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ANÁLISISJORGE FERNÁNDEZ DÍAZ

Solo los hechos vencerán esta desconfianza

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Javier Milei
Javier MileiAlfredo Sábat
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No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte. Nietzsche explicaba de ese modo algo que, años después, el filósofo norteamericano Eric Hoffer -estudioso de los movimientos de masas-, retomaba y proseguía: “La desilusión es una especie de quiebra. La quiebra de un alma que gasta demasiado en esperanza y expectativas”. Encadenados, estos dos aforismos pueden utilizarse para la vida amorosa, el arte narrativo y la fe política. El momento más temido de un escritor es ese punto donde la suspensión de la incredulidad se pierde, y su lector despierta y ya no puede tragarse el cuento: el libro resbala entonces de sus manos. Al relato de cualquier gobierno lo acecha el mismo peligro: volverse inverosímil a fuerza de pronósticos errados, camelos evidentes, promesas vanas y resultados decepcionantes. La administración libertaria merodea la quiebra de la credibilidad y el precipicio del desengaño. Porque el principal juego que entabló en estos dos años y medio consistió en hacerle sentir a la sociedad que el dolor y el esfuerzo valdrían la pena luego de haberle jurado en campaña que los ciudadanos de a pie no pagarían el ajuste. Una mayoría considerable le perdonó ese gran bulo y apretó los dientes: vadeado el río, sobrevendrían la recuperación y la prosperidad. Pedo de buzo, dólares por las orejas, brotes verdes, consumo volando, paseo por el parque: la recompensa después del sacrificio.

Como el paraíso prometido se demoraba, se metieron en deudas gravosas para subsistir, mientras el Presidente se reía de los sondeos, encerrado en su burbuja mediática: “Si la gente no llegara a fin de mes, habría muertos en las calles”. Muchísimos argentinos contrajeron deuda para no morir y para aguantarlo al estadista; creyeron que estaban comprando un puente, y hoy hay cerca de seis millones de morosos por los errores de cálculo y las plegarias desatendidas. Y porque el programa falla en algo esencial: la bonanza tarda más en llegar a la calle que Ulises a Ítaca.

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El programa falla en algo esencial: la bonanza tarda más en llegar a la calle que Ulises a Ítaca

Con la empatía que lo caracteriza y con esa propensión a desconfiar siempre de los débiles, el responsable de esta triste historia emuló a Pilatos, y les mandó decir a los sufrientes que no movería un dedo por ellos -sugirió que habían sido irresponsables al pedir crédito- y que ese fenómeno era, en todo caso, “un problema entre privados”. También dio a entender que su brillante tarea general estaba prácticamente terminada, y que el empobrecimiento de esas clases medias no era su responsabilidad: las abandonó así a la mano invisible del mercado. Es decir, a la buena de Dios. A eso añadió, por supuesto, múltiples profecías acerca de que para estas mismas fechas la inflación ya habría colapsado y estaría en cero. Sus frases asertivas, dichas hace unos meses con énfasis de pastor electrónico, inundaron estos días las redes y dan vergüenza ajena: la inflación registró en julio un 2,1 por ciento, la inversión productiva va en descenso (“estoy preocupado”, declaró ayer Fausto Spotorno), los salarios pierden contra la carestía y el plan se muerde la cola: la pobreza del consumo popular redunda en una baja actividad y en una consecuente caída de la recaudación, con lo que el equilibrio fiscal sigue dependiendo de futuras y crueles motosierras y de “contabilidad creativa”, como congelar las partidas viales y desatender el mantenimiento de las rutas. Algo así como cortarse una pierna para acusar buen peso en la balanza. Todos estos episodios liman el capital simbólico del jefe de Estado, puesto que este había logrado convencer al pueblo argentino -incluso a muchos de los que se oponían- de que era un “experto en crecimiento con y sin dinero” y tenía conocimientos tan sofisticados en la materia que podía darse el lujo de despreciar en público a sus más encumbrados colegas (mandriles, econochantas y tarados) y hasta postularse al Premio Nobel. Esa supuesta infalibilidad hoy hace agua a la vista, por lo menos, de una mayoría social: una cantidad abrumadora de ciudadanos desaprueba el desempeño del Gobierno y piensa que no puede ni quiere modificar nada. Ha perdido la paciencia y la ilusión. Uno se imagina al general anarcocapitalista -encerrado y a solas en la residencia de Olivos- revisando los libros de la escuela austríaca y preguntándoles imaginariamente a Hayek, Von Mises y Rothbard por qué diablos esto no arranca y, sobre todo, por qué el mercado duda de sus genialidades: el riesgo país no baja porque los sacrosantos mercados no le creen a la Argentina del outsider. En este punto vale la pena recordar la responsabilidad de las grandes élites y corporaciones internacionales que le celebraron “el mayor ajuste de la historia de la humanidad” y que desoyeron los reparos provenientes de grandes técnicos en macroeconomía, casi todos liberales y con pergaminos: ahora en lugar de bancar los trapos se preocupan por las víctimas de la receta que ellos mismos convalidaron. Y no lo hacen por súbita misericordia, sino porque los perjudicados votan: la “fórmula mágica” -mirá vos- puede hacerle perder al libertario las elecciones. Gran hipocresía y persistencia en el error y en la estupidez de apostadores y analistas que ven el espectáculo desde lejos y a salvo de todo, como si jugaran al TEG con nuestras vidas. ¿Qué puede prometer Milei, para ganar y calmar a los gamers de Wall Street, después de toda esta “cascada” de incumplimientos? Luchar contra la casta ya no es un activo ni un argumento sólido puesto que el caso Adorni -máxima evidencia de que los nuevos e impolutos se aprovechan de sus poltronas- perforó también su autoridad moral. Y no lo hizo por los presuntos “consumos postergados” de su exjefe de Gabinete, sino por la actitud negadora y cómplice que tuvo el Topo para defender lo indefendible: la opinión pública lo vio entonces desnudo, y los relevamientos muestran el daño considerable que ese hito representó para su imagen.

Una cantidad abrumadora de ciudadanos desaprueba el desempeño del Gobierno y piensa que no puede ni quiere modificar nada

A esta antología de las desilusiones se suman otros disparos que el mismo Gobierno se gatilló solito y solo, sin la menor ayuda de la prensa crítica ni de la oposición. Su opción, en cada encrucijada, por los fuertes y poderosos, el miedo al vapuleo que sin embargo infundió y cargan en secreto muchos empresarios locales, las reformas explosivas y al tun tun, la devastación de la ciencia, su desdén por la universidad y la cultura, y su ánimo de enfrentamiento soez y sistemático -al principio causaba gracia, hoy provoca rechazo-, convirtieron a los odiadores en seres odiosos. Ocurre con el uso y abuso del lanzallamas: cuando cambia el viento el fuego puede prenderte la ropa, y darte un serio disgusto. Los libertarios, que tienen un particular talento para hacerse odiar, cultivaron el bullying y están cosechando la siembra. Por suerte sus candentes desgracias están a catorce meses de una elección, el humor social argentino ha demostrado ser voluble, la crisis no alcanzó a su núcleo duro, los contendientes más nítidos parecen salidos de una película de Ed Wood y Milei cuenta todavía con la oportunidad de demostrar que no tiene el boleto picado y que puede ofrecer algo más que el clásico contraste con lo peor. Esta ventana de tiempo pondrá también en jaque su rigidez ideológica. El poeta William Blake decía: “El hombre que nunca cambia de opinión es como agua estancada: cría reptiles en la mente”. Y Unamuno nos enseña que es más fácil creer que pensar. Pero más allá de todo eso, la pregunta sigue siendo la misma: ¿qué promesa puede hacer que ya no haya incumplido? Solo los hechos vencen la desconfianza.

Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.