
Stanley, periodista de dos mundos
Por Willy G. Bouillon De la Redacción de LA NACION
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En octubre de 1869, en París, un corresponsal de guerra recibió un pedido de magnitud poco frecuente: debía ir a entrevistar al general Prim, líder de la Revolución Gloriosa que en España destronó a Isabel II; escribir sobre la inauguración del Canal de Suez, recorrer el Alto Egipto y enviar despachos referidos a las excavaciones en Jerusalén y Crimea, y a las políticas siria y turca, además de "algo" sobre los proyectos de Rusia en el Cáucaso.
El periodista era Henry Morton Stanley y semejante labor se la requirió James Gordon Bennett Jr., director del New York Herald, que publicaba una edición especial para la capital francesa.
En su autobiografía, Stanley agrega que, a continuación, su interlocutor hizo una pausa y, mirándolo fijamente, disparó el objetivo de máxima, que reducía el paquete anterior a un simple paseo por sitios exóticos. "Y por último debe ir al Africa a encontrar al doctor Livingstone."
De David Livingstone, médico, misionero y explorador escocés que buscaba en el continente negro el origen del Nilo, no se sabía nada desde hacía ocho meses. No pocos aficionados al juego en Londres ya habían apostado que no se lo volvería a ver.
Pero pese a su juventud, Stanley no era hombre de rehuir desafíos, y Bennett lo sabía. Por ello, apostó aún más fuerte que los jugadores londinenses, haciéndolo a una corazonada (entre las más notables de la historia del periodismo) y ganó. Le aseguró a Stanley toda la ayuda económica necesaria.
Casi dos años después, pudo reproducir -como gran título de tapa de su diario- la célebre pregunta formulada por Stanley al hombre que buscaba: "¿El doctor Livingstone, supongo?".
Resonó tiempo después en todo el mundo, como síntesis del extraordinario acontecimiento. El conocimiento de sus detalles dejó entrever las marcadas diferencias de dos hombres y, más tarde, cómo uno logró que el otro modificara sus objetivos y cómo éstos generaron un efecto en cadena que cambió, a su vez, el perfil de los intereses geopolíticos de varias naciones europeas.
Henry Stanley -muerto el 10 de mayo de 1904, es decir, hace hoy cien años- es el paradigma del periodista que unió a la labor de informador la pasión por la aventura y la exploración en dosis tan proporcionadas que resulta difícil fijar el correcto orden de prioridades.
Su misma vida hace oscilar los platillos de la balanza. Hijo natural, nacido como John Rowlands en Gales, en 1841, pasó su niñez en un asilo, abandonado por sus padres, hasta ser recogido por unos parientes. Ellos lo mandaron a una buena escuela, pero lo trataron tan mal que huyó del hogar y vagabundeó, subsistiendo penosamente, como un personaje de Dickens. A los 15 años se empleó como mozo en un barco y llegó a Nueva Orleáns. Al poco tiempo entró a trabajar en un almacén cuyo propietario, Henry Stanley, lo adoptó. El benefactor del muchacho murió en 1861.
Entonces, además de hacerse ciudadano estadounidense, tomó como nuevo nombre el que había dejado vacante su patrón y padre sustituto, intercalándole el Morton, quizás para darse un toque de originalidad y distinción. Ignoraba que algún día sería llamado de un modo realmente singular y que la distinción se la otorgaría la Corona británica.
En la Guerra de Secesión se enroló en el ejército confederado, pero, al caer prisionero de la Unión, no tuvo escrúpulos en cambiar de bando e integrar las tropas del general Grant. Fue licenciado por enfermedad y, al recuperarse, recorrió casi todo el oeste norteamericano.
En 1865 empezó a colaborar con algunos periódicos, enviando crónicas desde varios frentes bélicos de Medio Oriente. Su buena pluma movió al New York Herald a contratarlo para cubrir la guerra que libraban las tropas británicas en Etiopía. Y la vuelta de tuerca decisiva vino con la enorme propuesta que le tiró Bennett mientras acompañaba un Pernod con las chupadas a su cigarro. Aceptó, por supuesto. Al parecer, la vida lo había curtido precisamente para ese momento.
En enero de 1871 llegó a la isla de Zanzíbar. Tuvo que aprender algo nada sencillo para quien iba a internarse en la selva por primera vez. En dos meses formó una caravana de 200 porteadores que cargaban alimentos, armas, municiones, remedios, tiendas y elementos para acampar. Los últimos rastros de Livingstone se habían perdido en el lago Tanganyika y hacia allí puso rumbo el 21 de marzo.
En más de 4000 kilómetros, que se cubrieron en ocho meses, surgieron conflictos de todo tipo, accidentes fatales, deserciones y un motín que debió sofocarse a balazos. Algo había empezado a cambiar en la naturaleza de Stanley, que lo había endurecido de tal modo que los nativos lo apodaron como sería conocido en todas las tribus de la región: Bula Matari (en swahili, "quebrador de rocas").
El 10 de noviembre caminaba solo, a unos cien metros del resto, llevando un fusil. En la curva de un sendero, al norte del lago, quedó frente a un nativo (Susi, uno de los fieles servidores de Livingstone), que salió corriendo, lo que intrigó a Stanley. Vio que entraba en una choza gritando: "¡Un inglés!".
El periodista se acercó. Adentro había un hombre enfermo, muy demacrado. "¿El doctor Livingstone, supongo?", preguntó. La respuesta, casi inaudible, era la que esperaba.
Stanley se quedó cinco meses junto a Livingstone, cuidándolo e intentando convencerlo de que regresara. El médico se negó y, a su vez, trató de convencer al periodista de que debía acompañarlo en su búsqueda de las fuentes del Nilo. También le habló de otra tarea: humanizar zonas del Africa en la que se practicaban la antropofagia y la esclavitud. En marzo del año siguiente, tras recorrer juntos los lagos Victoria y Alberto y navegar por el río Congo, se despidieron para siempre, aunque Stanley, desde Zanzíbar, le envío hombres y suministros.
La salud de Livingstone empeoró y el 1° de mayo de 1873, en la aldea de Chitambo, fue encontrado muerto junto a su lecho, de rodillas, como si hubiera estado rezando. El 18 de abril de 1874 se declaró duelo nacional en Gran Bretaña y el cuerpo de Livingstone fue enterrado en la abadía de Westminster.
Mientras tanto, Stanley había adquirido prestigio internacional. No se despegó del periodismo, pero éste pasó a ser sólo un medio para poder llevar a cabo su nuevo propósito: continuar con la investigación de Livingstone sobre el Nilo. Para una segunda expedición, en 1874, logró la subvención conjunta del New York Herald y el London Daily Telegrapf. Su contingente esta vez estuvo integrado por 500 hombres.
Esa nueva aventura y otras que concretó Stanley en territorio africano confirmaron algunas teorías de pioneros de la talla de Richard F. Burton y John Speke. Pero también, su exhaustiva exploración del Africa central permitió rediseñar la cartografía que se analizaría con un interés europeo en el continente no precisamente científico: el colonialismo. Un ejemplo particular fue el de Leopoldo II. Bula Matari, su amigo y consejero, propició que el monarca belga, en 1885, convirtiera parte del Congo en algo así como una extensión de su patrimonio personal.
En 1895, tras restituirle la ciudadanía inglesa, la reina Victoria le confirió el título de sir y luego tuvo un desempeño político en el Parlamento.
Murió en su casa (el único domicilio fijo que tuvo), en Pirbright (Surrey), donde fue enterrado al negársele, como era su deseo, que sus restos estuvieran cerca de los de Livingstone, en Westminster. Su tumba dice sólo: "Henry Morton Stanley-Bula Matari. 1841, 1904".






