
Stalin y Trorski: una pulseada desigual
Hace setenta y cinco años Stalin logró desterrar de la URSS a uno de los principales líderes de la Revolución de 1917, crítico implacable del poder absoluto que el jefe del Kremlin acumulaba en sus manos. Historia de un duelo que acabó en México
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Comienzos de los años 30. Satanás, que responde al nombre de Voland, desciende junto a su cohorte hasta Moscú, donde realizará su baile anual. No es una fabulación periodística. Es el argumento de El maestro y Margarita, una de las más brillantes novelas del siglo XX, gran carcajada que se burla, con amargura y fantasía barroca, de una sociedad anquilosada, adormecida por la evolución burocrática de la revolución de 1917. El período de ejecución de la obra maestra de Mikhail Bulgákov es significativo: se extendió desde 1929 hasta 1940. Coincide con la década en que Stalin consolidó con purgas masivas y guante de hierro su poder como líder soviético, pero también, casi día a día, con la partida al exilio del mayor contendiente de Stalin, León Trotski (el 10 de febrero 1929), y con su asesinato, en México (el 20 de agosto de 1940). Bulgákov no era trotskista (su partido, si tenía alguno, era el de los satiristas), pero el secreto exilio interno del artista y el público destierro del revolucionario son dos caras enfrentadas de la pertinaz persecución estalinista. El primero morirá en 1940 de esclerosis, prohibido, y su novela no verá la luz hasta 1966. El segundo deambulará de país en país, escribirá libros sin lugar para el humor y, dentro de la URSS, será vilipendiado hasta el punto de perder su sitio en las fotos donde aparecía junto a Lenin.
Leiba Davidovich Bronstein, que tomó su nombre de guerra, Trotski, de uno de los carceleros que tuvo en Siberia durante el régimen zarista, era un hombre de acción con una sólida formación intelectual: nacido en 1877, proveniente de una familia de terratenientes de origen judío, fue uno de los principales líderes bolcheviques en la revolución de 1917 y tuvo un papel central en la súbita toma del poder. Fundó y organizó el Ejército Rojo y ocupó el puesto de primer Comisario de Relaciones Exteriores (es decir, canciller) del flamante Estado conducido por Lenin. Como tal, había sido el firmante de la controvertida paz de Brest-Litskov por la cual Rusia se retiró de la Primera Guerra Mundial. Brillante orador, había comenzado a trabajar con Lenin ya en Londres, a principios de siglo. Las disputas y diferencias teóricas y prácticas eran frecuentes antre ambos, aunque Trotski nunca receló del liderazgo de su jefe. A pesar de su carácter intempestivo, sus pergaminos eran muchos. Muchos más que los del georgiano Josef Zhugasvili (Stalin), cuya mayor actividad se había desarrollado en el apartado Cáucaso y que, durante los primeros episodios de la revolución, había ocupado lugares subsidiarios. También su carácter los distinguía: Trotski era fogoso, extrovertido, arrogante; Stalin, introvertido, calculador, sin mayor carisma.
La partida obligada de Trotski, a poco más de una década de "los diez días que conmovieron al mundo" (así bautizó la revolución el norteamericano John Reed) suele ser visto como un punto de clivaje en la construcción de poder que Stalin terminaría llevando a límites inauditos. Pero, ¿es de verdad así? Muchos especialistas consideran hoy que para aquel entonces Trotski ya no representaba en realidad ninguna amenaza al poder real de Stalin. "Trotski --escribe Walter Laqueur en Stalin. La estrategia del terror-- carecía de la paciencia y el instinto político necesarios para organizar una base de poder; se enredaba en discusiones ideológicas que parecían más propias de un literato prerrevolucionario que de un estadista que actuaba después de la revolución."
"El demonio de la revolución"
La inapelable derrota no le evitaría a Trotski que más tarde, ya exiliado, se le aplicara el mote de "demonio de la revolución" ni que se lo acusara de tramar complots bizantinos cada vez que surgía un problema interno en la URSS. El ensañamiento posterior a su destierro tal vez pueda explicarse por su condición de víctima propiciatoria simbólica. Mientras acusaba a su supuesta bestia negra con los epítetos más letales, Stalin, ya dueño absoluto del partido, aprovechaba para continuar limpiando el patio trasero de toda oposición. Su tarea fue, en esos términos, efectiva: todavía durante la glasnot, el nombre Trotski era pronunciado en la URSS de Gorbachov como un insulto mucho mayor que el de Stalin.
El destierro de Trotski es la crónica de una derrota preanunciada por errores estratégicos del propio implicado, por algunas astucias (Trotski estuvo ausente del funeral de Lenin en 1925 porque, dice la leyenda, Stalin le informó mal la fecha) y por las propias tensiones contrapuestas que cobraban forma en un Estado todavía precario.
En los primeros años de la revolución, que sufrió un bienio de guerra civil, no eran infrecuentes los cambios de dirección. Lo que se defendía hoy pocas semanas después debía reverse. En un comienzo, Trotski fue el líder que se inclinaba por soluciones radicales. Sostenía, por ejemplo, que los sindicatos debían ser convertidos en parte de la fuerza política y que se debían tomar medidas para una rápida industrialización. En ambos casos, Lenin estuvo en completo desacuerdo y sus opiniones prevalecieron.
Stalin --acaso porque en esas circunstancias, con el poder en manos del Politburó, los bolcheviques necesitaban a alguien con simple capacidad organizativa-- había sido nombrado Secretario General del Partido el 3 de abril de 1922. Nadie consideraba por aquel entonces que este hombre sumiso a las directivas tuviera ambiciones personales. Sin embargo, la parálisis apoplética que comenzó a afectar a Lenin lo dejaría en una posición estratégica inmejorable. Cuando el líder soviético murió en enero de 1924 ya hacía meses que la guardia del Politburó (además de Stalin, Trotski, Kaménev Bukharin, y luego Zinóviev y el sindicalista Tomski) se mostraba confundida por la pérdida inminente. El candidato natural para la sucesión, por capacidad e influencia, era Trotski. Sin embargo Stalin, ya antes del fallecimiento de Lenin, había trabajado para restarle influencia al formar un triunvirato con Kaménev y Zinóviev. De nada valió que en su famoso testamento de 1922 --que no sería dado a conocer hasta los tiempos de la Perestroika--, Lenin hubiera recomendado sustituir a Stalin, del que había comenzado a desconfiar.
Tras la muerte del líder, los bolcheviques se vieron enfrentados a un viejo dilema: ¿debía llevarse adelante el internacionalismo revolucionario, que confiaba en que a corto plazo se producirían revoluciones análogas a la soviética en el resto de los países capitalistas? ¿O debían concentrarse en "la democracia soviética"? Ante la encrucijada, la todavía vigente libertad interna del partido, en esos meses de crisis, comenzó a flaquear de manera notable. Como todos sus camaradas, Stalin había sostenido en los comienzos que la revolución rusa no podía ser autosuficiente, que su porvenir dependía de una revolución mundial. Con más poder, sin embargo, el georgiano --el único de los líderes que carecía del cosmopolitismo de los revolucionarios curtidos en el exilio-- se fue inclinando hacia la actitud contraria. Mientras Trotski todavía abogaba por una "revolución permanente", que se salteara etapas, Stalin comenzaba a acuñar su idea de "socialismo en un solo país" .
El jacobinismo y la ambición de Trotski despertaban algunos resquemores. Así, para oponérsele, Kaménev y Zinóviev terminaron otorgándole mayor poder a Stalin. No hubo que esperar mucho, apenas un año después del adiós a Lenin, para que Stalin comenzara a mover fichas, obligara a Trotski a renunciar al Comisariado de Guerra y disolviera el triunvirato. Se apoyó entonces, dentro del Politburó, en Bukharin, Ríkov y Tomski, el ala derecha de la revolución. Kaménev y Zinóviev, impulsores de Stalin, defraudados, pasaron al ala izquierda y se aliaron a Trotski.
Estos reagrupamientos confusos --que Stalin sabría explotar hasta sus últimas consecuencias-- produjeron una escisión decisiva. Había dos bandos, con programas y declaraciones exactamente contrapuestos. Al punto que --según sostiene Issac Deutscher, biógrafo de Stalin y Trotski--, desencadenado el proceso, el propio Lenin "se habría visto obligado a hacer lo que hizo Trotski o lo que hizo Stalin". Vale decir, intentar volver atrás y recuperar ciertas formas de la "democracia proletaria" o derivar hacia la autocracia y la dictadura personal.
El núcleo de la disputa en esos días era la Nueva Política Económica, que había impuesto Lenin. La competencia entre la gran industria (en manos estatales) y la pequeña industria, el comercio y la agricultura (en manos de la iniciativa privada) comenzó rápidamente a volverse conflictiva. El riesgo de desabastecimiento era palpable. Con Bukharin a la cabeza, la derecha respaldaba un lento avance, que implicaba concesiones importantes en favor de los propietarios, postura que salió victoriosa. Trotski y los suyos denunciaron que el ceder ante los campesinos conllevaba fuertes riesgos de restauración del capitalismo. Tras estas discusiones --y el éxito momentáneo de la medida-- los representantes del ala izquierda ya no tuvieron puestos de responsabilidad en el gobierno.
A partir de entonces, Trotski, que había sido expulsado del Politburó, atacó la política exterior soviética, al punto de asegurar que en caso de guerra haría todo lo posible por hacer caer al gobierno. Poco después, al cumplirse el décimo aniversario de la revolución, él y Zinóviev realizaron manifestaciones separadas en Moscú y Leningrado. Fue, para Stalin, suficiente. La inmediata expulsión de ambos del partido tuvo dos caras: Zinóviev renegó de su acto y fue reincorporado; Trotski se negó y fue deportado a Alma Ata.
Puesto fuera de combate el viejo bolchevique --mediante un método, el destierro interno, al que habían sido afectos los zares--, Stalin continuó deshaciéndose de aquellos que se negaban a las medidas de emergencia. Le torció el brazo a su aliada, la derecha de Bukharin, y emprendió una violenta campaña contra los Kulaki, los campesinos ricos. Fueron los prolegómenos de la colectivización agraria compulsiva que se iniciaría meses después, que arruinaría la agricultura soviética y dejaría millones de muertos.
Esa medida, que Trotski había reclamado años antes (pero ahora rechazaba por tardía), decidió tal vez su expulsión del país. O acaso todo haya sido un rapto de inspiración porque, según algunos, el jefe del Kremlin lamentaría años después haberlo dejado ir. ¿Fue Trotski inspiración de Stalin, como sostienen algunos historiadores? Sus reclamos de mayor apertura dentro del partido, ¿fueron simple consecuencia de su desplazamiento del núcleo del poder? Lo cierto es que el 18 de enero de 1929 su destierro fue propuesto en un plenario y aprobado de inmediato. Trotski fue trasladado a Odessa, en Crimea. Sólo el 10 de febrero --después de que fracasó su apelación-- fue embarcado junto a su mujer, Natalia Sedova, hacia Constantinopla. Todo estaba entonces preparado para que, a fines de ese año, el 50 cumpleaños del nuevo líder se celebrara con pompa nunca vista. Se iniciaba el culto a la personalidad de Stalin.
¿Enemigo real o imaginario?
¿Siguió siendo realmente a partir de entonces Trotski el enemigo número uno de Stalin? Exiliado primero en Turquía, luego en Noruega y Marsella (a condición de que no abandonara la ciudad), el viejo fundador del Ejército Rojo terminó trasladándose a México en 1937, invitado por el presidente Lázaro Cárdenas gracias a la gestión del célebre pintor Diego Rivera y su mujer Frida Kahlo.
Trotski, a esas alturas, era un líder sin tropas. En esos años escribió libros donde denunciaba a Stalin como traidor a la revolución, pero su influencia en los diversos partidos comunistas sometidos al Komintern (la Internacional manejada por Moscú) era, por supuesto, nula. Sus posibles seguidores en la URSS, incluso sus familiares, fueron desapareciendo. Denunció la burocracia y los procesos de Moscú (donde él mismo fue condenado in absentia), que comenzaron en 1936 con el fusilamiento de Kaménev y Zinóviev, la decapitación del mando del Ejército Rojo y la caída en desgracia de Bukharin. Aunque sus seguidores eran escasos, organizó con entusiasmo la IV Internacional, que tendría su congreso fundacional, sin mayores resultados, en 1938.
Las tentáculos del stalinismo, sin embargo, le siguieron los pasos hasta su casa en Coyoacán. Hubo un primer intento de asesinato liderado por el muralista David Alfaro Siqueiros, que fracasó. El siguiente tuvo éxito. Un comunista de origen español, Ramón Mercader, que se hacía llamar Jacques Mornard, hizo un largo trabajo de infiltración monitoreado por los servicios soviéticos y el 25 de agosto de 1940, mientras Trotski se inclinaba para leer un artículo que él le había llevado para corregir, lo golpeó en la cabeza con un picahielos. Trotski sobrevivió unas pocas horas en hospital.
Tres días después del hecho, Pravda, el periódico oficial soviético, malinformaba que Trotski había sido muerto por un partidario cercano. Hay distintas leyendas, que van del mutismo absoluto a la imprecación, sobre lo que dijo o no dijo Stalin aquella mañana en su despacho del Kremlin al ser informado del éxito de la operación. Pero no es imposible imaginar que el "Padre del pueblo Soviético", pipa en mano, recordara aquella frase de Trotski que lo tenía como sujeto tácito: "Es una mediocridad creada por la máquina del partido."



