Tiempos difíciles

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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14 de enero de 2010  

De hacerse una encuesta para establecer cuál sería, hoy, en el país, la actividad más peligrosa que podría desempeñarse voluntariamente ¿cuál ganaría?

Algunos dirán que no hay nada tan riesgoso como escalar el Aconcagua en musculosa y chancletas. Otros estarán convencidos de que nada iguala a la situación que puede padecer un tipo que decida estacionarse, en horas de la madrugada, con una 4x4 flamante, acompañado de una señorita, en las vecindades de una villa de las pesadas. En tercer lugar, tal vez se instalaría la práctica de natación en las aguas nauseabundas del Riachuelo, mientras que el cuarto puesto no se lo quita nadie al tipo que se atreva a comerse un bagre asado, vuelta y vuelta, pescado en las vecindades de la Costanera.

Sin embargo, cualquiera de esos casos, por más que resulten altamente riesgosos, palidecen frente a este otro: mantener la fidelidad al kirchnerismo a pesar de que al hombre de los mocasines se lo vea cada día más exaltado y ya no se sabe, definitivamente, para qué lado apuntan, ni él ni su mirada.

Pero, desde ya, esto no vale como hazaña para el pobre de solemnidad, ingenuo y carente de recursos, que insiste en defender al Néstor y a la Cristina en las discusiones de café. No, la cosa se torna hoy verdaderamente peliaguda para los que lucen al frente del lote K: legisladores y ministros, jueces y periodistas (a los que ya comienza a carcomer el síndrome Gómez Fuentes) y para los tipos que, como aspiran a candidatearse encolumnados detrás del santacruceño, hoy no tienen empacho en salir sonriendo y aplaudiendo junto a él, por más sacado que se lo vea.

Es decir, para todos aquellos que, por más que en algún momento de sus vidas hayan depositado su admiración, sus esperanzas o sus intereses en Néstor y, a través de él y por carácter meramente transitivo, también en Cristina, no pueden dejar de advertir, por lo menos con preocupación y, acaso también, con terror, cómo el Gobierno ya no acierta ni a las bochas, ni cesa de enterrarse hasta el cuadril en la ciénaga de sus propios errores.

Por eso, para esos tipos, los kirchneristas ostensibles, mantenerse firmes junto al líder y su mujer, arriesgando en consonancia tal vez futuro, empleo, fama, dinero y hasta las amiguitas que el oro les produjo, vale la cucarda: están desempeñando la tarea más riesgosa que hoy pueda abordarse en el país. Sólo comparable, quizá, con la situación que embarga al tipo que hoy pretenda entrar el auto al garaje de su casa, sin dar previamente, por lo menos, dos vueltas a la manzana, para ver si lo están esperando para asaltarlo y, eventualmente, asesinarlo.

Aunque hay que ser justos: éste está en peor situación. Porque no hay que dramatizar con lo que les espera a los kirchneristas que se mantengan fieles hasta el final. Estamos en la Argentina y se sabe que estas debilidades, finalmente, se perdonan, ya que un político o un periodista que ejerció en una trinchera, bien pueden servir también en la otra. Una alternativa que acaso ya no pueda ejercer el pobre tipo al que le metieron un chumbo.

Maestro -dijo el reo de la cortada de San Ignacio- estos tipos ya están perdidos. Empezaron abucheándolo a Bush y mire cómo terminan: ¡escrachando a Mirtha Legrand!"

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