Todo gracias al mouse
Por Antonio M. Battro
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Uno de los mayores inventos de la era informática es el ratón, más conocido en la jerga internacional como mouse, patentado por Douglas Engelbart en 1963, desarrollado como prototipo en 1973 por Xerox y difundido masivamente por la empresa Apple a partir de 1983.
Su genialidad reside en que acopla en un solo dispositivo dos funciones de enorme importancia: mover un cursor o puntero y pulsar un botón. Apuntar y disparar : el primero es "analógico" y continuo, el segundo es "digital" y discontinuo.
El arco y la flecha son un buen ejemplo de estos dos procesos básicos. Primero se tensa el arco, lo que implica un movimiento continuo y sostenido, y luego se sueltan de golpe los dedos y se dispara la flecha, lo que implica un corte brusco, un salto. El primer momento es "analógico", progresivo; el segundo es "digital", de tipo "todo o nada". Una vez que partió la flecha ya no tenemos control sobre ella.
Hay muchos ejemplos de este doble sistema en biología. Por ejemplo, mientras estamos leyendo este texto, nuestros ojos se detienen varias veces por segundo en diferentes puntos de la línea, se fijan sobre una letra o palabra por unas centésimas de segundo y luego saltan bruscamente a otra. Ese salto, que se llama sacádico, es un verdadero disparo, y no tenemos control sobre él, está incorporado en el movimiento cuasi automático de la lectura.
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Algo semejante sucede cuando usamos el mouse. Movemos el cursor de un lado a otro de la pantalla para señalar una palabra o buscar un icono. Este acto de "apuntar" con el cursor es una función analógica; en cambio, cuando hacemos clic, "disparamos" un mensaje digital. Lo interesante es que el cerebro es capaz de usar estos dos sistemas, analógico y digital, en las más variadas situaciones. Y no solamente el cerebro humano. Muchos animales son capaces de usar el equivalente de un mouse con facilidad.
Recientemente se ha comprobado que se puede guiar un cursor sin hacer ningún movimiento con la mano, directamente "pensando" en mover la mano en determinada dirección. Esta hazaña se ha cumplido en un experimento realizado con monos mediante una docena de electrodos implantados en la corteza cerebral motora y un elaborado procedimiento de cálculo automático.
El mono se entrena para alcanzar un punto en el espacio con su mano y al hacerlo se activan las neuronas que se encargan de este movimiento. Cuando toma la decisión de alcanzar ese mismo lugar, pero esta vez con las manos sujetas, aquellas señales "intencionales" del cerebro bastan para simular la acción y lograr alcanzar el objetivo.
Estos temas son tratados por la disciplina llamada neuroinformática que hoy moviliza ingentes recursos y talentos, como el Proyecto Cerebro Humano de los Institutos Nacionales de la Salud de los EEUU.
Algún día estas investigaciones podrán aplicarse en el desarrollo de neuroprótesis que beneficiarán a personas con una severa discapacidad motora.





