
Tiempos modernos
Por Manuel Antín Para LA NACION
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Es corriente oír decir que el cine argentino está en crisis. Una visión entre irónica, peyorativa y resignada de la realidad. Sin embargo, su producción anual promedio es de treinta películas y muchas veces hasta se superaron las cincuenta. ¿Cuántos países en el mundo actual son capaces de mantener una presencia cinematográfica tan significativa? ¿Quince? ¿Veinte? No más.
¿Por qué entonces el cine argentino no figura siempre en lugar preponderante en los planes de nuestros gobiernos, no obstante ser una de las manifestaciones de nuestro país más valiosas y mundialmente reconocidas. Mencionar la Argentina en los festivales de cine de todas las categorías, de largometraje o de cortometraje, de profesionales o de estudiantes, es corroborar inmediatamente el lugar destacado que ocupa en el concierto de las cinematografías. Y no como rareza o curiosidad excéntrica, ni tampoco por folclorismos, sino como una realidad indiscutible, por su permanente vigencia como cinematografía de primer nivel, que ya ha cumplido cien años: la misma edad que el cine. La Argentina es uno de los únicos dos países de habla hispana ganadores de un Oscar y el único de América Latina.
Podrá decirse que los tiempos modernos no ofrecen espacio para abstracciones y que hay que ocuparse de ladrillos y no distraerse con arquitecturas reservadas para tiempos menos problemáticos.
Error. Es todo lo contrario. El cine es arquitectura, pero puede ser también ladrillos. Qué mejor ejemplo que los Estados Unidos, donde, hacia la década del 30, un político estadounidense afirmó: "Cuantas más películas norteamericanas se vean en el mundo, más heladeras y más autos norteamericanos se van a vender". Esas simples palabras estaban fundando la mayor industria cinematográfica del mundo, una de las cinco o seis industrias más pujantes de Estados Unidos, y hasta modificando el aspecto de un suburbio de Los çngeles para convertirlo en la meca del cine.
El cine no es sólo una actividad que produce arte o entretenimiento. Su influencia puede exceder en mucho ese marco. Me he preguntado muchas veces si el cine norteamericano tiene tanta importancia porque tiene a Estados Unidos detrás o si Estados Unidos es lo que es porque tiene detrás el cine norteamericano. Puede parecer una duda excesiva, pero no es aconsejable descartar dudas de plano.
Qué visión tan diferente de la realidad, sin embargo, si la comparamos con la vernácula. Aún más en la actualidad, cuando se ha alterado tanto la nómina de las exportaciones tradicionales, que las puertas de la imaginación deben permanecer siempre abiertas en procura de nuevos caminos para la subsistencia y el comercio. Hoy, más que nunca, el menosprecio por las imágenes propias es ajeno a la modernidad. En la actualidad son más de seis mil los jóvenes que estudian cine en la Argentina. Hace sólo una década, el número no alcanzaba ni al diez por ciento de esa cantidad. Y antes, cero.
La verdad debe servir para algo. Países preponderantes lo saben. Hace unos pocos días, el primer ministro francés sugirió públicamente que en Francia el cine es una cuestión de Estado. "Francia es un país que ama el cine, lo celebra y se esfuerza por ayudarlo", declaró Lionel Jospin en su encendida afirmación del papel que el Estado debe cumplir en el desarrollo de la cinematografía. Convencido, además, de la importancia del cine en la formación de los jóvenes, agregó que se estaba elaborando un plan para que los alumnos de los colegios franceses "tengan la oportunidad de recibir una verdadera educación cinematográfica". Algo que yo también propugné en mi recorrido de casi seis años como funcionario del cine durante el gobierno del presidente Raúl Alfonsín y que lamentablemente no hubo tiempo de concretar. Una vez más las urgencias de los tiempos modernos volvieron precarios los sueños.
Fenómeno providencial
Hay que admitir que el futuro de cinematografías regionales como la nuestra (o la francesa, o la española, o cualquier otra, da igual, comparadas con la poderosa industria de Hollywood) no está en manos individuales. Como casi nada hoy en este mundo. Ni tampoco a merced del pragmatismo de los mercados. Está en manos de políticos y gobernantes esclarecidos y acometedores que adviertan que el cine es un sustantivo, no un adjetivo. Para un país como Francia, que ha hecho un estandarte de su industria cultural, "es una cuestión de Estado y el cine francés es Francia", según la envidiable concepción de su primer ministro. Por algo será.
Es menester también no desaprovechar el providencial fenómeno que está ocurriendo nuevamente en nuestro país: la aparición de una generación de cineastas, como sucedió en otras décadas en las que no prestamos la atención merecida al fenómeno. Las décadas del 60, del 70 y del 80 tuvieron cada una sus peculiaridades. La del 60, con su impronta intelectual e innovadora; la del 70, con su aproximación a las ideologías políticas; la del 80, con su retrato de un país diezmado por la irreflexión y la violencia. La década del 90 estaba hasta ayer nomás vacía y expectante. Pero, como siempre ocurre, llegaron los jóvenes de la mano de sus sueños; también como siempre, felizmente.
Siempre hubo diferencias sustanciales de una generación a otra. Pero esta última, la de fines de los 90, tiene una particularidad acentuada: no sólo se diferencia de la anterior, como las otras, se diferencia de todas las anteriores a la vez. Cada una de las que la precedieron representó una etapa y propuso una solución a los problemas que debatía en sus imágenes. Ésta, la de fines de los 90, la que nos ha dado películas renovadoras como Pizza, birra, faso , Picado fino , Silvia Prieto , Mundo grúa , 76 89 03 , Esperando al mesías -y no debo omitir, no sería justo, ni Mala época ni nuestra actual y aún no estrenada Sólo por hoy -, está integrada, casi en su totalidad, por jóvenes formados en escuelas de cine, y sus obras tienen una característica que, como sociedad, debería inquietarnos más que profundamente: no proponen soluciones, sólo plantean la desilusión y la desesperanza.
No es propósito de estos comentarios hacer historia ni quejarse del presente o del pasado. Es llamar la atención sobre el futuro, esa abstracción que no siempre se tiene en cuenta. Esta enfermedad de hoy, esta predominancia de la coyuntura que nos aqueja, esta goleada del economicismo, este caminar hacia atrás en el campo del humanismo y de lo trascendente nos está haciendo perder de vista el horizonte. Pensemos por qué el cine de estos jóvenes no nos propone nada, por qué se limitan a mostrarnos la realidad como si fuera algo irreversible que nada ni nadie podrá cambiar. No hay nada peor para el porvenir de un país que una juventud sin esperanzas. Prestemos la debida atención a lo invisible.





