
Tiempo de inteligencia y coraje
Daniel Scioli Para LA NACION
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EL 25 de Mayo de 1810 no sólo comenzó el arduo camino hacia nuestra independencia, sino que también empezaron a modelarse los atributos que distinguen a los argentinos: el coraje y la inteligencia, si bien es cierto que a veces no hemos hecho el mejor uso de ellos.
La insurrección patriótica fue una muestra de inteligencia: nuestros próceres aprovecharon las favorables condiciones de la invasión napoleónica a la metrópoli española. Para derribar al virrey Cisneros, como las propias fuerzas no eran suficientes, fue necesario establecer inicialmente una alianza con los comerciantes españoles que se oponían al monopolio y aspiraban a que sus negocios se abrieran hacia otras naciones, en especial Gran Bretaña.
Una acertada estrategia hizo que el propósito independista no se hiciera público hasta más tarde. Así se ganó tiempo para fortalecer el proyecto emancipador, como fue claro cuando, en 1812, desembarcó en Buenos Aires José de San Martín, que se había destacado en las guerras europeas.
Una prueba de la patriótica decisión que animó a nuestros antepasados fue la convocatoria al Congreso de Tucumán en 1816, que se reunió cuando las circunstancias internacionales no podían ser peores: el rey Fernando VII había vuelto al trono y preparaba una poderosa expedición para recuperar su colonia insurrecta en el Plata. Para ello contaba con el apoyo de varias coronas europeas. Para complicar aún más la situación, habían surgido conflictos en el interior de la revolución que amenazaban con la anarquía. A pesar de esos contratiempos, el 9 de julio se declaró la Independencia.
¿Qué es lo que nos propone el Bicentenario? Estamos ante una circunstancia histórica, como hace 200 años, y nuestra responsabilidad es dejar de lado las diferencias. De nosotros depende encarar los grandes temas de nuestra Nación. Debemos concebir acuerdos y políticas estratégicas para definir los próximos años de la Argentina que queremos.
Es nuestra obligación apuntalar, como lo imaginaron nuestros fundadores, el desarrollo económico y social de una República federal. Debemos avanzar hacia la construcción de la patria grande latinoamericana a través del Mercosur y la Unasur. Debemos consolidar el modelo productivo de nuestro país, definiendo prioridades como el desarrollo tecnológico, informático, modernizando los servicios y la infraestructura e incrementando la producción industrial y de alimentos.
Desde la provincia de Buenos Aires intentamos avanzar en estos temas día tras día. Construyendo escuelas, hospitales, viviendas, industrias, instrumentando cambios en la lucha contra el delito que se complementan con políticas activas de inclusión social, tales como planes de urbanización, educación y la asignación universal por hijo. Queda mucho por hacer: existen aún amenazas como la droga que destruyen nuestra juventud, y es una obligación moral ineludible sacar a los jóvenes de las calles.
Este Bicentenario es una prueba para todos. Es momento de actuar con patriotismo, responsabilidad y compromiso, como hace dos siglos los patriotas de Mayo. Ellos nos legaron los atributos que nos han permitido construir una patria digna y generosa, hoy democrática y lanzada al futuro.
Seguramente podríamos haberlo hecho mejor, pero basta con echar una mirada al mundo para confirmar que nuestra Argentina ha sido capaz de superar circunstancias críticas, de sobreponerse a dictaduras sangrientas y a devastadoras hiperinflaciones y que pudo remontar la crisis de 2001 sin el inmenso apoyo económico y financiero que hoy reciben naciones acosadas por el mismo conflicto.
Todo ello debe hacernos sentir orgullosos. No debemos caer en la tendencia a desvalorizarnos, a considerar que lo ajeno es mejor que lo propio, ni en la melancolía de idealizar tiempos pasados, aquellos de la "Argentina rica", porque lo cierto es que en aquella época faltaban leyes sociales que protegieran los derechos de los trabajadores. Esos serían reclamados por los socialistas y luego por los radicales, pero serían llevados a la práctica, en su inmensa mayoría, por Perón y Evita.
Encaremos, entonces, la celebración del Bicentenario con justificada alegría. Colguemos banderas en nuestras ventanas y balcones, prendamos escarapelas en nuestro pecho y miremos al futuro con confianza, porque hace doscientos años aprendimos que no hay dificultades que no puedan superarse y que no hay obstáculos que puedan oponerse a nuestro futuro luminoso. © LA NACION





