
Todos podemos, y a veces debemos, inventar palabras
Lucila Castro LA NACION
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Algunos compuestos formados por un verbo en tercera persona del presente seguido de un sustantivo están registrados en el Diccionario de la Real Academia Española, como cortaplumas, lustramuebles, pisapapeles, portamaletas y sacapuntas. ¿Es lícito crearlos ad líbitum? Por ejemplo, ¿podría yo escribir, sin ser mayormente cuestionado, cazabobos, guardallaves o picapiedras?", pregunta Daniel G. Grau.
Ciertamente podría. Eso es lo que hicieron los que inventaron las palabras que ahora están en el diccionario. Las crearon correctamente, de acuerdo con una regla muy sencilla, y, como la comunidad hablante las adoptó, fueron registradas en el diccionario. Si necesitamos una palabra de ese tipo, podemos hacer lo mismo. Quizá no llegue al diccionario porque la necesidad puede ser circunstancial y el uso tal vez no se extienda, pero si la palabra está bien formada, los que la oigan la entenderán. Para que la entiendan, debemos construirla según las reglas, que son el código que compartimos con nuestros interlocutores.
Cuando un niño aprende a hablar, constantemente "inventa" palabras. Nadie aprendería una lengua si solamente incorporara las formas sueltas que ha oído o leído alguna vez. El niño no sabe que existe algo llamado reglas, no sabe que existe algo llamado gramática, pero de hecho su aprendizaje consiste en la construcción de esa gramática a partir de la experiencia de lo que oye. El no sabe que hay construcciones morfológicas de flexión (por ejemplo, un verbo conjugado) y de derivación (por ejemplo, un sustantivo formado mediante el agregado de un sufijo a una raíz verbal), pero tiene una maravillosa capacidad de abstraer raíces y sufijos que le permite componer y recomponer las formas que utiliza. Cuando el niño dice sabo, no lo dice porque haya oído alguna vez esa forma que después aprenderá que es incorrecta. Lo dice porque oyó alguna vez una forma del verbo saber, por ejemplo sabés, y oyó también comés y bebés, y como y bebo, y fue capaz de separar las raíces diferentes y los sufijos, y aplicó el sufijo de primera persona que oyó en comer y beber al verbo saber.
Todos hacemos lo mismo. Cuando incorporamos un verbo nuevo, generalmente lo que oímos o leemos es una forma, que adscribimos a un modelo de conjugación. No necesitamos el paradigma completo para poder usar ese verbo en el resto de las formas. ¿Alguien puede afirmar bajo juramento que oyó alguna vez la primera persona del plural del imperfecto de subjuntivo de un verbo poco usual como escombrar? Ni siquiera podemos tener la seguridad de que alguien la haya usado alguna vez. Sin embargo, si alguna vez hemos oído una forma de ese verbo y reconocemos a qué modelo pertenece, podemos formar, si la necesitamos, esa persona de ese tiempo y decir con tranquilidad escombráramos porque sabemos cómo se forma la misma persona del mismo tiempo de otros verbos del mismo modelo. ¿No es eso "inventar" una palabra? Y si la hemos construido bien, podemos estar seguros de que los que la oigan, si conocen ese verbo, reconocerán la forma aunque ellos tampoco la hayan oído nunca antes.
Esto que vale para la flexión vale también para la derivación y la composición. En la medida en que el creador de la palabra elija apropiadamente las raíces léxicas y aplique correctamente las reglas gramaticales, el oyente que comparta esos códigos comprenderá la palabra "inventada". Y a veces ocurrirá que, si la buscamos en el diccionario, descubriremos que algún otro la inventó antes siguiendo el mismo procedimiento.
Los sustantivos compuestos de verbo y sustantivo reúnen lo útil y lo agradable. Como están formados por palabras que todos conocen, según una fórmula muy sencilla (verbo en tercera persona del singular del presente de indicativo más sustantivo objeto directo), son comprensibles desde el momento mismo en que se crean. No es necesario acudir al diccionario para conocer su significado.
Algunos de esos compuestos designan objetos que cumplen funciones muy específicas. Constantemente se crean palabras de este tipo, a medida que se inventan los objetos que deben ser designados: se inventa un líquido para lustrar muebles y se inventa la palabra lustramuebles; se inventa un aparato para lavar ropa y se inventa la palabra lavarropa.
Otros de esos sustantivos designan personas. Estos suelen ser deliciosos. En muchos casos, no hay aparentemente necesidad de crearlos porque existen otras palabras que designan a la misma clase de personas. Sin embargo, se han creado y siguen creándose porque suelen ser muy expresivos. La necesidad de usarlos está dada por ese carácter. Cualquiera comprende que no es lo mismo un sacamuelas que un dentista o un tragalibros que un estudioso.
Robo para la corona
Escribe María Beatriz Lescano: "Lamentablemente, en estos últimos tiempos se han puesto de moda los piratas, pero ya no son aquellos personajes novelescos de Salgari ni se parecen a los que describe Serrat. En notas que leí últimamente, he notado que toman como sinónimos pirata y corsario. En el fondo, ambos no eran sino delincuentes marinos, pero la diferencia era que los corsarios capturaban barcos y repartían el botín con el gobierno que les había otorgado la patente de corso, es decir, una especie de permiso para robar en su nombre. Esto antes era tolerado por la costumbre internacional, pero ahora no. ¿Es correcto en estos tiempos emplear ambos términos como sinónimos?".
En sentido estricto, pirata y corsario no son sinónimos y la diferencia es la que señala la lectora. Sin embargo, en el lenguaje corriente, no técnico, corsario se usa a veces como pirata. Puede admitirse, pero si se busca precisión, no es recomendable.
Apellidos
"¿Los apellidos de origen español deben llevar tilde, de acuerdo con la regla ortográfica que rige para las palabras agudas (como es Cortés), graves (como López) y esdrújulas (como Góngora)? Yo la coloco en todos los escritos, pero más de un «titular» me dijo que los apellidos no llevaban tilde", escribe Viviana Querejeta.
El que dice que los apellidos no llevan tilde está equivocado. Los nombres y apellidos españoles se escriben según las reglas ortográficas de la lengua española y si, de acuerdo con esas reglas, corresponde que lleven tilde, deben escribirse con tilde. Tal vez en los documentos de algunas personas esos apellidos figuren sin tilde, pero eso se debe a un error del empleado que los anotó y el error no hace una regla. © La Nacion




