Solamente yo, nadie más que yo
Por Orlando Barone
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"YO: la máxima palabra del siglo veinte. Si existe una sola palabra que nuestro siglo haya sumado a la potencia del lenguaje, esa palabra es yo", dice Norman Mailer al comienzo de su relato El rey de la colina, referido a Cassius Clay. Mailer es un yoísta vocacional y entusiasta, y quienes lo han leído en Los desnudos y los muertos pueden justificarlo. El narcisismo, en síntesis, es una disposición psíquica de quien focaliza su psiquismo exclusivamente sobre su ego. Un ejemplo de género insignificante es el de las vedettes . Moria Casán es su paradigma. También lo son los famosos que cuando hablan de sí mismos lo hacen en tercera persona.
El yo que en el gran arte suele ser un motor creativo que permite tolerar por catarsis estética la cercanía física del artista que lo incuba, se hace obsceno en otro tipo de individuos. Sobre todo en los líderes políticos, donde además se torna peligroso.
Modestamente, Mussolini empleaba en sus discursos más el yo que el vosotros. El 7 de junio de 1924, en respuesta al discurso de la corona, se dirigía al pueblo italiano: "Yo, que no me siento de ningún modo infalible; yo, que soy hombre como vosotros, yo mismo digo, hoy como veinte años atrás..."
Aviesos críticos contaron centenares de "yo" en las arengas del Duce. Obsérvese en la cita anterior que se permitía reconocer que era un hombre como todos y que no era infalible. Dios debe agradecérselo. En no pocos discursos políticos argentinos de todas las épocas se advierte el contagio en émulos menores o mayores.
Para gran parte de los ciudadanos argentinos el aviso de la televisión que tiene como protagonista al presidente de la Nación es incompleto. A la frase: "Menem no lo hizo todo", muchos damnificados le hubieran agregado: "Por suerte".
La profusa enumeración de logros que se autoadjudica, y a los que el filoso humorista Nik le aporta la invención del dulce de leche y del alfiler de gancho, adolece de dos ausencias: el polideportivo de la quinta de Olivos y la mezquita de Palermo. Omisiones que por su tamaño resultan inexplicables.
Aunque también están ausentes otras cosas cuyo tinte dramático es mejor no zarandear por razones piadosas. En la versión fílmica, y sin duda debido al género ficcional del mensaje, falta su más importante logro: el de la desocupación, a la que no pudo pulverizar ni aniquilar. Pero que logró mantener e intensificar con eficacia. Según la proclama audiovisual, lo que se hizo fue mucho. El problema es el resultado: los males superan a los dones. El paisaje argentino actual, si se saca la decoración tecnológica, muestra un alma estrujada.
Es injusto que sea la sociedad la que cargue en sus cuentas con el costo de la propaganda que sobre sí mismo hace un gobernante que, impaciente, se apura a autoalabarse. Desconfía de la historia: teme ser ubicado de acuerdo con su importancia exacta.
El "yo", pronombre de la primera persona que permite al sujeto tomar conciencia de sí, puede engordar, embriagarse, volverse loco. En la doctrina del Yo absoluto (Wissenschaftslehre, 1794), del filósofo Fichte, basándose en Kant, "el yo es infinito e ilimitado. Pone todo lo que es y lo que no es para él; pero fuera de él no existe nada".
Es curioso, pero la amenaza de que en la Rural podría recibir una silbatina superior aun a la de su antecesor, desajustó el yo del Presidente mucho más que el estar recibiendo la actual rechifla, individual y silenciosa, de la mayoría de la sociedad. En la Rural podrían ser sólo unas veinte mil personas. Pero por temor a las silbatinas el Presidente nunca pudo ir a ver un clásico de fútbol, caja de resonancia espontánea y popular de hinchas que no le piden nada -ni créditos, ni cancelación de deudas, ni subsidios-, sólo que no vaya.
Ir o no ir, ése es el dilema en que se debate actualmente el Presidente respecto de ocupar un lugar en el palco de lanzamiento de la fórmula del peronismo. A su vez, el candidato a presidente del PJ se debate en el dilema hamletiano de que, sin Menem, él no sabe si es o no es, y si lo acompaña en el palco, tampoco. Personalmente -hago uso de mi ego- nunca entendí cómo sabe un peronista si es o no es. Es verdaderamente un enigma.
Por suerte, los ciudadanos no dejan de ser ciudadanos con o sin Menem; con o sin futuros presidentes. Aunque todavía hay súbditos que son a la política como los cholulos son al espectáculo: seres cautivos, sin posibilidad de crítica. Atados al yo de los otros.
El yo excesivo del elegido para gobernar es un anacronismo proveniente de antiguos hábitos totalitarios o caudillescos. En el antiguo Poema de mío Cid se lee: "Dios, qué buen vasallo, si hubiese buen señor". Hay veces en que la sociedad debe tener piedad por sí misma.
Cuando ya había muerto Stendhal, se publica en 1892 su libro Souvenirs d´egotisme . Entonces empieza a difundirse esa palabra -egotismo-, que significa la excesiva importancia concedida a uno mismo y a los hechos de la propia vida. Los reality-shows de la TV suelen mostrar caricaturescos modelos minimalistas de esta patología. Nadie desea que un presidente querido y odiado cometa el desatino de ensimismarse. Mejor sería para él que el cedazo del tiempo le reserve una molécula de gloria.
Casualmente, en estos días acaba de salir a través de Juárez Editor una nueva versión de Hojas de hierba . En el prólogo de su traducción, Borges dice que su autor, el poeta Whitman, necesitó construir un héroe innumerable y ubicuo y que así "elaboró una extraña criatura que no hemos acabado de entender y le dio el nombre de Walt Whitman". Ningún político debe ilusionarse en poder crear alguna vez una criatura como ésa partiendo de sí mismo. Con suerte, y si no abusan de su ego ni deforman su papel, serán apenas un promedio. El de la sociedad que representan.






