
Sobre los vicios del jefe
Hay algo mucho peor que un jefe iracundo, cascarrabias consuetudinario, agrio de carácter, quizás hincha de Racing. Un jefe bobo, incapaz, necio o torpe de entendederas es mucho peor, mucho más grave y dañino, ya que pone en riesgo de fracaso tal o cual gestión laboral. Un jefe cascarrabias e hincha de Racing (e incluso de Huracán) quizá sea un buen piloto de tormentas, tal vez reúna experiencia, conocimiento y capacidad, las virtudes que el cargo exige. Quizás, en una de esas, hasta puede ser que tenga talento creativo y que atine a encontrar atajos para sortear problemas sin faltar a la honradez y sin perjudicar más que a la competencia. Aunque un poco bestiún y medio troglodita, un jefe de esa calaña es preferible a un jefe insulso, mediocre o pusilánime, tan a menudo encantado de exhibirse, cual felpudo, servil y acomodaticio. Se sabe: un jefe es servil y acomodaticio cuando tiene conciencia de su inutilidad, cuando se reconoce flaco de inteligencia, desidioso, bobo de entendederas.
Todo lo que hasta aquí queda dicho respecto de ciertos jefes, vale también para ciertos maridos. Por lo tanto, no comete imprudencia la señora que reemplaza la palabra "jefe" por la palabra "marido", con la siguiente salvedad: tal hipotética señora debe saber que no pocas esposas merecen una parecida catarata de denuestos, que el autor de este exordio ha de reservarse para otro día. Es que... ¿sabe, señora? Abunda la clase de esposa que tiene vocación de cónyuge subalterna, asumida como vulgar apéndice de una telenovela y creída de que nada resulta tan femenino como el cultivo de vanas apariencias.
En fin, lo que hasta aquí queda dicho respecto de algunos jefes y de algunos maridos podría resultar extensivo a no pocos refulgentes funcionarios del Gobierno (y a quienes también lo son virtualmente, en tanto cónyuges), a unos cuantos jeques sindicales, a tanto vocinglero auspiciante del piqueterismo profesional y urbano y, por supuesto, a gran cantidad de incipientes bonetes de la partidocracia nativa. Como en ese asunto de los vasos comunicantes, la necedad, la torpeza, un desempeño francamente insulso del papel asignado y derrapes en el crudo servilismo resultan gajes de evidente incapacidad para llevar a buen puerto determinada gestión pública. Uno supone que el ejercicio de la función pública debe redundar en beneficio social y que, necesariamente, ha de servir para el sistema democrático funcione un poco mejor.
Un jefe chinchudo tiene la obligación de ser un tipo intelectualmente sólido, capaz de digerir rabietas y de suscribirse a la sobriedad y al sensato entender. Porque si es chinchudo y encima bobo, ¡eso sí que es del todo insoportable!





