Tony Salvador, una gloria olvidada del jazz

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7 de septiembre de 2019  

Esta semana se cumplieron 35 años del inicio del ciclo Jazzología , que coordina mi padre en el Cultural San Martín, martes tras martes, con entrada libre y gratuita. El aniversario me hizo recordar a gente querida, como el periodista Roberto Zavalla, habitué de las reuniones como representante de una tropa de feligreses jazzero. Y también a uno de los pianistas que más escuché en los años de mi educación sentimental: Tony Salvador. Un enorme músico que no ha tenido un reconocimiento mediático a la altura de su talento. Lo recuerdo con un look bastante similar al de Luis Novaresio: pelo y barba canosa y anteojos de marco grueso. Un protohipster de la edad de mis abuelos, que falleció a fines de 2002.

Gracias al libro Memorias del jazz argentino, de Ricardo Risetti, sabemos que Tony Salvador había nacido en el barrio porteño de La Paternal el 25 de octubre de 1922, y que comenzó su extensa trayectoria en tiempos de la Típica y la Jazz. Fue integrante de diversas orquestas (Tom Mitchell, Osvaldo Norton, Tony Armand, Santa Paula Sereneiders). También tocó con Oscar Alemán, Panchito Cao y Eduardo Armani. Sin embargo, nunca grabó como líder, y son pocos los discos donde se lo puede escuchar. Mientras escribo, suenan un par de vinilos: Uno de Hernán Oliva, donde Tony se suma al ensamble del violinista chileno, en versiones memorable de clásicos como "After You´ve Gone" y "Love Letters", grabadas en 1978. De 1980 es el registro del paso de Los Estudiantes Daneses por el Hot Club de Buenos Aires, donde un grupo local integrado por Tony junto al guitarrista Walter Malosetti, Héctor Basso (contrabajo) y Mingo Martino (batería), le hacían de backing band a Theis Jensen, Peter Elliot Nyegaard y Eric Andersen, exponentes nórdicos del estilo de Louis Armstrong.

Javier Malosetti tenía 13 años y estuvo en aquellas sesiones acompañando a su padre. "En un ensayo, lo escuché a Tony tocando el verse de «Stardust», de Hoagy Carmichael. Era algo que tocaba mi viejo en la guitarra, en casa, y yo pensaba que era algo suyo. Pero ese día, gracias a Tony, descubrí que eso era una introducción al tema, que estaba en la partitura original y se llamaba «verse»." Javier lo recuerda como un tipo muy jodón: "Andaba con un muñequito de un cura que, abajo de la sotana, tenía un tremendo aparato. Los daneses lloraban de la risa."

En Jazzología, mi padre solía presentarlo como el "Dave McKenna" argentino. "Tenían muchas cosas en común. McKenna era un pianista de Boston, con swing y mucha inventiva. Tenían un estilo muy similar, y ambos descollaron hasta sus últimos años", me explica. "Resaltaba el valor melódico, tenía un manejo formidable de la mano izquierda en los graves, y se especializaba en standards y oldies." Esas características de McKenna (1930-2008), se aplican a la perfección a Tony Salvador, que se presentó en el ciclo en infinidad de ocasiones, muchas veces acompañado por otro maestro, el saxofonista Enrique Varela. Y que en los festivales de jazz tradicional que se celebraban en distintas partes de la Argentina, integraba un trío con el trombonista tandilense Nelson Castro y el baterista (y dibujante, creador del Cabo Savino) Chingolo Casalla, que vivía en Bariloche. De esas presentaciones guardo, también, hermosos recuerdos.

Tony tenía, además, buen ojo para descubrir cantantes, que hoy animan la escena local. En una gira por el sur, a fines de los 70, conoció a Eleonora Eubel. La invitó a cantar "Summertime", en su debut sobre las tablas. Años después, con Eubel ya radicada en Buenos Aires, se presentaron juntos muchas veces, incluso en un festival en Mar del Plata. "Lo recuerdo generoso y desprejuiciado", dice ella.

Ludmila Fernández fue otra de las ahijadas artísticas del pianista. Lo conoció a través de otro habitué de Jazzología, José María Bover. "Yo cantaba blues y él iba a un cineclub que organizaba mi mamá. Cuando Tony supo que me gustaba Bessie Smith, me invitó a cantar con él. Me proponía standards para sumar al repertorio, y cada vez que nos juntábamos a ensayar, me mostraba un montón de intérpretes como Shirley Horn y Diane Schuur, que fueron muy importantes en mi formación. Pero lo que recuerdo, más que nada, es la calidez de esas tardes en las que me recibía con su esposa en su casa, tomábamos café, yo llevaba cosas dulces y nos pasábamos unos ratos tremendamente agradables. Es muy lindo recordarlo después de tanto tiempo".

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