
Todas viajamos solas
Todos los femicidios hablan de nosotras. Dicen algo de nosotras. No por solidaridad de género. Y no siempre en todos los detalles, no siempre en los desenlaces. Pero en la trayectoria que desembocó en la puñalada, el golpe, la asfixia, el fuego, la violación o la muerte, algo hubo que nos es común. El destino incierto de Marita Verón , el crimen de Marina y María José en Ecuador o el de Cintia, apuñalada en Castelar frente a sus hijos, cuentan algo que habla de todas. Incluso de las que tuvimos la suerte de que no nos golpearan tragedias así. Pero en el origen, allá donde las señales pasan desaparcibidas, todas tenemos algo para recordar.
Pensé eso mientras leía el texto que escribió Lucila Schonfeld para la Revista Anfibia: "#Viajo sola: Qué habrás hecho", animado por el anterior "#Viajo Sola: a mí me mata el asesino", de la escritora ecuatoriana María Fernanda Ampuero. Gracias, Anfibia, pensé, y lo digo ahora. Porque mientras leía el inventario de agresiones -nada espectacular ni trágico, sólo lo de todos los días para cualquier mujer que camine por la ciudad, que viaje en colectivo: el tipo que se masturbó ante sus ojos en la parada del colectivo cuando tenía 9 años, el habitual pasajero que apoya a las chicas en el subte o los hombres que parecen sentirse invitados a cualquier cosa ante una mujer joven que viaja sola-, mi cabeza también se llenaba de imágenes ¿olvidadas?, ¿naturalizadas?
En cascada, mientras leía, me iban bajando Polaroid desterradas de la memoria. A los 7 años, el hombre que desde los arbustos y la arena mostraba lo mismo que aquel con el que se topó Lucila; el otro tipo al que no le alcanzó con mostrar desde lejos y, aunque tuve suerte porque algo lo frenó y se escapó por los médanos, me dejó una de las lecciones del programa de educación continua para mujeres que nos va formando desde chicas: caminar sola por la playa es exponerse. El tipo que casi me convenció de subirme a su auto cuando tenía 12 años e iba hacia la escuela por las calles de Banfield. El taxista que no paraba de tocarse; el taxista que me asustó al punto de que abrí la puerta en un semáforo y salí corriendo. El colega que distraída pero inequívocamente me tocaba la pierna mientras decía algo sobre el texto que acababa de entregarle. El pibe que me persiguió por uno de los laberínticos pasillos del subte y me gritó no sé qué de la minifalda. El padre de un amigo y un amigo de ese amigo que habrán visto en la muchacha veinteañera que viajaba sola una señal de permiso que nadie les había dado (recuerdo eso y recuerdo la incomodidad de un vago sentimiento de culpa, la sospecha malsana de la ley machista plantando bandera en mi propia subjetividad). Los tipos, la cantidad de tipos que -siempre, siempre, siempre- había que evitar en los colectivos, o en el subte, o en el tren, cambiando de lugar por el pasillo, las carpetas de la facultad que ponía a un costado de mi cuerpo cuando iba sentada y el apoyador de turno tenía mi hombro a disposición (¿por qué no podía pararme y gritarle? ¿por qué nadie parecía darse cuenta de nada?).
Todas podríamos hilvanar escenas como éstas. Todas. Pero no solemos hacerlo, casi que lo tenemos incorporado como una de las facetas del ser mujer. Ni siquiera formaba parte de nuestras conversaciones cuando éramos chicas y estos episodios eran tan frecuentes. Hace unos años hablábamos con una amiga de esas historias de acoso a las que nunca les habíamos puesto nombre -ese nombre, acoso- y de pronto alguna de las dos dijo: "¿Viste que ahora ya no pasa tanto eso?" Dos segundos tardamos en darnos cuenta: no es que ahora no acosan más desde los autos o no incomodan o violentan en un taxi, no es que una chica suelta por la ciudad ya no sea ahora una oportunidad para desubicados, enfermos o violentos, es que nosotras pasamos los 50, hace rato que no somos el target. Pero tenemos hijas o sobrinas o hijas de nuestras amigas o conocemos historias que nos conmueven. Y sabemos que el pecado a cielo abierto de ser joven y mujer y querer decidir cómo vivir y con quién, cómo vestirse o a qué hora salir, o beberse de un trago -y sola- la libertad, la maravillosa anchura de este mundo, sigue teniendo su precio. No tanto tal vez para las que cruzamos cierto umbral de la edad (aunque la palabra no siga siendo difícil de digerir para hombres de todas las edades). Pero sí para las chicas, sí para Marina y María José en Ecuador, sí para Lola Chomnalez, sí para Cintia en Castelar, y para las hijas de mis amigas y las hijas de todas nosotras a las que permanentemente un goteo de machismo consentido o tolerado o subestimado las pone bajo sospecha y les enseña los límites del corralito en el que debe mantenerse una mujer.






