
Teatro Colón: Escenarios no aptos para eclécticos
LA NACION consultó a nueve salas líricas de nivel mundial sobre sus políticas de programación y el espacio que los conciertos populares u otro tipo de eventos ocupan en su escena; aquí, las respuestas
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BERLIN
Conciertos de folklore o de tango, de jazz o de pop. En los últimos años el Teatro Colón, máximo coliseo argentino, ha estado en el centro de la discusión por su política de programación y por el fuerte incremento de espectáculos de música popular y de eventos no musicales.
¿Es una tendencia mundial o una particularidad de los tiempos de crisis? Para evitar las comparaciones erróneas y las generalizaciones, LA NACION realizó una encuesta, mediante un cuestionario-tipo, a nueve instituciones equivalentes alrededor del mundo: la Scala de Milán, el Covent Garden de Londres, las Staatsoper -de Munich, Berlín y Viena-, La Fenice de Venecia, la Semperoper de Dresden, el Palais Garnier de París y el Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Vale decir, teatros concebidos para el arte lírico, sinfónico y el ballet, con edificios que son también obras maestras de la arquitectura, todos de fama internacional.
¿Programan estos coliseos de primer nivel conciertos de música popular? Y si es así, ¿de qué género, con qué frecuencia y bajo qué condiciones?
Algunas respuestas son rotundas y categóricas, como la de la Staatstoper de Viena: "¡No! La Wiener Staatsoper cumple con una misión establecida por ley: interpretar ópera, opereta clásica y ballet", poniendo especial énfasis en que "un teatro de ópera no es el ambiente adecuado para ofrecer conciertos de rock y pop". O como la de Berlín, que descartó la posibilidad considerando que "en el futuro podrían llegar a tener lugar cierto tipo de conciertos siempre y cuando mantengan, desde su contenido, una relación directa con la ópera. No se invitaría a un cantante popular simplemente porque es famoso, sino que se contemplaría que su proyecto esté asociado a nuestra programación".
También hubo respuestas en apariencia más conciliadoras, que admiten escasas excepciones, al estilo del Covent Garden, que mencionó que, desde que el teatro fue reabierto en 1999, se realizó un concierto ocasional por año, por ejemplo de Björk y Ravi Shankar, y una gala con piano y orquesta a beneficio del Royal College of Music a cargo de Elton John (ex alumno de la institución). "Sin embargo, tales eventos -aclara Christoph Millard, director de prensa de la ópera inglesa- son extremadamente infrecuentes, se realizan pagando un alquiler por la sala y los artistas deben presentarse con un programa adecuado al ambiente y estilo de un teatro de ópera."
De todos es La Scala de Milán la más abierta. Su director artístico, Paolo Arcà, habla de una "política de contaminación" entre los géneros con el fin de superar las tradicionales categorías de la música. La Scala incluye en su programación un pequeño ciclo de apenas "tres conciertos de jazz y una serie de cuatro conciertos de música de películas". En igual sintonía se manifestaron las óperas estatales de Munich y Dresden".
París y San Petersburgo, por su parte, respondieron ofreciendo el programa-modelo de una temporada completa, integrado por óperas, ballets y conciertos sinfónicos exclusivamente. En el caso francés, la sala consultada fue el antiguo Palais Garnier, una de las dos sedes de la Opera Nacional de París. En el caso particular de La Fenice, que consideró no entrar en los cánones porque no está trabajando actualmente en su sede histórica (que retomará sólo a fines de 2004), "su fundación propone espectáculos de música ligera, que no están incluidos en el calendario ni ligados a la producción de la casa sino albergados en otras sedes, en las salas de los teatros Malibrán y PalaFenice. ¡No en el edificio histórico!"
Cabe advertir, como aspecto cualitativo relevante, que los teatros que programan expresiones populares los presentan en general en el formato de un ciclo, con un concepto artístico, durante un tiempo limitado y respetando de manera prioritaria el vínculo con la ópera.
El público y el prestigio
Pero, ¿contribuirían estos espectáculos populares, por ejemplo, a ampliar el público de la ópera? Una sala como el Covent Garden asegura que "no obstante el hecho de que tales eventos llevaron un nuevo público al teatro, no tenemos ninguna evidencia de que puedan acrecentar la audiencia de la ópera". La Scala sostuvo que un descubrimiento del gran teatro musical podría despertarse en una nueva capa de público, en especial los jóvenes, pero sólo en aquellos conciertos en los pueda producirse un fenómeno de "contaminación". "En cambio -consideró Arcà-, el público de los conciertos de rock y pop no contribuye para nada".
De hecho, siendo la asistencia de público una de las problemáticas que aqueja permanentemente al género, ninguna de estas casas líricas acude a espectáculos de índole popular para superar la cuestión.
También se preguntó si una diversificación en la política de programación se ve como una innovación que favorece, o bien que perjudica, a la buena fama del teatro.
Berlín consideró que en ciertos casos podría llegar a contribuir, con la salvedad de que sólo se escojan los programas adecuados a la línea de programación general y cuidando siempre que, acorde con la sala, esos programas posean "¡el nivel de calidad! y esa ya mencionada ¡directa! relación con la ópera" (sic).
Su colega de la capital austríaca, Peter Blaha, jefe del departamento de dramaturgia, fue aún más allá al advertir peligros para la imagen de la institución: "Los conciertos de rock o música popular tendrían escasa influencia sobre el prestigio del teatro. Sí, quizá, sobre su identidad: en realidad, ésta peligraría porque reside en la interpretación de óperas. Para ello ha sido construido".
Otro tipo de respuestas, más contemporizadoras, hablaron de una eventual imagen positiva, tales los casos de Milán, que se refirió a "una circulación de ideas, aportes y nuevos aires", y de Londres, que consideró que, al ser un edificio público, podrían mejorar la reputación frente a los medios y la percepción pública. Sin embargo, tales apreciaciones no coinciden con su programación.
Para concluir, la encuesta consultó sobre eventos especiales, esto es, actividades extras que no sean estrictamente producciones líricas ni conciertos de cualquier índole. Sobre la posibilidad de incluir, por ejemplo, conferencias, simposios u otra clase de reuniones. El primer resultado que arrojó esta pregunta concierne al tipo de eventos que estos teatros consideran ?especiales´. La Opera de Berlín, por ejemplo, considera así a aquellos eventos fuera de la programación lírica: conciertos sinfónicos y de cámara, recitales de canto, conciertos del mediodía y las conferencias previas a cada función. Lo mismo en el caso de La Scala, que enumeró conferencias sobre los títulos de las óperas en cartelera, añadiendo "una serie de conciertos y encuentros con los compositores". Algo similar ocurre con La Fenice, las Operas de Viena y San Petersburgo.
La única institución que llegó a considerar otro tipo de actividades, excluyendo sin embargo sus salas musicales (cuenta con una moderna infraestructura de bares, restaurantes y terraza), fue el Convent Garden: "Tenemos otros espacios para eventos de todo tipo (promociones, etc.), que se alquilan según la disponibilidad." Con sus seis funciones semanales, sin embargo, el teatro se encuentra libre con muy poca frecuencia. Esa clase de eventos, por su parte, son coordinados por un departamento comercial.
La opinión de los expertos
También LA NACION solicitó su opinión sobre el tema a argentinos sobresalientes en el mundo clásico internacional.
"Visto desde el exterior, me parece una situación totalmente atípica -opinó el prestigioso régisseur Jorge Lavelli, uno de los más reconocidos directores de escena de la lírica internacional-. ¿No tienen nada para programar en el Teatro Colón por razones económicas?... Durante mi adolescencia, se solía gritar ?¡Al Colón! ¡Al Colón!´ para homenajear al deportista meritorio, al solista excepcional. Era una forma de exaltar la singularidad fuera de las normas. En ese estado de cosas, el populismo peronista utilizaba también la sala del Colón para realizar reuniones partidarias: la intención era ?democratizar´ ese recinto reservado de la oligarquía porteña. ¿Significa que hoy el momento de tan exaltante ambición es impostergable?"
Según Darío Volonté, exitoso tenor de intensa actividad en el extranjero, "el Colón es sólo para la ópera, los conciertos sinfónicos y el ballet", y no para otro tipo de expresiones que, a su parecer, no se condicen con ese marco imponente ni conllevan un beneficio para el público. "Es un teatro de ópera en el que cualquier otro espectáculo, ya sea de Serrat, de Soledad o de quien fuere, equivaldría a invadir un espacio haciéndole creer a la gente que eso es hacerlo popular. Eso no es popular, es bastardear la institución".
También el cordobés Marcelo Alvarez, radicado en Italia y convertido en uno de los tenores más requeridos del momento, se manifestó en contra. "Además -agregó- tiene que tratarse de un espectáculo cuyo nivel respete la estructura del Colón. Este gran teatro se hizo en un período de auge de la Argentina y sería lamentable que, por una crisis, se le cambie la imagen".
En sentido contrario, el ex-director del Teatro Colón, Kurt Pahlen (fallecido en Zurich a los 96 años, meses después de ser consultado) se expresó a favor de una diversificación. "Hay solamente dos clases de música: buena y mala. El Colón ha de dedicarse exclusivamente al género primero. De modo que, siempre que se trate de música valiosa, juzgo favorable la inclusión", opinó el musicólogo vienés, naturalizado argentino. Pahlen opinó que "la dignidad del Colón no puede perderse por abrir sus puertas a obras que no pertenecen a la categoría de ?música culta´, aunque está claro que las obras poseen diferentes valores artísticos ¡y que nadie se aventure al querer igualarlas en tal sentido!"
Finalmente, Lavelli advirtió que tampoco a la música popular se le tributa ningún beneficio. "Me parece más lógico escuchar tango en un ámbito adecuado como eran, en su tiempo, ?Caño 14´ o ?El viejo almacén´, o en cualquier otro lugar más íntimo. Perdido en medio del grandioso cuadro arquitectónico concebido para otro tipo de ritual, el tango empalidece. Para el rock, con su violencia sonora, el cemento, el estadio o la calle son preferibles al terciopelo y al dorado-oro del Colón, que lo visten de gala y lo aburguesan, desnaturalizándolo. ¡A cada sala su vocación!"






