
Tengo baja estima
La autoestima es uno de los ingredientes más importantes para sentirnos bien como personas. El amor siempre empieza por uno mismo. La autoestima consiste en valorarme y sentir que poseo recursos internos.
Estimar tiene que ver con dar valor. Cuando estimo, otorgo importancia a algo o a alguien. Decimos que una persona tiene alta estima cuando puede enfrentar los desafíos de la vida y, a la vez, se permite disfrutar y establecer sus propios derechos y necesidades. Mientras que tener baja estima es verse pobre de recursos y de posibilidades.
Entre las muchas manifestaciones que esconde la baja estima podemos mencionar las siguientes:
- a. El síndrome de la niña buena y del niño bueno. Es la persona evitativa que no expresa agresividad, no muestra las “garras” (no se debe confundir con violencia o maltrato). Es aquel que evita las peleas, se percibe indefenso y no quiere llamar nunca la atención. Cuando alguien le pisa el pie, dice: “Disculpame por haber puesto mi pie debajo del tuyo”. Se ve como un niño y espera que lo defiendan como tal.
- b. La víctima. Es la persona que lo utiliza como una defensa porque se reconoce en inferioridad de condiciones. Es el que siempre está sufriendo, al que siempre le duele algo, y lo emplea como una tarjeta de presentación. ¿Cuál es el objetivo de la victimización? Por un lado, inhibir al agresor. Así como el lobo perdedor, en señal de sumisión, le muestra su cuello al oponente. Y, en segundo lugar, buscar la empatía del grupo (gente que consuele y cuide). Pero hay una trampa: queda encerrado en su propia cárcel, que es la imagen que armó y lo convierte en alguien débil, pusilánime. Su pensamiento es: “No tengo agallas y necesito ser rescatado”. El que se victimiza casi siempre termina siendo agredido porque la gente se da cuenta que es una pose, una actitud camuflada. La primera vez lo abrazarán pero la segunda, se darán cuenta del engaño. De ahí, que al victimista termina perdiendo.
- c. El “ayudadicto”. Es la persona que siempre está salvando, ayudando, a otra. Allí donde hay un problema, estará el “ayudadicto”. Esto también enmascara la baja estima. Da porque espera ser ayudado por los demás. No da por amor, sin esperar nada a cambio, sino que lo hace porque, en lo más profundo de su ser, espera que el otro le devuelva la ayuda. Con el tiempo, termina resentido y expresa: “Al final, yo ayudo a todo el mundo y a mí nadie me ayuda”.

Estas son tres posturas frente al mundo a través de las cuales la persona con baja estima se coloca por debajo de los demás y se somete.
La estima es algo dinámico, móvil, cambiante. Podemos tener una buena estima en un área y una estima pésima en otra. Por eso, muchas personas son excelentes en su trabajo pero, a nivel afectivo, no lo son. Y muchas otras proyectan su baja estima en los conflictos con el cuerpo.
Algunas ideas prácticas:
- a.Vernos en totalidad. Autoestima no es “querernos, cuidarnos y valorarnos”, sino vernos en totalidad. Es decir, reconocer qué puedo y qué no puedo hacer, qué sé y qué no sé. Si veo solamente lo que sé o lo que puedo, exagero mis virtudes y proyecto mis defectos en los demás (actitud típica del narcisista o del orgulloso fanfarrón que atribuye siempre los errores a los demás, magnifica sus virtudes y las distorsiona). En el otro extremo, está la gente que solo ve “lo que hace mal”, cayendo de ese modo en el victimismo o en el síndrome del niño o de la niña buena. Algunas frases utilizadas por ellos son: “Soy ineficaz; soy malo; nada tiene sentido; no hay justicia para mí; todos me abandonaron o me abandonarán”. Solo cuando me veo en totalidad, puedo gestionar mis errores, pedir ayuda y decir no sé. Esta aceptación es la que me permite una buena estima.
- b. Pararnos en las fortalezas. Se trata de pensar cómo logré algo que me salió bien en la vida.
- c. No debo demostrarle nada a nadie, sino a mí mismo. Cuando quiero impactar, mostrar cuánto sé, o mi belleza, o mi capacidad, es porque en esa área me siento inseguro. Los que nos aman no necesitan que les demostremos nada; y los que no nos aman, no lo merecen ni lo necesitan. Cuando uno puede reconocer (demostrarse a sí mismo) sus capacidades y fortalezas, nunca ostentará nada para agradar a lo demás. Debemos aceptar que no vamos a gustarle a todo el mundo y que, tarde o temprano, seremos rechazados. Y, por supuesto, alejarnos de toda relación tóxica.
- d. Vivir sin la capa de la omnipotencia. Al nacer, los seres humanos somos vulnerables y ciento por ciento dependientes del cuidado y la ayuda de alguien para crecer. La vulnerabilidad nos acompaña durante toda la vida. Aun una simple bacteria, o un virus, puede quebrar nuestra salud. Somos seres falibles que cometemos errores y perdemos cosas. Cuando somos capaces de exhibir nuestra debilidad y aceptarla, podemos transformarla. Dijo el gran apóstol Pablo: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte”. Es verdad, cuando podemos reconocer nuestras debilidades, es cuando podemos gestionarlas. Al fin de cuentas, solo la gente segura puede mostrar sus puntos débiles.
Para concluir, podemos tomar tres posiciones frente al otro. Primero, hacer lo que el otro me dice para que no me deje de amar. Segundo, no hacer lo que quiero, sino hacer algo para desafiar al otro y pelearme con él o ella, lo cual es una posición adolescente. Y por último, hacer lo que quiero dentro de mis limitaciones y seguir mis propios proyectos. Esto último habla de madurez.
Si tenés alguna inquietud, podés escribirme a Bernardoresponde@gmail.com






