
Soñar sabiendo que se sueña
Comienza un nuevo año y se renuevan los sueños. En un aforismo de La Gaya Ciencia, Nietzsche tiene una expresión muy interesante: "Seguir soñando, sabiendo que se sueña". ¿Cómo habría que comprenderla y cuáles son algunas de sus implicancias? Por de pronto, no se emparenta con otras bellas alusiones hechas al sueño. No es Chuang-Tsé que no sabe si al despertar ha soñado con una mariposa, o si es la mariposa soñando con Chuang-Tsé. Tampoco es Calderón de la Barca con su nada improbable sensación de que la vida es sueño. Ni es el texto de Pessoa que alude a la posibilidad de ser el sueño que alguien de otro mundo está teniendo. En la expresión de Nietzsche se trata de un tipo de sueño que advierte la materia de la que está hecho, de un sueño que tiene conciencia de sí. La línea recuerda, más lejanamente, la comprobación de Sócrates de sólo saber que no se sabe nada. Pero así como la línea de Sócrates no implica ignorancia, la de Nietzsche no es un sentimiento meramente bucólico. Está en el reverso de la indiferencia y, en particular, en el reverso del dogmatismo.
La frase alude a la necesidad de hacer lo que uno hace en la vida sin perder jamás la noción de la propia levedad. Señala la contingencia y limitación de las herramientas conceptuales con que nos acercamos al mundo. Contingencia y limitación que no son un problema, salvo justamente cuando se ignoran. La frase tiene una sabiduría que puede ser aplicada a ámbitos diversos y para tomar sólo como ejemplo la política, implica no anular las creencias, pero darles simultáneamente un necesario recuerdo de falibilidad. Las convicciones extremas, aquellas que no se atreven a mirarse en el espejo, por temor a que en el fondo no haya nada del otro lado, son peligrosas para la política tanto como para la vida. De hecho, hace años que vivimos aturdidos por gente que expresa certezas inquebrantables, que alza la voz para darnos lecciones y recordarnos que la historia comienza con ellos, y que han sido llamados a reparar la suma de los errores ajenos.
Hay que construir un sueño común en 2010, pero estamos fatigados de los que siempre saben cómo son las cosas. Lo que necesitamos es gente que, sin renunciar a lo que cree, sepa incorporar los reflejos y matices del pensamiento ajeno en lo propio, gente que sepa por instantes suspender la inexorable aceleración hacia la estupidez que afecta a los que desconocen que no son portadores de la verdad. A los que no necesitan de nadie y blanden una ideología que, como los clones, se reproduce a sí misma de manera asexuada, sin necesidad de la intervención de otro. Porque la política en una comunidad comienza, precisamente, cuando se comprende que necesitamos del otro. Comienza aceptando la contingencia de lo que uno propone y la limitación puntual a la que está expuesta nuestra visión en el afán de construir algo colectivo. Soñar sabiendo que se sueña es, paradójicamente, la mejor manera de no perder contacto con la realidad. Peligro que muchas veces acecha en la Argentina.
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