Sylvia Iparraguirre. "En el borde de lo indecible trazo el puente para llegar al lector"
En Del día y de la noche, que acaba de publicar, la escritora experimenta con recuerdos, intuiciones, herencias y el mundo del absurdo para alcanzar "lo que se oculta en los repliegues del lenguaje"
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La sensación es espiar: textos como reflejos de un mundo íntimo. Historias breves capaces de desnudar la materia de los sueños y las emociones. Tal vez por eso los relatos que integran Del día y de la noche, de Sylvia Iparraguirre, que acaba de publicar Galerna, componen una trama acústica, de la intensidad que sólo alcanzan las revelaciones.
Disparatados y poéticos. Oscuros y relucientes. Íntimos y universales. Subversivos. Los textos nacidos a orillas de sus novelas y cuentos hilvanan una constelación de momentos fugaces que condensan en una todas las vidas que pueden transitarse. En "Pasajes", la primera de las tres partes que ordenan el libro, "empezaron a aparecer los textos a veces como imágenes, otras a partir de una frase, de una circunstancia puramente imaginaria o humorística como en el caso de ?Vecinos', o simplemente para tratar de recuperar un sueño -dice la escritora, en diálogo con la nacion-. Son justamente pasajes por el yo más profundo. Recuerdos de infancia, intuiciones, el paso del tiempo, cuestiones muy personales y casi diría privadas que aparecen allí. Sabía que era un conjunto de textos muy propios, a veces íntimos, privados, personales, personalísimos".
En estos "breves", como le gusta llamarlos, el tiempo abre ventanas a la herencia familiar, a los escritores que marcaron vivencias profundas o a personajes absurdos, hasta delinear esa zona que pocas veces rozan las palabras. Es habitual asociar la innovación con autores nóveles, sin embargo, esta vez la experiencia con el lenguaje de Iparraguirre, reconocida con premios como el Sor Juana Inés de la Cruz o el Konex de Platino, le permite alcanzar un territorio de libertad inusual en la literatura contemporánea.
Cada uno de los textos parece la respuesta a esa mujer del relato "Bar Británico" que piensa: "Es difícil poner la vida en palabras".
Esa frase es casi un mensaje cifrado en ese pequeño remolino de personajes que aparece en un bar de Buenos Aires, que yo amo. Sí, un poco la clave es ésa, sobre todo es difícil en los términos en que están planteados estos textos, porque no me ha costado tanto hacer una historia, es decir poner la vida en personajes, como en La orfandad, El muchacho de los senos de goma o incluso La tierra del fuego. Acá son textos de otra índole, que nacieron de una manera completamente espontánea, sin ninguna premeditación genérica, un verano en San Pedro hace 23 años. Con una libertad total, no me propuse nada, ni microrrelato, ni cuento corto. Por ejemplo, en "Escena heredada", lo que me guió fue tratar de ser fiel a lo que mi padre nos contó cuando éramos chicas. Vivía en el campo, en Los Toldos, y un día se escaparon con su hermano; él tenía 6 o 7 años y vio matar a un hombre. Hemos recibido la herencia de esa historia. No sentía que fueran fragmentos o retazos. Cada texto tenía que encontrar el modo de decirse a sí mismo. La carpeta donde empecé a ubicarlos se llamaba "Breves" porque no tenían otra connotación ni voluntad. Al pasar tanto tiempo he vuelto a ellos como un recreo. Al final eran como un juego de piedritas, los sacaba, los miraba, los corregía y los volvía a guardar.
En ese juego, ¿buscaba esas conexiones sutiles entre las historias para dejar el sentido en manos del lector?
Si eso ocurre con mis textos tal vez sea un reflejo de mi actitud como lectora. Nada es intencional en ellos, salvo el hecho de ponerlos en las palabras que yo creo que son las más ajustadas. Lo único que intenté domesticar fue el lenguaje en que cada uno tenía que ser escrito, no traicionar la idea. Desde mi primer libro de cuentos creo que hay en la literatura una parte de la que se tiene que hacer cargo el lector. Colaboro muchísimo para que pase, te diría que soy una lectora ideal. El texto encuentra en mí un eco en la imaginación, me da mucho placer. Cuando tenía 12 o 13 años mi mamá me decía: "estás en Babia" o "estás en la luna", era eso que me provocaba un libro, estás en lo que el texto te propone. Sos puro ojos, reconstruyendo a partir de la vista, de la mirada y de la palabra, un mundo que está entre vos y el libro. Es una de las situaciones más íntimas y privadas. Vos estás navegando por cualquier parte y al mismo tiempo adentro de vos. Me fascina cuando el libro propone ese mundo en el que me pierdo por unos minutos y dejo de ser yo. En ese sentido, Del día y de la noche es un lugar íntimo.
Varios relatos están atravesados por el tema de la identidad sin límites de tiempo y espacio.
Eso está por ejemplo en un texto breve que se llama "Verano", ese recuerdo fugaz que aparece de improviso en un momento del día, sin pedir permiso. El tema de la identidad aparece cuando recuerdo con una plenitud total, inexplicable e inesperada, cómo fui en un momento muy anterior de mi vida. Esa chica que recuerdo ahí debe tener 4 años, me veo con esa malla a globitos que se usaba en aquellos tiempos remotos. Eso fue estar atravesada por un segundo en el cual sentí lo que era ser, acá y ahora. Esas impresiones se van borrando con los años, las tenés cerca de la infancia pero sos muy inconsciente. A lo largo de la vida, cuando ya sos adulto, si tenés fortuna, aparecen otra vez. En la primera parte logré fijar esos momentos.
¿Le interesaba indagar los límites de la no ficción, como ya había hecho en su novela Encuentro con Munch?
Nunca considero que un libro es la realidad pura del escritor, aunque se diga autobiografía. En todos los viajes llevo una libreta, eso sucedió también en Encuentro con Munch. En realidad, yo trabajo tanto alrededor de la forma, armando las secuencias para que en principio yo no me aburra y por lo tanto, no se aburra el lector, que es un trabajo ficcional. Aunque lo que diga sea cierto, está separado; el mundo de los relatos es de papel, es del lenguaje. Son dos cosas incomparables de naturaleza diversa, así que uno pone cosas que le pasaron pero transformadas completamente por el lenguaje y sus reglas. Lo verosímil tiene otras leyes que lo que sucede en la realidad. Me gustó el ejercicio de la primera persona porque me dio una libertad narrativa de otra índole, que yo no había experimentado hasta esa novela. Eso también ocurre en estos textos.
Su obra refleja una preocupación por el estilo, por momentos poético, que excede lo puramente estético.
La marca de estos textos es la libertad que me tomé, no como un programa o propósito. No tengo una posición estética. Eso aparece como una consecuencia de la preocupación central en mí cuando escribo: la claridad. Poder llegar a la frase que diga lo más cerca posible la idea que yo tengo en la cabeza.
En los relatos agrupados en la segunda parte, "Posición de los escritores", parece aludir a la pose, como una foto, y al mismo tiempo, al lugar que ocupan dentro de sus lecturas.
Me gustó ese juego. Puede parecer una posición ideológica o política, pero es la foto. Es decir, cómo aparece de pronto condensada en una imagen la figura de un escritor que para mí ha sido capital, como es el caso de Virginia Woolf. Su literatura es para mí una fuente inagotable, un disparador constante. Muchas veces me he encontrado con que estoy releyendo Noche y día o Las Olas o Al faro y aparece una frase que dispara en mí cosas que me mandan a la escritura inmediatamente. Si te dijera dónde la veo, es en ese momento final, esa decisión que ella toma con la última lucidez que le queda de ese suicidio. Creo que es inolvidable esa figura de ella alta, flaca, desgarbada, caminando hacía el Ouse con las piedras en los bolsillos. Bueno, se transformó para mí en una especie de leitmotiv mental y está condensada en uno de los relatos.
Escribe en ese relato: "La pena mas honda: el abandono de las palabras".
En esa frase aparece mi amor al lenguaje y también el de ella. Es una clave. En ella, el amor al lenguaje se ve con una fuerza inmensa porque como estaba acechada por la locura y lo sabía, tuvo esa lucidez extrema de poder entrar y salir de ella. Era una mujer que buscaba las palabras. Una inglesa que sortea lo victoriano a partir del uso del lenguaje, usa todo el lenguaje disponible, y va mas allá de la forma de su novela, que es transgresora. No sólo en la forma del monólogo interior que ella comparte con Joyce, con Faulkner, sino está también en las palabras. En el momento de escribir no es formal, su lenguaje es inmenso, amplísimo.
Del día y de la noche lleva a pensar que todo lo que escucha en la vida cotidiana puede transformarse en literatura.
Claro, yo creo mucho en el anticlímax lingüístico, odio la solemnidad, no la tolero. Cuando me pongo demasiado melancólica o demasiado solemne aparece una palabra que baja esas alturas en donde, para mí, no anda la literatura. Ésa es una gran lección de Virginia Woolf. Está en mí esa intuición desde el primer momento, después la hago consciente en mi biblioteca, en las lecturas que he hecho. Está en mí ese intento, esa intuición hacia el humor. Es uno de los pilares de mi vida personal, tengo una veta de mi familia italiana que me propone la cosa bajtiniana del dialoguismo, es decir, una parte trágica tiene una parte tragicómica. Siempre digo que no se dejen llevar por la apariencia formal que he conservado, debajo hay un delirio importante. Felizmente, tengo la literatura donde ponerlo.
Ese delirio, que alcanza el absurdo en su novela El parque, vuelve a aparecer en la tercera parte del libro, "Caballeros antiguos", por ejemplo, en el relato de Macdonald Kárlovich.
Sí, exacto, ahí me di todos los gustos en la búsqueda de cosas raras. El absurdo está constantemente en la vida cotidiana, es lo que prevalece. Nosotros vamos abriéndonos paso sobre la base de cierta racionalidad que nos permite las relaciones personales, los trámites bancarios, las cátedras universitarias. Creo que hay una dosis de irracionalidad y de absurdo en la vida cotidiana que es gloriosa. Busco eso en los trenes, en los colectivos, en los viajes. Macdonald Kárlovich es una especie de locura personal. Estaba dando un curso en el Malba sobre literatura rusa clásica y releí Almas muertas de Gogol, que es el padre del grotesco y el absurdo. Es desopilante porque tiene una inclinación hacia la enumeración paranoica, que en mí causa un efecto extraordinario. Estaba leyendo muy divertida, de pronto aparece en una línea este nombre, con la resonancia que tiene con McDonald's, y casi me caigo de la silla. Agarré el papel que tenía a mano y lo escribí en el acto con una risa personal, que no pretendo sea la del lector, pero para mí vale.
¿Por qué dedicó un relato a un poeta casi desconocido, José Antonio Barzac?
Ese texto es uno de los más viejos. José Antonio Barzac era un poeta desquiciado, un tipo de origen polaco, que deambulaba por Filosofía y Letras cuando yo estudiaba. Vendía su libro de poemas por adelantado. Fue colosal conocerlo. Supongo que un poco me asustaba ese tipo de chifladura a la que no estaba acostumbrada, pero al mismo tiempo me encantaba ese disparate. Un día me dice: "¿Querés ir al Tortoni y conocer escritores? Va a estar Sabato". Fuimos a la reunión de la revista El escarabajo de oro en el Tortoni. Ésa fue la primera vez que nos vimos con Abelardo, en 1968.
"El quejido del mundo te había colmado", dice en ese texto en sintonía con el acápite "El sonido de la campana/ se expande en la bruma/ del alba". ¿Puede hablar de esa relación?
De algún modo es la resonancia de lo indecible, aquello que se oculta en los repliegues del lenguaje. Me interesa la gente solitaria porque hay algo de lo indecible detrás de esas personas. En ese relato aparece; está la bruma del alba en el lago donde él espera al cisne negro sabiendo que es el presagio de su muerte. Hay algo de lo indecible en aquellas experiencias tan profundas, como puede ser el sentimiento tremendo de ver a tu hijo cuando nace, sos tan feliz que hay una parte que no podés comunicar y va a quedar siempre con vos. Ahí está el puente que bien notaste entre Munch y este libro. Al final de esa novela trato de darle lenguaje a eso, busco aquella palabra que trata de decir lo indecible. La poesía lo logra. En la prosa también lo descubro, sentís ese brillo fugaz que ocurre en un texto. Es contradictorio, casi paradójico, en el borde de lo indecible es donde trazo el puente para que el lector sienta que lo toca en un punto de lo que él mismo no puede decir. A lo mejor ahí está el punto de encuentro.
Biografía
Sylvia Iparraguirre formó parte de las revistas literarias El escarabajo de oro y El ornitorrinco. Egresada de la carrera de Letras de la UBA, es autora de libros de cuentos y novelas (El parque, La tierrra del fuego, El muchacho de los senos de goma y Encuentro con Munch).
Por qué la entrevistamos
Porque en su último libro se anima a una búsqueda con el lenguaje por territorios de su propia experiencia






