Sudamérica, las Américas o el mundo
CONVOCADA por el presidente Fernando Henrique Cardoso, el 31 de este mes se reunirá en Brasilia la Primera Cumbre de Países Sudamericanos. Asistirán todos los presidentes sudamericanos, entre ellos el nuestro.
De esta manera, Brasil concreta un viejo anhelo de su diplomacia: certificar la existencia de una región que no es ni latinoamericana ni americana sino "sudamericana". Proyectar ante el mundo una nueva categoría de países más pequeña que "las Américas", de la cual hablan con frecuencia los Estados Unidos porque el plural refleja aquí el hecho de que hay dos Américas: la anglosajona y la latina. También es Sudamérica más pequeña que Latinoamérica, puesto que excluye a los países latinoamericanos del norte, situados entre los Estados Unidos y el subcontinente sudamericano: México y las naciones de América Central y el Caribe.
Pero Sudamérica es más grande que el Mercosur, donde la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay han establecido relaciones especiales, porque se le suman los países andinos: Chile, Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Colombia.
Brasil, México, Chile
Fiel a su tradición imperial, Brasil se define a sí mismo como un país sudamericano porque Sudamérica es el área hasta donde llega naturalmente su irradiación. No se define como "latinoamericano" porque en la América latina del norte la gravitación estadounidense es incontrastable. Definirse simplemente como "americano" lo pondría directamente debajo del imperio estadounidense. Pero quedar englobado sólo en el Mercosur lo privaría de la influencia sobre los países andinos.
La diplomacia brasileña sabe que la idea-fuerza de "las Américas" viene avanzando detrás del proyecto del ALCA o Asociación de Libre Comercio Americana dentro de la cual los Estados Unidos proyectan ubicar a todo el continente americano. Pero su argumento es que Sudamérica debe unirse primero para negociar después en bloque, desde una posición más fuerte, con los Estados Unidos.
El proyecto geopolítico del Brasil podrá suscitar entusiasmo o reticencia, pero su mera enunciación demuestra que los brasileños tienen en claro su identidad: se saben "sudamericanos".
Cuando firmó en 1994 el tratado de integración del Nafta, que comparte con los Estados Unidos y Canadá, México se definió a sí mismo como un país, por lo pronto, norteamericano. Así lo indican las siglas en inglés del Nafta: North American Free Trade Association . El hecho de que el flamante presidente mexicano Vicente Fox haya elegido a Chile, la Argentina y Brasil como las estaciones de su primera gira internacional también indica que México apunta a definirse como un país "americano" más que norteamericano, para encontrar en los países latinoamericanos el contrapeso que compense al menos en parte la enorme gravitación que sobre él ejercen los Estados Unidos.
Habiendo logrado mediante el Nafta acceder al mercado norteamericano, cuya incomparable dimensión le asegura el desarrollo económico, México quiere equilibrar la atracción económica del norte de América con la afinidad cultural que siente por Latinoamérica, en salvaguarda de su independencia. Podrá elogiarse o cuestionarse esta estrategia, pero ella revela en todo caso que México, al definirse como "americano", tiene en claro su identidad.
Chile, sabedor de que su mercado interno es demasiado pequeño para asegurarle el desarrollo económico sostenido, ha venido celebrando una serie de convenios comerciales con países tan distantes entre ellos como Canadá, México, los países centroamericanos, los países andinos, los países que integran la Unión Europea, los países asociados de la Cuenca del Pacífico (APEC), Corea del Sur y Nueva Zelanda, porque se ve a sí mismo como un país exportador hacia todas las regiones del ancho mundo para no quedar atado a ninguna de ellas.
Más allá de Sudamérica, Latinoamérica y las Américas, sin negar sus raíces y contactos en el nuevo continente, Chile se ve a sí mismo como una nación cosmopolita. Podrá decirse lo que se quiera, positivo y negativo, de esta ambición, pero es evidente que, al albergarla, Chile tiene en claro su identidad.
La Argentina
Brasil se ve a sí mismo como una nación sudamericana . México, como una nación americana . Chile, como una nación cosmopolita. ¿Cómo se ve a sí misma la Argentina?
Lo primero que habría que decir de ella es que no se ve a sí misma o, con mayor precisión, que habiendo dejado de verse como se veía, no ha reemplazado la vieja identidad que ya no tiene por la nueva que aún no tiene. Vive, por ahora, en la tierra de nadie de una crisis de identidad.
A partir de las Bases de Alberdi, escrita en 1852, y de la generación del Ochenta que la implementó, la Argentina se sintió Europa en América. Por casi cien años, su proyecto fue contener al coloso estadounidense que avanzaba hacia el sur apoyándose en el coloso europeo. Por casi cien años nuestro estilo y nuestro comercio fue inglés, nuestra cultura francesa, nuestra gente española e italiana, nuestro ejército prusiano.
Pero el sueño europeo de la Argentina empezó a disiparse a partir de 1941, cuando los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial como consecuencia del ataque japonés a Pearl Harbour. La presión estadounidense se volvió, desde entonces, irresistible. Determinada todavía a contenerla, la Argentina empezó a vivir una serie inestable de identidades precarias. A veces volvía los ojos a la Europa que sin embargo se cerraba sobre ella misma en la Unión Europea. A veces se parapetaba detrás de sus propias fronteras detrás de ese otro sueño de la autosuficiencia y el proteccionismo. A veces se imaginaba a sí misma como una nación latinoamericana. Su más reciente empeño fue el Mercosur.
La clase política argentina no se entregó totalmente a ninguna de estas nuevas visiones porque todavía la acuciaban la nostalgia europea y la empecinada negativa a reconocer un hecho que tenía delante de los ojos: el advenimiento del imperio estadounidense. Hasta imaginó con Perón contener a los Estados Unidos con la ayuda de un país semieuropeo, la Unión Soviética, en busca de la "tercera posición".
Después de Perón, la Argentina siguió siendo por décadas "tercerista", como lo atestiguan sus votaciones en las Naciones Unidas. Pero el derrumbe de la Unión Soviética borró esta ilusión en 1989. Y sería un político ajeno a la clase política tradicional, Carlos Menem, quien al enviar naves a la Guerra del Golfo en 1991 y al establecer sus famosas "relaciones carnales" con los Estados Unidos, daría un giro decisivo a la diplomacia argentina. La estrategia del canciller Di Tella consistió en balancear a la Argentina entre su relación especial con los Estados Unidos y su relación preferencial con Brasil dentro del Mercosur, para no quedar en manos de ninguno de ellos.
¿Qué hacer ahora? ¿Cómo definiremos nuestra identidad? Una estrategia "sudamericana" nos colocaría como segundos del Brasil. Una estrategia "americana", nos encerraría en nuestro continente. Quizás nos quede por pensar una estrategia "cosmopolita", de tipo chileno, que nos permitiría retener algo de la reminiscencia europea y explorar las fantásticas posibilidades de Asia sin perder por ello nuestra condición americana y latinoamericana.







