un presidente que cerraba sus discursos de campaña recitando el Preámbulo de la Constitución de 1853.

Pero el síndrome anárquico-autoritario probó ser, como los yuyos del campo, resistente a la erradicación. Alfonsín, el primer presidente de la restauración democrática, no pudo completar su mandato en medio de la anarquía de los saqueos. Lo sucedió Menem, quien gobernó por diez años sin devolvernos por ello la ansiada estabilidad porque cayó en la tentación del reeleccionismo personalista. A él lo seguiría De la Rúa, no sólo un presidente objetivamente débil porque ni siquiera comandaba a su minoritario partido radical, sino también subjetivamente débil por falta de carácter. Después de Duhalde, un presidente ni siquiera elegido por el pueblo que cumplió con su limitado papel de piloto de tormenta, vino Kirchner, cuyos dichos y actitudes lo presentan como alguien que cree que la única manera de mandar es concentrar la suma del poder.

Por eso, tanto De la Rúa como Kirchner encarnan la versión más reciente de nuestro síndrome anárquico-autoritario.

¿No bastarán doscientos años de vida independiente para demostrarnos que esta oscilación, este "serrucho" recurrente entre la falta y el exceso de poder no es el camino? Sin embargo, hubo un gran pensador que no sólo describió con lucidez nuestro mal, sino que atinó a remediarlo.

Cuando Juan Bautista Alberdi escribió las Bases, que servirían de inspiración a los constituyentes de 1853, diseñó esa fórmula mixta de poder que no habíamos tenido antes de él y que terminamos por perder después de él: una presidencia "fuerte" y, al mismo tiempo, moderada. Una institución que recogiera la necesidad de una severa disciplina en la cumbre del poder en línea con nuestro propio pasado virreinal y que incluyera pese a ello la moderación de ese poder por parte de los "contrapoderes" de una república equilibrada: el Congreso, el Poder Judicial, el periodismo independiente, los grupos intermedios, las autonomías provinciales.

De 1853 a 1930, la Argentina fue un país alberdiano. Después de 1930, dejó de serlo. Y aun cuando en 1983 procuró la restauración democrática, el virus del síndrome anárquico-autoritario había penetrado a tal punto en sus entrañas que aún no hemos conseguido eliminarlo.

Pese a ello, la fórmula alberdiana del éxito nos sigue esperando. Ella excluye al mismo tiempo a los presidentes débiles como De la Rúa y a los presidentes autoritarios como Kirchner. Entre la anarquía que aquél simbolizó y la autocracia a la que éste aspira, hay un camino intermedio. En esta misma semana de la broma cruel, la oposición decidió retratarse en una foto histórica bajo una bandera que no es de derecha ni de izquierda sino, simplemente, republicana. Mientras no volvamos al paisaje sereno de una llanura sin prepotencia ni pusilanimidad, no volverá a nosotros esa intuición genial de la presidencia fuerte y respetuosa que nos legó el gran tucumano. Mientras vivamos al margen de ella, seguiremos habitando un país azotado por los vientos cruzados de la anarquía y el despotismo. Este artículo se cierra en todo caso detrás de una esperanza: que, gracias a tantas contrariedades, en las capas más profundas del alma argentina se esté desarrollando un silencioso proceso de aprendizaje que nos despertará en una mañana quizá no tan lejana, como en 1853, con la noticia de un florecimiento inesperado.

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