Todos los caminos conducen a Parasite

Ana María Vara
Ana María Vara PARA LA NACION
La película del cineasta coreano, un éxito global, parece haber tocado inesperadamente un nervio común a muchas sociedades
El coreano Bong Joon-Ho obtuvo el Oscar, pero también la prestigiosa Palma de Oro en Cannes.
El coreano Bong Joon-Ho obtuvo el Oscar, pero también la prestigiosa Palma de Oro en Cannes. Fuente: Reuters - Crédito: Mario Anzuoni
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29 de febrero de 2020  

Fue una sorpresa, sí. Aunque no tanto. Que Parasite , del coreano Bong Joon-ho, recibiera cuatro Oscars de los siete a que estaba nominada, incluyendo el de mejor película por primera vez para una producción extranjera, tiene la rareza de lo nuevo pero no es insólito. Y tampoco inmotivado.

Por lo menos tres líneas confluyen para explicarlo. La primera es que la Academia de Artes y Ciencias del Cine de Hollywood está en plan de internacionalizarse. En los últimos cinco años incorporó 1500 nuevos miembros no estadounidenses, que inclinan la balanza de votos. Algunos dicen que es como respuesta a los cambios que trajo el streaming (Netflix, Amazon Prime y demás). Otros opinan que quieren convertir a los Oscars en premios internacionales. Lo cierto es que la primera vez podría haber sido el año pasado con Roma , del mexicano Alfonso Cuarón, que quedó en el umbral del premio mayor.

La segunda razón es la madurez del cine coreano, en el marco de la "ola coreana" que se extiende a la televisión, la música y la moda. Hay aspectos artísticos: directores creativos, grandes actores y actrices, buenos relatos. Pero también está el impulso a la industria cultural que viene de los años noventa. El presidente Kim Young-sam, uno de los primeros de la nueva democracia, señaló en 1994 que los ingresos de la película norteamericana Jurassic Park equivalían a la venta de un millón y medio de autos Hyundai. Para uno de los nuevos tigres asiáticos, se trató, simplemente, de extender el ímpetu exportador a la cultura.

La tercera es la carrera del propio Bong, que ya tenía media docena de trabajos de extraordinaria calidad, dos o tres de las cuales hubieran merecido el Oscar que hasta ahora se le negaba a la filmografía de su país.

La crítica viene señalando aciertos fundamentales: la fuerza narrativa, que atrapa al espectador, y la riqueza de sentidos, las simbologías que inquietan. La brillante dirección de actores, el humor y el manejo de los espacios son otros rasgos importantes. También, una cámara precisa y una música que dialoga con la historia.

Algunos temas y preguntas son recurrentes. Las dificultades económicas y la falta de trabajo que se ven en Parasite ya están presentes en su primer largometraje, Perro que ladra no muerde (2001), la historia de un profesor universitario que se esfuerza por mejorar y se ve afectado por los ladridos de los perros y los festines miserables que algunos hacen con su carne.

La incompetencia y la sordera del Estado son tema central en Memorias de un asesino (2003), basada en la historia real de un asesino serial que aterra a un pueblo y que recibió varios premios, entre ellos la Concha de Plata al mejor director en el festival de San Sebastián.

The Host (2006) es una apuesta a la superproducción. Esta historia con un monstruo (que no "de monstruos") y con efectos especiales alcanzó un record en Corea con 13 millones de espectadores, país con una población de apenas 50. Los 11 millones de dólares que costó se revelaron modestos frente a los casi 90 que recaudó, dejando en claro la validez de apostar al cine como estrategia productiva.

Madre (2009) resultó un film más íntimo, que retoma la veta policial con una historia que es casi un homenaje a Psicosis , de Hitchcock.

El gran salto internacional fue Snowpiercer (2013). Basada en una novela gráfica francesa y hablada en inglés con un elenco encabezado por Chris Evans (el de Capitán América ), Jamie Bell (el de Billy Elliot ), la vanguardista Tilda Swinton, el americanísimo Ed Harris, la multipremiada Octavia Spencer y el británico sir John Hurt, cuenta también con algunos de los actores coreanos preferidos de Bong, como Song Kang-ho (protagonista en The Host y Parasite ) y Go Ah-sung (protagonista en The Host ).

Snowpiercer es un film de ciencia ficción posapocalíptico: en un mundo en glaciación como resultado del cambio climático, un tren surca el hielo como un microcosmos humano hecho de vagones de primera y de tercera, con rebelión inevitable.

Con un presupuesto de 40 millones de dólares, Snowpiercer tuvo una recaudación de casi 90. Se abrió paso a fuerza de testarudez: Harvey Weinstein (el productor condenado por violación) le propuso a Bong cortar 25 minutos de diálogos para convertirla en una película de aventuras. El coreano se resistió y logró el apoyo de actores y críticos, para estrenarla con el director's cut .

Con Okja (2017), Bong se asoció a Netflix para un nuevo film de monstruos, con una mirada demoledora sobre la industria alimentaria transnacional: la historia gira en torno a un cerdo gigante, que está al cuidado de una jovencita.

Y llegó luego Parasite que, con toda su coreanidad temática y actoral, fue estrenada en mil salas en Estados Unidos y recibió una ovación de ocho minutos al recibir la Palma de Oro en Cannes. La historia de la familia de desempleados que logra colarse en la casa de los ricos como profesores particulares, chofer y ama de llaves hasta que llega el desastre parece haber tocado un nervio en muchas sociedades.

Vale entonces profundizar en esta cuarta línea explicativa, la más puramente artística. ¿Qué tienen las historias de Bong que resuenan en públicos tan diversos como el coreano, el estadounidense, el francés o el argentino?

The Host y Parasite pueden considerarse las más representativas de su obra. Ambas son, a la vez, tremendamente coreanas y tremendamente. ¿universales? ¿O deberíamos decir, con más precisión, globales?

Bong intentó responder esta pregunta tácita cuando recibió el último Oscar, a mejor director. Emocionado, agradeció a su contendiente, Martin Scorsese, nominado por El irlandés y, reconociendo su lugar de maestro, Bong lo citó diciendo algo así como "lo personal es lo más creativo".

En sentido estricto, pueden señalarse referencias personales sugestivas. En The Host , uno de los hermanos de la familia protagonista participó, como Bong, de las revueltas estudiantiles que en 1987 terminaron con el gobierno autoritario, legado de la guerra de Corea. Y su habilidad con las bombas molotov resulta clave en la batalla final contra el monstruo.

Su universidad, Yonsei, donde estudió Sociología, aparece explícitamente en Parasite , en el diploma falsificado que abre las puertas de la casa rica a la familia pobre, conectando los espacios antagónicos y poniendo en marcha la trama. Pero más que invitarnos a participar del juego de las semejanzas, la frase de Bong parece aludir a algo más profundo.

Seúl, la ciudad en la que se crió, es un personaje más en ambos films. Y el río Han representa una presencia a la vez tierna e implacable tanto en The Host como en Parasite , convocando fuerzas que escapan al entendimiento. Esos grandes espacios simbólicos se cargan de sentido político. En The Host , el río alberga a la criatura, una mutación resultado del vuelco de formaldehído en las cañerías por parte de un embalsamador en una base estadounidense en Seúl. Negligencia real, documentada (fueron 120 litros); no así las consecuencias de su potencial teratogénico.

Y si en The Host los dardos van contra el imperialismo y la complicidad autoritaria, en Parasite apuntan contra el capitalismo, que genera desigualdad extrema. En ambas, sobrevuela la sombra del hambre. Sí, en el siglo XXI, en un país industrializado y competitivo, el hambre aparece como aparecía en los relatos medievales. Algunos personajes solo sueñan con hartarse.

En ambos films se podrían señalar referencias literarias y cinematográficas. El propio Bong parece burlarse de la crítica cuando, en Parasite , los personajes aluden repetidamente a las "metáforas". Apenas como indicio, los estafadores que logran colarse en la casa rica fueron analizados como arquetipos de arribistas, una figura que va del Pip de Dickens o el Barry Lyndon de Thackeray.

Más ajustadamente, se los podría vincular con la figura del pícaro, que no busca tanto confundirse como aprovecharse: un clásico del siglo de Oro español pero, más cerca, tan típico del neorrealismo italiano.

Después de la ceremonia de los Oscars, Scorsese retribuyó las gentilezas de Bong con una nota. Lo felicitaba y le pedía que descanse, pero no mucho.

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