También la lluvia
El sol, la brisa, las nubes blancas y el viento quizá no sean la norma, quizá sean lo otro.
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Hay días en que llueve por mucho tiempo y ese sonido, el del agua, tan seguro, complica todo. Se oye como un manto que cae lento pero también como tanto más. A veces suena a arrogancia. Quién pudiera. Quién pudiera ser así de transparente, así de fuerte, así de preciso. Quién pudiera llegar a donde quisiera y cambiar las cosas. Tener un mismo propósito. Quién pudiera sonar como la música. Una gota en do, una gota en la, una gota en si bemol. Sobre el cemento, sobre las hojas verdes de una planta, sobre una prenda de algodón olvidada. Será posible. Causar, como la lluvia, el ruido que provoca la garganta de una bestia al rugir porque su agua también se traga cosas, las arrastra, como al cansancio, las parte, las desarma, las corroe, las desvanece. La lluvia es capaz de tomar todo un tiempo, el pasado, correrlo de su lugar y dejar a quien se quede allí solo, sin más nada que el presente, mojado. Porque la lluvia puede ser malvada. Es malvada. Y sin embargo es un poco de paz porque muchas veces cuando viene y se lleva puesto lo que encuentra a su paso limpia, saca la mugre, lo que sobra, lo que ya no basta, quita las manchas que parecían no encontrar solución, como el moho, denso, verde, mullido, justo en medio de una pared impoluta y pintada de blanco. Eso gracias a la lluvia. De nuevo, quién pudiera. Quien pudiera lavar, despejar los rastros y tras ello o al mismo tiempo dar un portazo en señal de adiós, de basta. Provocar un trueno, un alarido que deje al mundo mudo, eliminar las palabras. Quién pudiera, como la lluvia, tomar un hacha y cortar el aire a la mitad o en pedazos, arrancarle a la vida las cuerdas vocales, solo con ese estruendo que desgarra e ilumina con su relámpago, un resplandor vivísimo e instantáneo, eléctrico, fuente de energía para los derrotados.
Para los cautelosos hay cuidados por tomar, tal vez, trucos que impiden el curso natural de lo que debe ser. Cualquiera puede impermeabilizarse, cubrirse el cuerpo con una laca, ocultarse, tapar las cosas con una laca, para fingir un poco y evitar lo inevitable: que la lluvia oxide. Que desgaste las barandas, las macetas, los zapatos, las baldosas, los peinados, los portones, las raíces, el mármol, las persianas, el auto, la tierra, los cuadros, los libros, la vista, el apetito, el jardín, las mesas, las chapas en el techo, la escritura, las piernas, las manos, el ánimo. Que los ahogue a todos, los deje sin opciones, solo al borde de la muerte, porque la lluvia también es autoritaria. Impávida. Quién pudiera. Decir y hacer. No dudar. Tomar una decisión y llevarla a cabo hasta las últimas consecuencias.
Hay días en que llueve por semanas. Llueve tanto y tan seguido que el agua forma una bruma tensa, palpable, como la capa fina y elegante que surge de la leche al hervir, una especie de humo leve y gris que separa las cosas, la gente y la vida, con la gracia de un telón que se baja porque la obra terminó. Porque ya es tiempo de dejar de pretender. De calmar las ansias. Quizá la lluvia sea la norma. Tal vez lo otro, el sol, la brisa, las nubes blancas y esporádicas, el viento tibio pero seco y pulcro, sea un esfuerzo. Un intento por aguantar, por enviar un mensaje optimista sin razones o con pocas razones que se apagan cuando también se apaga esa voluntad y el espacio se llena de una verdad imparable y entonces de nuevo llueve y ahí sí nosotros también podemos hacer lo mismo, levantar los brazos, dejarnos llevar, llover por dentro. Llorar hasta el fondo. Sin importar, sin vergüenza, con el consentimiento de nadie. Sin pensar en otra cosa que no sea llorar. Llorar con libertad. Llorar con truenos, con prisa, con sumo cuidado, con paciencia y en la cama. Llorar con ira y con hambre, con hambre de llanto. Para que de una buena vez, al fin, todo encaje.





