
¿Supremacía del inglés o gueto mental?
Por Flora Lewis Para La Nación
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PARIS
Ya nadie finge competir. Ha sido aceptada la validez absoluta de un idioma internacional, y ese idioma es el inglés. Por largo tiempo, el francés, la lengua de la diplomacia y el diálogo internacional hasta bien entrado el siglo XX, pugnó por seguir siendo su rival. Ahora, renuncia incluso a ese status.
A mediados de año, el primer ministro Lionel Jospin expresó ante un congreso de maestros franceses que ellos "podían contribuir a la pluralidad del pensamiento". Refiriéndose al francés, dijo: "Si ya no es el idioma de una potencia, puede ser el idioma de una contrapotencia, una de las lenguas que expresan la resistencia a la uniformidad del mundo".
Según el diario Le Monde , 900.000 profesores enseñan francés y 32 millones de personas lo estudian. Internet borró finalmente las esperanzas de que fuese el segundo idioma de todos. No obstante, señaló Jospin, Francia está decidida a mantenerlo disponible apoyando su uso en la Toile (la Red).
Hay un intento de mantener el francés al día en su vocabulario tecnológico, escogiendo equivalentes para los neologismos que la mayoría de la gente simplemente acepta en inglés. Esta resistencia tiene un éxito relativo. Las palabras inglesas inundan el lenguaje corriente en forma abrumadora, cualquiera que sea el idioma en uso.
Esto parece otorgar una formidable ventaja adicional a quienes tienen por lengua materna el inglés y justificaría el desdén de los norteamericanos por el aprendizaje de otras lenguas, pero, de hecho, puede constituir una gran desventaja. Todos los demás participantes en cualquier tipo de diálogo internacional sabrán, cuando menos, dos idiomas y, con frecuencia, tres o cuatro.
En gran medida, la educación norteamericana ha abandonado las lenguas extranjeras como requisito de ingreso al college . Tal exigencia había inducido a los jóvenes a estudiar idiomas que a menudo ya no se incluían en los niveles inferiores de la enseñanza. Ahora, si acaso hablan alguno, aparte del inglés, probablemente sea su lengua materna o la de sus padres inmigrantes, y no una aprendida por añadidura a la de uso cotidiano.
Esto significa que no necesitan examinar de manera consciente los distintos modos en que se forman las ideas. Aprender otro idioma no es tan sólo encontrar otra palabra que exprese la misma cosa: es aprender otro modo de expresión e incluso otra manera de pensar. De ahí la chatura y la inutilidad de las traducciones por computadora. Pueden igualar un conjunto de palabras con otro, pero éstas pierden totalmente el aura y, por lo común, el sentimiento.
Cotos lingüísticos
Y sin embargo, de eso se habla exactamente al expresar la necesidad de dialogar, comprenderse y comunicarse. Es lo opuesto a la homogeneización: es el reconocimiento y el aprecio de las diferencias, en vez de la compresión a que podría llevarnos la cultura globalizada.
En tanto el resto del mundo absorba con avidez las comidas rápidas, los blue jeans , la música pop y los films norteamericanos, y los hábitos y artificios de las empresas norteamericanas, si toda la influencia y el esfuerzo intelectual van en una sola dirección, se irá acumulando un resentimiento, una sensación de abuso del poder. Cuando, a través del idioma y el estudio, otros han aprendido a percibir cómo piensan los estadounidenses, éstos se colocan en una posición de inferioridad, y no de superioridad, si sólo procuran conocerse a sí mismos.
Los estudios presentados en la reunión anual de la American Psychological Association dan pruebas concretas que sustentan la intuición de que, en verdad, los diferentes enfoques culturales nos hacen pensar de maneras distintas. Richard Nisbett y sus colegas de la Universidad de Michigan idearon proyectos de investigación sobre las diferencias entre los hábitos de pensamiento de asiáticos y occidentales: los primeros se centran más en el contexto y las relaciones, y toleran más las contradicciones; los segundos son más analíticos y confían más en la lógica formal.
Podemos aprender modos de pensamiento alternativos. Nos serán muy útiles en el trato con personas con antecedentes distintos de los nuestros. La clave es aprender otros idiomas. Aunque toda la humanidad pudiese escucharlos a hurtadillas y saber de qué hablan, los anglohablantes que no pueden orientarse en los cotos lingüísticos ajenos se recluyen en un gueto mental. Así, se privan a la vez de un placer y de una herramienta útil. © La Nación





